Una crónica del 1 de octubre

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Opinión - Opinión: Violencias

 

lledo

 

OPINIÓN

Me hubiera gustado poder explicar la multitud de gente que se levantó a las 4, a las 5, a las 6; o las acciones de la gente que desde el viernes se quedó a dormir en los colegios electorales, los guardó y los cuidó.

Cómo la gente aguantó todo el día, largas horas, no hasta las 8 de la tarde, cuando se acababa la votación, sino hasta las 10, hasta las 11 de la noche, cuando iba terminando el recuento de votos de cada mesa en cada colegio.

Me hubiera gustado poder explicar cómo llegaban las urnas a los colegios, en coches particulares. Visto y no visto y ya estaban dentro. Urnas que en muchos lugares se habían custodiado también en casas particulares, siguiendo la vieja tradición de tantos y tantos pueblos y aldeas de Cataluña y el Mediterráneo que guardan las vírgenes en casas y se las pasan, si es necesario, de casa en casa.

Las multitudes ante cada colegio electoral; las desorganizadas pero organizadísima colas, delante de bares y restaurantes que no cerraron; la dignidad de unas viejas y viejos que impresionaba a la gente joven y daba sentido a leyes de memoria que no se cumplen. La facilidad con que, como si la multitud fuera un cuerpo, un océano, se hacía una cola para que pudiera salir la gente que ya había votado, o se abría paso a una silla de ruedas, a un anciano tembloroso.

 

 

Foto lledo

 Decenas de personas hacía cola ayer ante el IES Montbui, de Santa Margarida de Montbui.

 

La paciencia infinita, las ganas de ser y existir, la voluntad de que te tengan en cuenta. Que te cuenten.
Cómo, en un instante, se ponían los móviles en modo avión para que hubiera cobertura en los colegios. Cómo se hacía un silencio absoluto y espeso, palpable, cada vez que por el megáfono se daban instrucciones o consejos; un silencio que ponía la piel de gallina, al igual que el minuto de silencio que se guardó en la manifestación del 11 de septiembre. El miedo de tantas chicas y chicos que no habían tenido que correr nunca delante de los grises. Bomberas y bomberos haciendo cadenas ante la policía, la guardia civil.

La paciencia infinita, las ganas de ser y existir, la voluntad de que te tengan en cuenta. Que te cuenten.

Incluso me hubiera gustado poder bromear y explicar la poca proporcionalidad de la lluvia que, hacia las nueve y media, caía sobre las cabezas de la gente, al menos en Barcelona. O poner énfasis en que, según Xavier García Albiol, su mujer tiene un cubo para poner la ropa sucia que es igual que una urna y no que en su casa haya un barreño; cuesta creer que él no ensucie nunca una camisa o unos calcetines.

Pero la escalofriante, espeluznante y lesiva actuación del Gobierno central, me paraliza y lo impide. En mi colegio electoral tuvimos suerte, pero las estremecedoras imágenes que llegaban a los móviles helaban la sangre y hacían temblar las piernas. Se pueden concretar en cualquiera de las fotos de las prohibidas bolas de goma con la que se atacó a la gente desarmada y, sobre todo, en las rotas palabras de Marta Torrecillas explicando cómo la Policía le había roto uno por uno los dedos de la mano que vota, a conciencia, expresamente, y mientras tanto, además, le iban tocando las tetas y se burlaban de ella; que nunca falte el abyecto machismo; la doble represión siempre, siempre, sobre los cuerpos de las mujeres.

Cuesta creer que este ataque fuera producto de la casualidad: en Badalona, hasta hace poco tiempo feudo de Albiol, el que quería limpiarla de inmigración, no se envió ni un policía, ni una guardia civil. ¿Por qué?