martes 18 agosto 2026

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Leïla Shahid no defendía la causa palestina, la encarnaba

Per Rami Abou Jamous.Viento Sur

No sé si las palabras van a poder expresar lo que quiero decir. Expresar mi tristeza, expresar mi dolor, expresar mi pérdida. La pérdida de esta gran dama a la que siempre he admirado, a la que siempre he respetado, que siempre ha sido para mí el símbolo mismo de la dignidad y la humanidad de la causa palestina.

La vi por primera vez en 1998 en Aix-en-Provence, donde llevaba a cabo mis estudios. Había venido a hablar en compañía de Mahmoud Darwich, el gran poeta palestino. Ya conocía a Darwich, esperaba el momento de volver a verlo, pero aún no había conocido a esta hermosa mujer, muy modesta, con un acento cantarín que me encantaba cuando remarcaba las “r”, cada vez que la escuchaba en la radio o en los platós de televisión.

“Hola Rami, soy Leila Shahid”

Fue para mí un ejemplo de cómo hablar de la causa palestina, de expresar el dolor de las y los palestinos, o de los de Palestina o los de los campos de refugiados en el Líbano, Siria o Jordania.

En Aix pude estrecharle la mano brevemente, no tuve tiempo de expresarle mi admiración. Tuve que esperar treinta años. Un día, en medio del genocidio en Gaza, recibí una llamada en mi móvil y reconocí desde la primera palabra la voz que oía en la radio y la televisión: “Hola Rami, soy Leïla Shahid”. Creo que fue la mayor alegría de mi vida. Y esta voz me decía que me apoyaba, que seguía mi diario en Orient XXI y mis intervenciones en la televisión, en la radio. Recibí estas palabras como un gran honor. Al mismo tiempo, me dieron una gran responsabilidad, porque nunca podré hacer lo que ella hizo por Palestina y por la causa palestina.

Leïla Shahid no era una de las mejores diplomáticas palestinas, era LA mejor. No había nacido en Palestina, pero sabía hablar en nombre de las y los palestinos. Aprendí mucho de su forma de hablarle a Occidente, especialmente a los franceses. Fue ella quien me enseñó a hablar con el Otro, con quienes no forman parte de nuestra cultura o no comparten nuestra religión: con amor y dignidad. No intentaba derribar las puertas, sino más bien proceder paso a paso, para crear un ambiente de convivencia. Hablaba con su corazón lleno de humanidad, explicaba con delicadeza y con gran finura su amor por Palestina y el sufrimiento de los palestinos. En ese momento, cuando escuchaba sus intervenciones, no tenía un gran conocimiento de los desafíos políticos y estratégicos en Occidente, especialmente en Francia, todo eso me superaba. Pero me impresionó su postura, su dignidad, su forma de ir a lo esencial, siempre con una gran altura humana. Ella no defendía la causa, la encarnaba. Aprendí de ella cómo llegar a la cultura del otro, cómo hablar con él usando su lenguaje, haciendo referencias a su historia.

¿Cómo llegar al corazón de los demás? ¿Cómo hablar de corazón a corazón? Me gustó la forma en que Leïla Shahid construyó puentes, tejió vínculos muy fuertes entre las culturas y las poblaciones. Defendió la causa palestina con gran nobleza e inteligencia. Gracias a ella entendí que debatir no es mostrar debilidad, sino más bien mostrar una fuerza controlada, que el debate es un lugar de cultura, intercambio y, sobre todo, respeto por el otro.

Como si me hubieran condecorado con una medalla

Leïla, he aprendido mucho de ti. En aquel momento, cuando estaba en Aix, la mayoría de los franceses no sabían mucho sobre Palestina. Conocían a Yasser Arafat e Israel, pero eso era todo. Estaba tratando de hacer como tú, hablar con la gente, mejorar mi francés para tener la misma fluidez que tú. Incluso intenté marcar las “r” como tú, me gustaba tanto la música de tu palabra… pero sin conseguirlo.

No tengo ni tu diplomacia ni tu inteligencia, pero he intentado elevarme a tu nivel y al de la causa palestina tal y como la defendías. Así que cuando me llamaste para decirme que querías prologar mi libro, fue como si me condecoraran con una medalla de honor. Tenía una razón más para desear que esta guerra y este genocidio terminaran: poder decirte a la cara todo lo que te estoy escribiendo. Decirte mi admiración y mi respeto, decirte que eras mi profesora, que eras la mejor representante de Palestina. Que tú eras la causa palestina, hablando al mundo entero, de una capital a otra, de la injusticia que vivimos. Quería decirte lo honrado que me sentí de que me llamaras por teléfono, y de que fueras parte de mi grupo de WhatsApp, e intercambiar mensajes contigo.

Estaba tan feliz de que estuvieras aquí. Tu apoyo me ha dado mucha fuerza, mucha determinación para seguir hablando. Mi padre, que era periodista, me enseñó el amor por Palestina, y que una pluma valía mucho más que las ametralladoras y las bombas atómicas. Pero tú me enseñaste a hablar con los demás, a construir puentes. Cómo transmitir la cuestión palestina a poblaciones enteras de Occidente, con esta pequeña pluma que me dio mi padre.

Intentar prolongar tu camino

Me has enseñado a tener el valor de enfrentarme al que nos quiere hacer daño, o al que, por ideología, quiere convertirnos en terroristas, transformar a la víctima en un verdugo. El coraje de enfrentarse a estas personas con humanidad y con mucha fuerza. Me has enseñado a no pedir compasión, sino a despertar conciencias. Porque estamos del lado correcto. Cuando hago intervenciones o cuando escribo, intento imitarte, recordar que tengo la responsabilidad de representar con honor la causa justa. Como decimos aquí, “somos los dueños del derecho” (para decir que el derecho está de nuestro lado). No somos verdugos ni colonos. Somos un pueblo que vivía en paz y cuya tierra alguien vino a arrebatar.

Y tú eras la mejor para mostrar quién es el verdugo y quién es la víctima. Quería seguir aprendiendo de ti, pero te fuiste demasiado pronto. Tenía tantas cosas que decirte. Quería presentarte a mi familia, Sabah, Walid y Ramzi. Quería decirles todo lo que eras para mí, mirándoles a los ojos. Quería decirles: “Esta es mi profesora. Como alguien que quiere presentar a sus hijos a su profesor más querido de cuando era pequeño. Pero no eras solo una profesora para mí, eras una verdadera escuela por ti misma: una escuela de diplomacia, humanidad, saber hacer. Una escuela de dignidad. Una escuela comprometida, firme sin ser dura. Y sin odio.

Tu lucha continúa, Leïla. Intentaremos prolongar tu camino. Continúas estando en nosotras y nosotros, siempre serás nuestra guía, nuestra luz y nuestra escuela. Y espero que estemos a la altura. Tienes todo mi respeto, mi gratitud y mi fidelidad.

Rami Abou Jamous

Traducción: Faustino Eguberri

(Leïla Shahid falleció el 18 de febrero de 2026 en su domicilio de Lecques, en el sur de Francia ndt)

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