Saturday 17 October 2026

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La guerra contra las mujeres en Gaza


Por Dima Shamaly. Publicado en Comune-info el 22 de febrero de 2026.

“Soñaba con convertirme en una pionera de la ciencia, como Marie Curie o Zaha Hadid. Pero luego comprendí que había nacido en uno de los rincones más difíciles del mundo, donde incluso el solo hecho de expresar los propios sueños es suficiente para enterrarlos. Como mujer de Gaza, nadie me ha preguntado nunca qué quería… De niñas nos acostumbramos a muchas cosas: si alguien nos acosa por la calle, se espera que nos quedemos en silencio… Ser una mujer en Gaza significa dar a luz bajo los bombardeos o huir con tus hijos mientras sangras… Significa ser obligada a dejar la escuela a causa de la guerra, ser forzada al matrimonio… Mi objeción se refiere al uso impropio de la religión para justificar la violencia… Estoy cansada de ser siempre considerada una víctima…”.

Dima Shamaly es estudiante de ingeniería biomédica y escritora de Gaza: admitida en el Vassar College y en la Universidad de Edimburgo, no pudo asistir debido al cierre de las fronteras. Hoy es desplazada, pero no ha dejado de ocuparse de cuestiones de género y de la relación existente entre patriarcado, religión y ocupación.

Presentación de Bruna Bianchi

Dima Shamaly es estudiante de ingeniería biomédica y escritora de Gaza. Admitida en el Vassar College y en la Universidad de Edimburgo, no pudo asistir debido al cierre de las fronteras. Actualmente desplazada, se ocupa de cuestiones que afectan al género, la salud y los derechos humanos en zonas de conflicto. En este ensayo demuestra cómo las tradiciones patriarcales, las interpretaciones religiosas y la dura realidad del asedio se combinan para silenciar y oprimir a las mujeres en Gaza.

A partir de sus experiencias de vida en la Franja, la autora explica cómo estas fuerzas agravan las dificultades de las mujeres: desde la marginación sistemática empeorada por el conflicto en curso, hasta los abusos personales justificados por interpretaciones distorsionadas de los textos religiosos. Su objetivo es ofrecer una perspectiva honesta desde el interior de Gaza que desafíe las narrativas habituales en un lugar tan complejo.

Este artículo forma parte de Voces de paz

Nunca entendí realmente qué significaba tener toda la propia vida dictada por la geografía. Oía decir a menudo que Gaza era una prisión a cielo abierto. Sentía esta verdad en lo más profundo de mi corazón, pero no comprendía cómo un lugar podía tener el poder de moldear tu pasado, atrapar tu presente y robarte el futuro.

Imaginaba el mundo como el descrito por la rosa en El Principito: un lugar amable y hermoso donde todos eran tratados con amor y dignidad. Pero la realidad resultó ser muy distinta a aquellas historias.

Creía que tendría la libertad de tomar mis propias decisiones y soñaba con convertirme en una pionera de la ciencia, como Marie Curie o Zaha Hadid. Pero luego comprendí que había nacido en uno de los rincones más difíciles del mundo, donde incluso el solo hecho de expresar los propios sueños es suficiente para enterrarlos.

Como mujer de Gaza, nadie me preguntó nunca qué quería. Siempre había alguien que decidía por mí, ya fuera un miembro de la familia, un hombre en la calle o alguien que predicaba en la mezquita. Mi voz siempre ha sido temida, mi mente constantemente reprimida y mi propia presencia subordinada a mi silencio. Y cada vez que opongo resistencia, me apuntan con una pistola a la cara en nombre del honor, la religión y la tradición. La violencia contra las mujeres se justifica con las Escrituras. Las puertas se nos cierran en las narices con el pretexto de la guerra. Y cuando hablamos, se nos dice que seamos pacientes, porque “Dios está con los que soportan”.

De niñas nos acostumbramos a muchas cosas: si alguien nos acosaba por la calle, se esperaba que nos quedáramos en silencio, mantuviéramos la cabeza baja y siguiéramos caminando. Recuerdo haber presenciado agresiones contra chicas y haber pensado que la única persona con la que podía hablar era la propia víctima, porque si incluso yo hubiera dicho algo, habría sido ignorada o todo el asunto se habría ocultado. Se ha vuelto inquietantemente normal ver a mis primas golpeadas o obligadas a casarse. Las lágrimas en sus ojos lo decían todo: “Pero yo solo quiero terminar la escuela”. Sin embargo, nadie las escuchaba. Pensaba que así era como debían ir las cosas, porque siempre había una justificación: la tradición, la cultura o la religión.

