viernes 21 junio 2024

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El papel de la literatura de ficción en el combate contra la discriminación y la violencia machista

¿Qué puede aportar la literatura de ficción en el combate contra de la violencia machista? ¿Qué puede aportar para conquistar, paso a paso, la igualdad y la no discriminación que todavía hoy persiste?

Mucha gente piensa que los motores del entretenimiento se reducen al suspense (a crear suspense, asombro, intriga). Para estas personas la novela es conceptuada exclusivamente como una herramienta de distracción; piensan que la ficción y la realidad que vivimos cada día son como el agua y el aceite: no pueden mezclarse ni influirse mutuamente. Pues esto no es exactamente así: la realidad «real» y la realidad «ficcional» sí se mezclan, sí se influyen mutuamente, como nos demuestran la psicología cognitiva y las neurociencias.

La capacidad narrativa es intrínseca al ser humano y todos la practicamos. No pensamos ni hablamos en forma de «bits» sino que utilizamos un «pensamiento narrativo», nuestro propio «pensamiento discursivo». Desde que nos levantamos hasta que vamos a dormir, incluso mientras dormimos, en los sueños, el cerebro hace funcionar ese pensamiento. Gracias a él construimos nuestra identidad personal; es decir, nos construimos a nosotros mismos, quienes somos (o quienes pensamos que somos) y entendemos e interactuamos con el mundo social y cultural. Un mundo que, en cada época de la historia, se erige sobre valores y creencias que le son propios. Unos valores y creencias que se van modificando, moldeando y cambiando paralelamente a los descubrimientos científicos, a las invenciones tecnológicas, a los cambios sociales y políticos, etc.

Este pensamiento narrativo o discursivo se elabora y perfecciona a lo largo de nuestra vida con la oralidad, la lectura de cuentos en la infancia, la lectura de novelas juveniles y adultos, con el cine, el teatro, etc. Y cuanto más amasado y madurado, más creativos seremos y más capacidad crítica desarrollaremos, más libres, más humanamente auténticos.

Cuando leemos un texto de ficción, en nuestro cerebro se produce un cambio: abandonamos nuestra realidad «real» para sumergirnos en otra realidad «ficticia». Ciertamente, aquí radica la pericia del escritor: saber producir la tensión narrativa necesaria para que esto ocurra. Y cuando esto ocurre, el pensamiento narrativo del lector comienza a interactuar con la realidad ficticia y se retroalimenta con la realidad real. Fijaros  que cuando leemos o vemos una película elaboramos anticipaciones, hacemos retrospecciones, hacemos comparaciones con nuestra vida real, etc. Establecemos un diálogo entre nuestra vida real y las historias que viven los personajes de ficción. Es decir, aparecen pensamientos, sentimientos y todo un abanico de emociones distintas. Se establece un proceso vivo y dinámico entre nuestro propio mundo y el mundo representado en la narración. Nuestras neuronas espejo se han activado. Es decir, se han movilizado los procesos de imitación y empatía, esto es, la capacidad de ponernos en el lugar del otro: es cuando sentimos lo mismo que los protagonistas (frío, hambre, rabia, amor, ternura). Los personajes nos conmueven o producen rechazo, antipatía. Estamos completamente imbuidos en la historia y perdemos  el contacto con lo que nos rodea, incluso la noción del tiempo.

 Más de uno y una de nosotros/nosotras  hemos leído alguna novela que ha marcado nuestra vida. Todos hemos visto películas que al cabo de un tiempo recordamos todavía con precisión por el impacto que nos ha producido. Y esto ocurre porque en nuestro pensamiento, al leer el libro o al ver la película, hemos establecido un proceso vivo y dinámico entre nuestro propio mundo «real» y el mundo «ficcional» representado en la narración del libro o de la película. Lo que quiero decir es que toda ficción de calidad destila valores e ideas que nos interpelan, modelos de comportamiento que podemos querer imitar o rechazar.

La función de la literatura es intentar fijar lo que les sucede a todos los hombres, a todas las mujeres, a todas las criaturas humanas, en cualquier lugar y momento. Es decir, a la literatura le interesan asuntos universales. En todo el mundo la amistad es una lazada amorosa de reconocimiento y aceptación del otro; en todo el mundo la agresividad es una manifestación de la debilidad de espíritu, del odio, de los celos, de la vanidad, de la perversión del poder y el deseo de dominar a los demás; en todo el mundo hay guerras, enfermedad, muertes incomprensibles, asesinados, que rasgan el alma. En todo el mundo hay traumas que atenazan a las personas y que como un sunami se lo llevan todo por delante y condicionan la vida de por vida. Y, como he dicho antes, todos estos temas universales son por definición cuestiones intrínsecas de la literatura de ficción. Vivimos momentos muy turbulentos, profundas crisis sociales y económicas. Y, en concreto, la lacra de la violencia machista atenaza con dureza. Es una de las violaciones más generalizadas de los derechos humanos en el mundo. En lo que va de año (hasta el mes de abril) han sido asesinadas 10 mujeres en España. Y siete criaturas han sido asesinadas por violencia vicaria. El grado de involución en muchos países es estremecedor.

De modo que considero que no debemos olvidar la literatura de compromiso; debemos intervenir y opinar con posiciones lo más libres posibles y estar atentos al cinismo con el que se ve el compromiso. Es decir, una escritura que no se limite a ser meramente entretenimiento, sino que se interrogue sobre el hombre, la moral, la política, la historia. Una literatura que aspire a cambiar el mundo, al menos el mundo del lector. Aunque sea de un solo lector. Creo que la estética, que el arte de la creación literaria en mayúsculas puede y debe implicarse en los avatares de la humanidad por medio de las historias que cuenta.

Porque lo que es evidente y demostrado es que modelamos nuestro comportamiento a través de la imitación de personas de referencia, con sus comportamientos y normas implícitas que transmiten, mucho más que en función de los mandatos de una autoridad. Lo esencial de los aprendizajes sociales y morales (incluyendo los que se dan en la escuela) remite a la asimilación mimética y no al aprendizaje explícito de normas y reglas. Y el desarrollo del espíritu crítico es básico. Formular preguntas críticas oralmente y por medio de la literatura, llegar a la incomodidad es fundamental. Hacer preguntas insoportables. Para que se nos escuche, nuestra voz debe tener eco; resonar. Y yo propongo y defiendo que una herramienta potentísima es la literatura; una literatura que exhiba posturas morales que crean moral. Es necesario fomentarla en las escuelas, en los ámbitos familiares, en las asociaciones y ateneos. En las bibliotecas y clubs de lectura.

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3 comentarios

  1. Anàlisi sàvia, ben documentada i útil als lectors imaginatius, per situar on correspon uns mons literaris tan variats com l’univers.

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Maria Àngels Viladot

Doctora en psicologia i escriptora.
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