lunes 26 febrero 2024

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¡Alto a la gerontofobia!

 

Sylviana

 

OPINIÓN
Desde mi jubilación, desarrollo una actividad social sostenida en mi barrio, la Esquerra de l’Eixample de Barcelona, donde presido su Asociación de Vecinas y Vecinos. Pero, he aquí que llega la epidemia del coronavirus. Y, considerando las cosas de manera objetiva, tengo muchas razones para estar preocupada. 

 

El virus puede afectar a cualquier persona, es cierto. Pero resulta evidente a estas alturas que tiene especial
incidencia y reviste efectos particularmente letales entre la gente mayor. Es decir, entre personas que tienen mi edad o más. Los datos que, día tras día, los medios de comunicación trasladan a la opinión pública son, desde ese punto de vista, incontestables.

Debería añadir, además, a mis motivos de inquietud que nuestra entidad vecinal cuenta entre sus socios y socias un significativo número de personas de avanzada edad. Lo cierto es que nuestra generación, la de los abuelos y abuelas, nos hemos convertido en víctimas propiciatorias no sólo de una epidemia, sino también de la irresponsabilidad de unos líderes que, durante años, han sacrificado la sanidad de todo un país en el altar de los beneficios privados y de unos criterios de pretendida “rentabilidad” – que no se correspondían en absoluto con el interés social.

Soy de nacionalidad francesa y llevo viviendo en Barcelona desde hace treinta y dos años. Aquí me he
sentido siempre en casa, al tiempo que ciudadana europea. Ciudadana de esa Europa que nuestra generación y la de nuestros padres levantó e hizo posible, después de tantos sufrimientos a lo largo de la tormentosa historia del siglo XX. La construcción de un Estado del Bienestar, de redes públicas de salud, educación y protección social, ha sido nuestro orgullo y ha constituido nuestra señal de identidad colectiva a ojos del
mundo.

Por eso me pregunto ¿cómo es posible que, ante la irrupción de una epidemia como ésta, todo aquello que creíamos sólidas conquistas, seguras barreras de defensa ante cualquier amenaza, evidencien tantas grietas y debilidades? Por supuesto, todo el mundo entiende que el riesgo cero no existe. Incluso que un virus desconocido coja a contrapié a gobiernos y autoridades sanitarias. Pero estas semanas de estrés han puesto de relieve la erosión que han sufrido a lo largo de los últimos años los sistemas públicos de salud, las consecuencias de las privatizaciones de servicios y los recortes presupuestarios… A la hora de la verdad, se echan en falta las camas suprimidas; se requieren los profesionales de quienes se había prescindido o los
equipamientos – a veces elementales – que no se habían proveído. Sólo el esfuerzo ingente de médicos y personal sanitario ha compensado esas carencias y evitado el colapso en momentos críticos.

Sin embargo, para nosotros, la gente mayor, las consecuencias de todo ello están resultando trágicas. En los
hospitales, el 90% de los fallecimientos corresponde a pacientes mayores de 65 años. En cuanto a las residencias de ancianos, el número de muertes – que a veces se han producido en situaciones de abandono – resulta sencillamente espantoso. Aquí es donde más se han hecho sentir los efectos nefastos de la falta
de recursos y la ineficiencia de una gestión privada que ha basado sus ganancias en la contención del gasto – personal insuficiente y mal pagado, instalaciones inadecuadas para el confinamiento y raramente medicalizadas… Muchas personas han muerto en soledad, lejos de unos seres queridos que ni
siquiera han podido hacer el duelo por ellas…