Al crecer, me transformé de la típica chica mediooriental de Gaza en una persona llena de preguntas y pensamientos críticos. Con el tiempo, mis preguntas aumentaron y en mi vocabulario entraron nuevas palabras como “derechos de las mujeres”. Nunca me habían enseñado qué significaban y, cuando finalmente lo entendí, me di cuenta de que nunca los había visto puestos en práctica.

Durante la guerra, a medida que me sumergía cada vez más en espacios femeninos, empecé a ver cosas que antes consideraba increíbles. Ser una mujer en Gaza significa dar a luz bajo los bombardeos o huir con tus hijos mientras sangras. Significa decir adiós a tu marido o a tu hijo sin saber si volverán jamás, y luego ser obligada a ser fuerte y seguir adelante como si nada. Se espera que criemos a nuestros hijos en la calle, sin refugio ni comida, y que lo hagamos en silencio. Ser una mujer en Gaza significa cargar con el peso de todos, mientras se nos niega el derecho a tomar decisiones sobre nuestra vida. Significa ser obligada a dejar la escuela a causa de la guerra, ser forzada al matrimonio porque “es el momento adecuado” y ver tus propios sueños ridiculizados como si la ambición fuera un lujo reservado a quienes no han sobrevivido a las masacres. Si sales a trabajar, debes enfrentar acosos o acusaciones infinitas; si te quedas en casa, eres una carga.

Durante mi exilio en un campo de refugiados en la parte occidental de Rafah, las mujeres se reunían en la tienda en la que yo vivía. Nos sentábamos a beber té y a hablar de todo, literalmente de todo: política y religión, pasado y presente, feminidad y belleza, personas y hombres. Yo era la más joven entre ellas, pero me sentía siempre un poco como una madre. No era una sensación reconfortante. Cuando alguien se siente lo suficientemente a salvo como para mostrarse vulnerable contigo, empiezas a sentirte responsable de su dolor y de su supervivencia. Significa que debes estar presente, siempre. Es lo que sucedió entre mi vecina y yo.

Cada noche oíamos a su marido gritarle, seguido del sonido nauseabundo de sus huesos siendo golpeados. Nadie de nosotras se atrevía a intervenir. Ofrecer ayuda no es algo que se nos enseñe a hacer en nuestra sociedad. Por la mañana, los hombres decían cosas como: “¿Quién sabe qué habrá hecho para merecerlo?” o “Es su mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros?”. La escuchaba cada día. Era ella quien mantenía a la familia; corría tras las organizaciones humanitarias para conseguir comida para sus hijos, cocinaba, lavaba, limpiaba, lo hacía todo en aquella tienda angosta, similar a un sótano. Criaba y educaba a los hijos y, simultáneamente, proveía el sustento de la familia. Y, a pesar de todo, era maltratada cada día. Nadie se atrevía a ayudarla. Ni siquiera se le permitía buscar la ayuda de un especialista o hacerse curar los hematomas de la cara y el cuerpo. Todo lo que yo podía hacer era escucharla. Porque, ¿qué puede hacer realmente una chica de 19 años para cambiar la vida de una mujer de treinta y pocos, si no es sentarse a su lado y ofrecerle apoyo emocional? Sin embargo, no podía evitar sentirme culpable por no ser capaz de ayudarla.

Quería profundizar en las razones de todo esto. No lograba entender cómo un ser humano adulto podía levantar la mano contra la persona que decía amar. El pensamiento de que alguien pudiera hacer daño a su pareja era incomprensibile para mí. Lo que escuché cada día, en cambio, destruyó todo lo que creía saber. Historias que nunca habría imaginado: una mujer golpeada simplemente porque su molokhia no era del agrado del marido. Otra mujer cuyo rostro fue desfigurado por su hermano porque la habían visto hablando con su primo. Otra más que fue acosada a plena luz del día en el transporte público, y a la que luego llamaron puta cuando se atrevió a reaccionar. Cuántas historias. Cuánto dolor. Y ninguna excusa que pueda justificar todo esto.

He comprendido que hay muchas causas en la base de este sufrimiento. Está la violencia arraigada en la educación, la ligada a la posesividad y autoridad masculina, la violencia externa de la guerra y muchas otras razones que empujan al agresor a actuar de este modo. Pero nunca he encontrado ni una sola excusa convincente. Todas las justificaciones se esconden tras la religión o los usos y tradiciones, sobre todo la religión.

