viernes 21 junio 2024

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Todos los embarazos deberían poder ser deseados

OPINIÓN

Por fin he terminado la lectura del reciente best-seller internacional de Sara Donati: La edad dorada. Digo “por fin” porque es larguísimo; yo prefiero las novelas más bien cortas. 

Paralelamente, he leído también el informe «Visibilizar lo invisible. La necesidad de actuar para poner fin a la crisis desatendida de los embarazos no deseados» (Estado de la población mundial 2022; Fondo de Población de las Naciones Unidas) , y he encontrado que novela e informe se complementan a la perfección, dibujando un escenario bastante preocupante. 

La autora de la novela, Sara Donati, es descendiente de inmigrantes italianos del Nueva York del siglo IXX y si lo señalo es porque, si no fuera porque la novela está ambientada en la década de 1880, su ascendencia italiana podría sugerir que se trata de una autobiografía novelada o casi. De hecho, la primera idea que la empujó a escribirla se la dio su abuela. 

El argumento de la novela hace hincapié en las desigualdades tremendas que había en el Nueva York de la época, con la ciudad repleta de inmigrantes utilizados para la construcción de la gran urbe, y que vivían en condiciones míseras en medio de la opulencia de unas pocas familias. Poco a poco, algunas familias de inmigrantes se fueron situando social y económicamente hasta convertirse en auténticos clanes. Es el caso la familia de Jack Mezzanote, inspector de policía, muy buena persona. 

Pero las verdaderas protagonistas del libro son dos primas hermanas, una de ellas mulata, graduadas ambas en la Escuela de medicina para mujeres; dos doctoras que trabajaban en el New Amsterdam Hospital, y cuya sensibilidad social las empujaba a cuidar a las personas más vulnerables. ¡Imaginad qué significaba la condición de mujer médico el siglo IXX de Mueva York y, para más inri, siendo mulata! 

En aquella época Nueva York estaba controlada por la llamada «Liga contra el vicio», liderada por un tal Comstock; un grupo de fanáticos, de ideas fijas enfermizas, para quienes el aborto era un crimen y las mujeres que no cumplían los roles bendecidos de amas de casa, unas pecadoras que debían ir derechitas al infierno o, al menos, a la penitenciaría más cercana. Resumiendo, la Liga las pretendía reducidas en la cocina y a cargo de los agotadores cuidados familiares, y, por supuesto, subordinadas en todos los sentidos a sus maridos. Al arbitrio de sus deseos machistas y, por supuesto, también carnales. Estoy hablando de la punta del iceberg del machismo estructural del mundo de aquella época. 

En la novela sale un personaje que instrumentaliza a su mujer como si fuera una coneja: fornica con ella tanto como se le antoja (entended en este contexto el verbo “fornicar” como un eufemismo del verbo “violar”; por tanto, la viola ad libitum) con el objetivo de dejarla embarazada para hacer, lo más rápido posible, seis hijos y no ser menos que su hermano. De paso, la tiene atada y bien atada en casa. Exactamente como lo que decía Francisco Franco: “Atado y bien atado”. La relación de esta mujer y su marido con las doctoras es uno de los hilos principales de la novela. Pero no quiero hacer spoilers. Además, para lo que quiero decir, no viene a cuento. 

En este clima de esclavización de la mujer, las mujeres que pretendían abortar –por ejemplo, después de haber parido a cinco criaturas en seis años y pico— debían moverse por un mundo clandestino de médicos y personas paramédicas que las ayudaban a abortar a precios carísimos. Siempre atemorizadas y a escondidas de sus maridos. No todos los médicos y personas paramédicas actuaban de la misma manera. Algunos de ellos lo hacían con la desidia más absoluta, puesto que la salud de estas mujeres embarazadas les importaba un comino; les daba igual si se morían porque pensaban que, si se morían, era porque se lo habían buscado. De modo que las condiciones higiénicas eran nulas hasta el punto de que su ausencia dejaba vía libre a las bacterias infecciosas que las arrastraban a las puertas de la muerte, si es que no las mataban directamente. Las intervenciones quirúrgicas de estos energúmenos eran escabrosamente chapuceras, utilizando punzones y otros utensilios que introducían en la vulva hasta agujerearles las tripas. Todo un mundo secreto incontrolable ya que, de hecho, estas mujeres morían pasados ??unos días acostadas en su casa sin que nadie supiera los motivos. Y ya no digamos de las que no tenían recursos económicos; éstas lo intentaban por sí mismas utilizando sistemas que les producían la muerte. Los pelos de punta. De esto no hace tantos años, si tenemos en cuenta los millones de años que hace que los humanos habitamos la Tierra. Incomprensible que todavía estemos casi como entonces. 

