lunes 24 junio 2024

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Masculinidades disidentes, poder y movimiento LGTB

Lluc Pages ok

OPINIÓN

Todavía no hemos encontrado un nombre, una categoría para definir el movimiento de hombres que se cuestionan el patriarcado: ¿nuevas masculinidades?, ¿masculinidades alternativas?, ¿masculinidades disidentes?

Pero sin lugar a dudas existimos como colectivo diseminado:  somos personas de sexo masculino, de orientación principalmente heterosexual que nos socializamos como hombres y que como personas gozamos de derechos y responsabilidades sin perjuicio de la diversidad de opciones posibles desde la perspectiva sexo-género.

Dicho así, suena bien, fácil, una opción sin ningún tipo de desafío ni personal ni político. Pero es necesario cuestionar esta afirmación. Y en esta ocasión, no sólo expondré qué se pone en juego en las masculinidades disidentes sino que analizaré la relación de éstas con el movimiento de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales (LGTB), trazando compatibilidades e incompatibilidades y procurando poner encima de la mesa los elementos más relevantes para la discusión y construcción colectiva.

El cuerpo masculino y la encarnación del poder.

Es infinitamente más ventajoso nacer en un cuerpo de sexo masculino y lo es aún más si tu orientación es heterosexual y tu  identidad es cisgénero. Pero los cuerpos nunca son neutros, siempre son portadores de significados y de prácticas. De esta manera el cuerpo masculino ocupa cultural  y socialmente un lugar superior y  de dominación.

El cuerpo hombre  es el lugar cotidiano en el que se produce  la encarnación del poder patriarcal. Sólo por tener un cuerpo masculino nos son asignados atributos y privilegios  por encima de los otros cuerpos. Por lo tanto, los hombres tenemos la desigualdad social incorporada.

El conflicto en las masculinidades disidentes surge cuando la representación mediática y las expectativas sociales sobre el cuerpo masculino heterosexual están alejadas de la vivencia del propio cuerpo. Cuando ni me veo reflejado en un cuerpo hipermusculado, ni mi cara refleja éxito y seguridad, ni mis brazos son los que llevan todo el pan a casa, ni tengo una polla enorme e insaciable, ni desconozco lo que es la tristeza, el miedo y la depresión, ni mis heridas provienen de ninguna batalla, ni mi mirada es incapaz de reconocer tu dolor , ni mi voz ni mis manos necesitan la agresión para expresarse. Mi cuerpo es ese mismo cuerpo masculino representado y a la vez no lo es para nada.

Delante de esas imágenes y esos mandatos, de repente no reconocemos el cuerpo masculino que habitamos y lo vivimos como algo extraño, algo que no se corresponde con nosotros mismos.

Prácticas LGTB, deconstrucción y desaprendizaje de género.

Transitar la experiencia de extrañamiento del propio cuerpo y la resignificación del mismo es, bajo mi punto de vista, un lugar común entre  el colectivo LGTBI y las masculinidades disidentes.

Lo LGTB  nos ayuda  a ser invisibles (L), a ser  amorosos entre hombres (G), a disfrutar de la transgresión (T) y a reconocer a las personas más allá de su sexo (B). Todo eso nos ofrece un espacio  dónde poder articular una resiginficación del cuerpo masculino.

Autoras como Buttler, Beatriz Preciado o Mari Luz Esteban  describen  territorios donde poder observar el (des)aprendizaje de género, la construcción social del sexo y los itinerarios corporales que recorremos para llegar a la configuración que elegimos ( de manera consciente o subconsciente).

El objetivo de la masculinidad disidente es el de desconcertar, desilusionar y avergonzar la mirada hegemónica/patriarcal.

El encargo social que lleva nuestro cuerpo es el de llegar a ser el pez gordo, el triunfador, el macho alfa, el protector, el héroe, el que lleva el pan a casa, el que aguanta. O dicho de otra manera llegar a ser el que explota a los y a las demás, el que compite hasta la saciedad, el que considera a la mujer y a los niños y las niñas  como propiedad, el que domina, el que no siente, el que se aparta del grupo,..

Todo esto implica imponer al cuerpo masculino una disciplina que silencia su malestar, que lo somete a una alimentación abusiva,  que lo atiborra de estimulantes y sedantes (sean legales o no), que lo ejercita en la rigidez corporal, que reduce las expresiones faciales a la mínima expresión, que lo sobreexpone de forma continuada a la pornografía para así articular el deseo y energía sexual, que organiza una rutina compulsiva de trabajo, que lo exilia de la esfera íntima y doméstica. Todo un repertorio de acciones autoimpuestas para acomodarnos a las expectativas y materializar en nuestro cuerpo masculino el ideal individual de la cultura de la violencia y la dominación.

Diferentes  puntos de partida

Aunque compartamos  espacios de cuestionamiento del poder e implementemos prácticas de desaprendizaje de género y de resignificación de los cuerpos  desde una inteligencia colectiva, no se puede pasar por alto que el colectivo LGTB y el movimiento de masculinidades disidentes parten de dos realidades diferentes y desiguales.

El punto de partida de los hombres ha sido y es el estatus de superioridad y privilegios  y el punto de partida del colectivo LGTB es el estatus subalterno cargado de fobia y exclusión.

Dicha diferencia de partida obliga a  trazar una línea de acción para las masculinidades disidentes, que es la desocupación del poder entendido desde la verticalidad, la jerarquía y el sexismo.  En este sentido la tarea tiene que ver con desplazarse  del primer plano y permitir que  el poder transite y fluya con nuestra participación o sin ella. La tarea es perder poder.

Perder poder

Para esa desocupación del poder patriarcal lo primero es dar un salto hacia la intimidad propia y concretarla en los autocuidados del sabernos y del querernos. Mirar, medir, mimar, mostrar todo aquello que sentimos y todo aquello que es nuestro cuerpo sin miedo a gustar o a disgustar, sin miedo al rechazo o al abrazo. Descubrir la alegría de nuestras manos, de nuestras barrigas, de nuestras limitaciones s y de nuestras penas.  Desaprender a vencer, a humillar, a menospreciar,  a cosificar y a invisibilizar. Aprender a bailar, a escuchar, a hablar, a comer, a follar, a fallar. Un vasto territorio interior nos espera en ese ejercicio de perder poder.

Y, a la vez que eso, dar un salto hacia la intimidad colectiva de los cuidados mutuos del reconocernos y el amarnos. Transmutar los roles sociales de la masculinidad hegemónica: asumir la interdependencia para abandonar el rol proveedor, aceptar la vulnerabilidad para abandonar el rol protector, implementar la corresponsabilidad para abandonar el rol procreador. Generar una estrategia para atacar y subvertir las representaciones mediáticas de la masculinidad hegemónica generando nuevos imaginarios colectivos a través imágenes, textos, sonidos, narraciones y aplicaciones que redefinan y reubiquen el cuerpo masculino (ya) disidente.

 

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