La ciudad de Gaza está gobernada por una autoridad puramente religiosa. Es uno de los lugares más cerrados del mundo, si no el que más, lo que convierte a la religión en el fundamento de todo en la sociedad. No es esto lo que cuestiono. Mi objeción se refiere al uso impropio de la religión para justificar la violencia y los maltratos contra las mujeres. Todas las religioni reveladas honran a las mujeres. Hablando específicamente de Gaza, aquí predomina el Islam y, sin embargo, los hombres usan versículos del Corán y de los Hadith para justificar crímenes imperdonables. Se declaran estudiosos religiosos, maduros y competentes en materia de religión. Se despiertan para la oración, muestran devoción a Dios y luego, por la tarde, golpean brutalmente a sus esposas, y nadie les pide cuentas. Cuando se les pregunta el motivo, responden que Dios les ha ordenado hacerlo, citando la frase coránica “pero si persisten, golpeadlas” (Sura An-Nisa, 4:34). Pero Dios nunca ordenó esto, y se trata de una falsa interpretación del versículo. Esta interpretación errónea es sostenida tanto por los líderes religiosos como por la gente común. El agresor cree incluso que será recompensado y entrará en el paraíso por lo que hace.

Un padre viola a su hija y nadie lo castiga. Cuando se le pregunta por qué, responde que Dios le ha permitido casarse o tener relaciones con “aquellas esclavas en tu posesión” (es decir, las esclavas de las que se habla en el Corán). Por lo tanto, no ve a su hija solo como un objeto sexual, sino como una esclava. Y el asunto se encubre porque “no es nuestra costumbre o tradición” reconocer cosas de este tipo.

No nacemos con derechos claros; nacemos, más bien, en un mundo en el que debemos demostrar que merecemos incluso el más mínimo ápice de dignidad. Muchas mujeres no saben ni siquiera cómo protegerse de la violencia, ni dentro de sus familias ni ante la ley. La salud mental y la reproductiva son tratadas como un lujo, como si fuéramos solo máquinas para la reproducción y el aguante, no seres humanos. Las mujeres de Gaza deben enfrentar la ocupación, la pobreza, la agresividad y la violencia, además de sufrir una marginación sistemática dentro de su propia sociedad. No están protegidas, sino que son consideradas responsables. No son respetadas, sino vigiladas.

Incluso la guerra se utiliza como excusa para silenciarlas: “No es el momento de reivindicar los propios derechos”, “¿Vamos a dejar morir a la gente mientras vosotras os concentráis en el hiyab, la igualdad y la violencia?”. Pero, ¿cuándo llegará el momento adecuado? ¿Debemos esperar a otra muerte, a otro desplazamiento, antes de ser tratadas como seres humanos? La guerra nunca ha sido una excusa válida para permanecer en silencio ante la injusticia. Hablar de ello está prohibido. Recurrir a la ley está prohibido, porque en circunstancias normales la ley está en manos de los mismos hombres religiosos que abusan de sus esposas.

En cada rincón de Gaza por el que paso, veo carteles de Hizb ut-Tahrir (Partido de Liberación de Palestina) que hablan de las mujeres: “El secularismo corrompe a las mujeres”, “La CEDAW [Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer] humilla a las mujeres”, “El califato protege a las mujeres”. Estas palabras no significan nada, salvo que hablan de mí sin escucharme nunca. Este partido, y otros grupos religiosos que reducen la religión al control de los cuerpos de las mujeres, no se preocupan por mi situación real. No les importa que viva en el miedo constante, sin protección ni libertad. No hablan nunca de pobreza, guerra u ocupación. No mencionan jamás la violencia que sufro, los acosos o las violaciones. Hablan solo de mí, no como ser humano, sino como un símbolo que debe ser preservado, purificado o prohibido.

No escribo esto porque rechace la religión o odie a mi sociedad. Escrito porque estoy cansada de ser usada como un eslogan. Cansada de ser reducida a debates que no tienen nada que ver conmigo. Cansada de ser tratada como un “caso tabú” que nadie se atreve a afrontar. Estoy cansada de ser siempre considerada una víctima, de ver cómo se me niegan hasta mis derechos más elementales y de ser obligada a callar. No soy una víctima que deba ser preservada. Soy una mujer que trabaja en los campos, una madre en una tienda de campaña, una estudiante en la escuela, una sobreviviente de la guerra, de los matrimonios forzados y de la marginación. Soy creativa en el arte y en la música. Sueño con convertirme en un icono científico, con abrir algún día mi propio hospital. Pero a pesar de todo esto, no estoy representada en la toma de decisiones, no estoy representada en el debate, ni siquiera estoy representada en mi propia historia.

Si no empezamos a escuchar a las mujeres —no solo a hablar de ellas, sino a escucharlas de verdad, protegerlas y apoyarlas— continuaremos repitiendo el mismo crimen: silenciar a la mujer, matarla lentamente y, después, poner un cartel con su nombre en cada esquina de la ciudad.

El escrito fue publicado por primera vez en “DEP. Deportate, esuli, profughe”, n. 56/57, Guerra all’infanzia, diciembre 2025, pp. 267-270. La traducción al italiano es de Catia C. Confortini.

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