Al mismo tiempo, hemos empezado a escuchar discursos inquietantes. Hemos oído a jefes de gobierno decir que era necesario aceptar que la epidemia diezmase a la población de mayor edad con tal de no entorpecer la marcha de la economía instaurando medidas de confinamiento. Incluso ha habido llamamientos al patriotismo de los mayores, que debían estar dispuestos a sacrificarse por el bienestar de las futuras generaciones. De algún modo, con la pandemia, asistimos al retorno de un lenguaje y unas nociones que pensábamos enterradas para siempre por la historia: “clasificación” de las personas según categorías humanas, darwinismo social – una suerte de selección natural, mediante la cual la enfermedad expurgaría la sociedad de los elementos débiles o inútiles que sólo son un “lastre” para ella… La tentación de hacer de todo eso una política eugenésica podría estar más cerca de lo que nos gustaría creer en medio de esta crisis de valores, súbitamente revelada por el virus. Una circular interna de la consejería de salud de la Generalitat recomendaba abstenerse de brindar determinadas atenciones médicas a las personas mayores en función de la escasa rentabilidad de dichos tratamientos.

Empiezan a manifestarse serias dudas sobre si se ha bloqueado la hospitalización de ancianos y se les ha dejado morir en las precarias condiciones de las residencias. Y – ¡atención! – no estamos hablando de la “medicina de guerra” que a veces los profesionales se ven obligados a practicar en sus servicios durante algunos momentos álgidos, tomando en conciencia graves decisiones, caso por caso. No, hablamos de una
instrucción genérica que hace de un único dato, la edad – que debería conjugarse con otros muchos parámetros a la hora de tomar decisiones acerca del tratamiento médico más adecuado – el factor determinante de la actuación sanitaria. Desde que salió a la luz pública, ningún responsable ha reivindicado esa circular. En cualquier caso, si realmente sólo hubiera sido un “desliz” a cierto nivel del departamento, no dejaría de resultar significativo e inquietante en la medida que conecta con un siniestro “air du temps”. ¿Cómo justificar la discriminación negativa de ciudadanos y ciudadanas atendiendo a su edad?

En condiciones ideales, sería necesario hacer el test a todo el mundo y, después, confinar y tratar a las personas infectadas.

Mientras tanto, y aunque la motivación invocada sea la de protegerlas, no deja de ser triste y paradójico que millones de personas mayores, que han dado toda su vida activa a la sociedad y que siguen animándola de mil maneras distintas, se vean condenadas a una forma de encarcelamiento porque las autoridades son incapaces de detectar y aislar a los portadores del virus. Toda la vida he luchado para ser una mujer libre, y para que mis hijos lo fuesen también. Ahora, vivo confinada y me he convertido en una preocupación y una carga para ellos.

Soy originaria de Argelia, de una sociedad en la que no existía el distanciamiento generacional que prevalece en las modernas naciones industrializadas – países que han generado grandes recursos y un inmenso potencial de desarrollo humano, pero que todavía no han alcanzado una organización social y donde aún no han triunfado unos valores a la altura de semejantes posibilidades. Por aquel entonces, a pesar del atraso
secular de la región y de las desigualdades e injusticias propias del orden colonial – especialmente por cuanto se refería a la situación de las mujeres -, la vejez era venerada, respetada, amada. Ello constituía una fuente de alegría y confortaba a la juventud con una mirada optimista hacia la vida. Nuestro más preciado tesoro son los recuerdos, aquellas cosas que no pueden aprenderse a través de los libros, ni en la escuela: las voces, las risas, las canciones, las comidas compartidas en familia, las historias mil veces contadas, la ternura, los besos… A través de todo eso recibimos el legado de antiguos saberes, heredamos una cultura. Y aprendemos también una manera de desterrar el miedo: aprendemos a no tener miedo a la vida, a no desesperar ante la muerte. Por eso toda sociedad necesita imperiosamente contar con sus mayores.

El nivel de desarrollo de una civilización humana podría medirse por el grado de felicidad que es capaz de procurar a las generaciones que la levantaron. Porque el trato que se les dispense no supone tanto un reconocimiento, un deber hacia el pasado, como un compromiso con el mañana. A fin de cuentas, no sólo nos enfrentamos a una pandemia, sino a una crisis de civilización.

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Tona Gusi

Tona Gusi

Fundadora i Co-coordinadora de La Independent. També és psicòloga menció en Psicologia d'Intervenció Clínica i menció en Psicologia del Treball i les Organitzacions.
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