Volvamos ahora a la segunda lectura, la del documento «Visibilizar lo invisible. La necesidad de actuar para poner fin a la crisis desatendida de los embarazos no deseados» (Estado de la población mundial 2022; Fondo de Población de las Naciones Unidas), los aspectos que entrelazan novela e informe se hacen evidentes de inmediato. El documento parte del deseo de vivir en un mundo en el que las mujeres que se quedan preñadas lo hagan porque así lo han querido. Y, por supuesto, comparto plenamente este objetivo porque, además, los embarazos no deseados conllevan costes para la salud, la educación y el futuro de las personas, así como cargas para los sistemas sanitarios en su conjunto, los trabajadores y las sociedades. Casi todo el mundo tiene alguna experiencia que le pueda servir de referencia, por haber tenido un embarazo no intencional o por conocer a alguien que haya pasado por esta situación. Para algunas personas significa una crisis personal, otras piensan que cuando se cierra una puerta se abre otra. Más allá del contexto personal, que las mujeres queden en cinta sin haberlo pretendido es algo que tiene raíces sociales y consecuencias globales; raíces que el informe que menciono explica con claridad meridiana. 

Debemos saber que más del 60% de los embarazos no intencionales terminan en aborto y que, aún hoy en día, el 45 por ciento de los abortos que se practican en el mundo ponen en peligro las vidas de siete millones de mujeres al año. Las condiciones de riesgo en que se practican estos abortos son una de las causas principales de las más de 800 muertes maternas que se producen diariamente. Este es un precio que el mundo, sencillamente, no se puede permitir. Horroriza pensar que estas condiciones de riesgo de hoy en día no son tan diferentes, en muchos casos, de las que Sara Donati relata en su best-seller. Estamos en el año 2022 y la historia de la novela ocurre en el siglo XIX. Es evidente que durante estos 130 años el mundo ha evolucionado, pero, por desgracia, no tanto como se podría pensar. 

Quien más quien menos conoce la noticia del borrador que se ha filtrado a la prensa de la decisión favorable del Tribunal Supremo de Estados Unidos a la iniciativa legislativa que pretende prohibir el aborto (o permite que los Estados decidan al respecto, lo que significa que ya se sabe que harán los Estados republicanos), Esta prohibición nos parece, sin duda, un disparate. Los derechos humanos nunca pueden perderse de vista y la única persona, la única, que debe decidir sobre un embarazo es la que está embarazada. Todos los seres humanos tenemos derecho a la propia autonomía funcional de nuestro cuerpo. Y el ejercicio de un derecho humano básico, como es el de decidir libremente un aborto, es incuestionable, como también lo es disfrutar de la capacidad de decidir un embarazo, cuándo y con quién. Es fundamental poder programar libremente y con criterio cabal el número de prole que se desea tener. La pregunta que surge es: ¿por qué no se han tomado medidas adicionales más contundentes para garantizar la autonomía corporal de todos? Tenemos a nuestro alcance anticonceptivos modernos y eficaces y no se entiende por qué casi la mitad de los embarazos en el mundo no son intencionales. Mejor dicho, sí se entiende, después de haber leído el Informe. 

Es vital ser consciente de todo lo que surge a partir de un embarazo no intencional: vergüenza, estigma, miedo, pobreza, desigualdad de género y muchos otros factores que merman la capacidad de decisión de las mujeres y las niñas, de buscar y obtener anticonceptivos, de negociar el uso del preservativo con la pareja, de alzar la voz y de perseguir sus deseos y ambiciones. El informe plantea preguntas provocadoras e inquietantes sobre la valoración que se les da a las mujeres y las niñas más allá de sus capacidades reproductivas. Porque reconocer su valía, y permitirles contribuir enteramente a sus sociedades, significa garantizar que tengan los recursos, la información y el poder necesarios para tomar por sí mismas esta decisión fundamental. 

«Cada vez estamos más cerca del 2030, la fecha límite para la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y de los objetivos transformadores del UNFPA: es necesario acabar con las necesidades insatisfechas en materia de planificación familiar, poner fin a las muertes maternas evitables y erradicar la violencia de género y las prácticas nocivas, como la mutilación genital femenina y el matrimonio infantil. Es el momento de acelerar, no de retroceder, para transformar la vida de las mujeres y niñas y llegar a las más atrasadas. Evitar los embarazos no intencionales es un primer paso innegociable. Cuando las personas pueden tomar verdaderas decisiones informadas sobre su salud, su cuerpo y su futuro, están en situación de contribuir a unas sociedades más prósperas y un mundo más sostenible, equitativo y justo» Así, es cómo termina el Prólogo del documento. No puedo estar más de acuerdo.

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Tona Gusi

Fundadora i Co-coordinadora de La Independent. També és psicòloga menció en Psicologia d'Intervenció Clínica i menció en Psicologia del Treball i les Organitzacions.
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