Cada 8 de marzo recordamos a las mujeres que han abierto camino. Pero hay millones de niñas que nunca llegarán a tener ninguno.
Según datos de UNICEF, cada año cerca de 12 millones de niñas son obligadas a casarse antes de los 18 años. Más de 200 millones de mujeres y niñas en el mundo han sufrido mutilación genital femenina. En muchos conflictos armados, la violencia sexual sigue utilizándose como arma de guerra. Millones de niñas abandonan la escuela por pobreza, por embarazos forzados o por tener que asumir tareas domésticas que perpetúan su dependencia económica.
No son cifras abstractas. Son vidas interrumpidas. La infancia, que debería ser territorio de aprendizaje y juego, se convierte demasiado a menudo en un espacio de control y sumisión. En lugar de aulas, altares impuestos. En lugar de libros, el vacío descarnado. En lugar de futuro, miedo.
El poema Campanes als quatre vents, incluido en el poemario Fils de plata en la foscor (Editorial Trípode, 2026), nace de esta indignación y de esta dolorosa constatación:
Estas niñas —millones de nombres,
millones de voces—
no son metáforas.
Son carne vencida,
huesos pequeños bajo el polvo,
vidas cortadas antes de brotar.

La deshumanización es el primer paso de toda violencia. Cuando las niñas dejan de ser sujetos de derechos y pasan a ser moneda de cambio —económica, cultural o religiosa—, el sistema ya ha triunfado. No hablamos de casos aislados, sino del patriarcado como estructura sistémica.
El control del cuerpo de las niñas es uno de los mecanismos más persistentes de dominación. Se les prohíbe la educación, se las sexualiza precozmente, se las condena a una maternidad forzada. Siempre hay una justificación: tradición, honor, pobreza, religión, estabilidad social.
La sexualización temprana en entornos digitales, el aumento de la pornografía violenta como educación afectivo-sexual de facto, la trata y la explotación sexual de menores —también en Europa— nos recuerdan que esta violencia no es lejana ni exótica. Tiene formas globales y contemporáneas. Hay que decirlo alto y claro: ninguna tradición puede situarse por encima de los derechos humanos. Ninguna creencia puede justificar el dolor.
En el poema me pregunto horrorizada:
¿Quién dignifica este paso forzado,
cuando son niñas y no mujeres?
Esta pregunta interpela a gobiernos, organismos internacionales, instituciones educativas y también a nuestras sociedades occidentales, que a menudo condenan violencias lejanas mientras toleran desigualdades propias. Porque las realidades descritas al inicio de este artículo no son ajenas a Europa ni al Estado español.
España es país de destino de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual. Según datos del Ministerio del Interior, cada año se identifican cientos de víctimas, entre ellas menores de edad, aunque las organizaciones especializadas advierten de que la cifra real es muy superior. La invisibilidad y el miedo siguen siendo obstáculos determinantes.
Los matrimonios forzados están tipificados como delito desde 2015, pero la Fiscalía General del Estado continúa registrando casos anuales, muchos vinculados a adolescentes. Son situaciones a menudo ocultas en el ámbito familiar y difíciles de denunciar.
En cuanto a la mutilación genital femenina, es un delito grave en el Código Penal. En Cataluña y en otras comunidades existen protocolos preventivos, especialmente en contextos de riesgo vinculados a viajes a los países de origen. Aun así, las entidades sociales recuerdan que la prevención depende en gran medida de la formación y la detección precoz.
También la educación afectivo-sexual forma parte del currículo escolar, pero su aplicación es desigual. Mientras tanto, el contexto digital introduce nuevos riesgos: diversos estudios indican que el consumo de pornografía entre menores es cada vez más precoz, lo que influye en la construcción de imaginarios de dominación y violencia.
España y Cataluña disponen, por tanto, de un marco legal avanzado. Pero la protección efectiva depende de recursos, coordinación institucional y voluntad política sostenida. Sin una implementación real, las estructuras de dominación se perpetúan.
Porque cuando el cuerpo de una niña se convierte en territorio de control, el problema no es cultural: es estructural.
Por eso el 8M no puede ser solo una celebración de derechos conquistados. Debe ser también una denuncia de los derechos negados.
En el poema digo:
Campanas a los cuatro vientos:
no toquéis a fiesta.
No podemos tocar a fiesta mientras haya niñas que no pueden decidir sobre su propio cuerpo. No podemos felicitarnos colectivamente mientras millones de infancias sigan secuestradas por estructuras que las convierten en adultas antes de tiempo. La rabia también es política. Y la poesía, en este contexto, no es evasión: es denuncia. Es una forma de dar voz allí donde a menudo solo hay estadísticas.
El poema concluye:
El grito de millones de niñas
irrumpe en la noche confiada,
atraviesa la ventana como un relámpago,
me alzo sobresaltada en mitad de la cama,
me siento furiosa,
rabiosa hasta la médula,
incapaz de quedarme de brazos cruzados.
Esta furia no es solo emocional. Es ética.
Este 8 de marzo, cuando salgamos a la calle, recordémoslas. No como víctimas abstractas, sino como sujetos de derechos que nos obligan a continuar. Porque mientras haya una sola niña a la que le roben la infancia, el feminismo no puede detenerse.
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Campanas a los cuatro vientos forma parte del poemario Hilos de plata en la oscuridad, publicado por Editorial Trípode a inicios de 2026. La primera presentación del libro tendrá lugar en la librería Documenta el miércoles 11 de marzo a las 19 h, con lectura de poemas y acompañamiento musical de la guitarrista Maria José Niebla.