martes 27 febrero 2024

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Entrevista a Nuria Alabao: “La justicia reproductiva implica ampliar posibilidades de vida”

Escrito por *Julia Martí / Redacción Viento Sur

Nuria Alabao es periodista, investigadora y antropóloga especializada en feminismos. En los últimos años ha participado en varios libros colectivos, con capítulos como “Defender a la familia contra migrantes y mujeres: convergencias entre antifeminismo y soberanismo”, publicado en Familia, raza y nación en tiempos de posfascismo (Traficantes de Sueños, 2020) o “Las guerras de género: La extrema derecha contra el feminismo” publicado en De los neocón a los neonazis: La derecha radical en el Estado español (Rosa Luxemburg Stiftung, 2020). En esta entrevista conversamos sobre los debates alrededor de la maternidad y la familia en un contexto de auge de las extremas derechas y de profundización de la crisis de reproducción social.

Júlia Martí: Llevas tiempo advirtiendo sobre los argumentos racistas que se esconden detrás del argumento cada vez más extendido de que vivimos una crisis demográfica en Europa, que no nacen suficientes criaturas. En el momento actual de auge de las extremas derechas, ¿crees que estos planteamientos ganarán fuerza? ¿Qué impactos pueden tener?

Nuria Alabao: Si ganan fuerza es porque buena parte de los medios de comunicación compran el marco escandaloso de que nos enfrentaremos a un desierto poblacional en un futuro cercano. Es verdad que la tasa de fecundidad en España es muy baja, de entre las menores del mundo, y que se encuentra muy por debajo de la tasa de reemplazo –en 1,28 nacimientos por mujer–. Pero, sin embargo, la población sigue creciendo y lo continuará haciendo sobre todo por la llegada de inmigrantes, y aquí es donde entra con fuerza la extrema derecha. Hay un elemento, por así decir, objetivo que permite el crecimiento de estos discursos y es que nuestras sociedades van a ser cada vez más plurales. Las proyecciones indican que dentro de cincuenta años la mayoría de la población o bien será inmigrante o tendrá algún padre –o quizás un abuelo o abuela– nacidos fuera de España.

Estos cambios asustan a buena parte de la población que ven a los inmigrantes como los otros y los consideran una amenaza, por eso esta teoría conecta tan bien con las envejecidas poblaciones occidentales temerosas de las transformaciones sociales. Sobre todo, en un marco autoritario donde se asocian migraciones y criminalidad. La paradoja es que cuanta más diversidad hay en nuestras sociedades más se fortalecen los nacionalismos, porque se desatan verdaderos terrores identitarios.

Por supuesto, la solución imaginada por los ultras a este invierno demográfico pasa por tratar de reinstalar las jerarquías de género, es decir, por un reforzamiento del papel de cuidadoras de las mujeres, poniéndolas a producir niños –de ahí la oposición ultra al aborto y otros derechos sexuales y reproductivos–, y el lanzamiento de sus guerras de género. La lección que tenemos que extraer es que en sus discursos y prácticas raza y género son indiscernibles, lo que debería indicarnos por dónde tienen que ir nuestras luchas, por atar de manera estrecha estas dos cuestiones.

J. M.: También te queríamos preguntar sobre tu opinión en relación al papel que ha jugado la disputa sobre la familia o la maternidad en los debates feministas del último ciclo. ¿Qué tendencias detectas?

N. A.: Respecto a la familia, yo diría que hay una especie de consenso generalizado de lo positiva que es y poco análisis sobre su papel en el sostenimiento del patriarcado –la derecha lo tiene más claro–. El análisis de su función estructural y su contestación se ha diluido respecto de los feminismos más utópicos de los 70. De hecho, en esa época gran parte de la política queer se centraba en explorar las posibilidades de parentesco alternativo. Hoy parece que las disidencias sexuales y de género se han vuelto más aceptables, siempre que se canalicen hacia algún tipo de forma reproductiva o familiar, como si eso fuese suficiente para hacerlas emancipadoras.

Respecto de la maternidad, también es algo ambivalente. Por un lado, hay más modelos de maternar; por otro, se está produciendo una renaturalización, donde, como dice la historiadora Nerea Aresti, se vuelve a una suerte de mística que otra vez sitúa a la mujer en un segundo plano. Lactancia a demanda, colecho, crianza con apego pueden desembocar en muchas más presiones para las mujeres, y este programa coincide, de alguna manera, con la agenda de la familia natural que propugna que las mujeres se queden en casa criando. En este y en cualquier otro tema, se trataría de ampliar las posibilidades y la autonomía de las mujeres, no de crear nuevas normatividades.

Por otro lado, el feminismo mainstream se centra en pedir políticas de conciliación y menos en pedir la socialización de la reproducción. Pero si introducimos la cuestión de clase, estas políticas tienen un impacto muy desigual en las mujeres, ¿Cómo puede conciliar una trabajadora del hogar o una jornalera con sus condiciones laborales de hiperexplotación? Y desde luego, no cuestiona cómo está organizada la reproducción social alrededor del trabajo asalariado y las vidas miserables a las que nos conduce. La justicia reproductiva, como reivindica el feminismo negro, no implica solo poder decidir no tener niños, sino también elegir tenerlos y poder criarlos como deseemos: poner nosotras las condiciones, no el capital. Como decía, se trata de ampliar posibilidades de vida.

J. M.: Sabemos que la familia no es algo neutro, que es una fuente de conflictos y que además juega un papel fundamental en el modelo de producción y reproducción capitalista. ¿Puedes contarnos un poco más sobre este papel?

N. A.: La desigualdad de poder entre los sujetos siempre necesita de instituciones sociales para convertirse en opresión. La familia es una de esas instituciones que moldean vidas y emociones, lo que está relacionado con el rol de cuidadoras de las mujeres que, de una u otra forma, siempre está inscrito en la familia y sigue siendo muy persistente. La familia, por tanto, se utiliza como una forma de control social para mantener las estructuras de poder y dominación. La enorme violencia que se reproduce en su seno de hombres hacia las mujeres, pero también de padres y madres hacia los niños, y el hecho de que la familia siga siendo el lugar donde, con toda probabilidad, todavía se producen más agresiones sexuales, todo ello, son evidencias claras de su función de sujeción del orden patriarcal

Por otro lado, ¿sería posible un capitalismo sin división sexual del trabajo? Es posible, pero, como explica Silvia Federici, la acumulación originaria que permitió el despegue de este sistema económico y que todavía organiza el mundo se realizó sobre la apropiación del trabajo de mujeres y esclavos, una tendencia que persiste –sustituyendo esclavos por división internacional del trabajo y migraciones–.

Por otra parte, los cuidados no son neutros. Cuidar –en el sentido de criar– es inscribir la clase en la descendencia a través del capital social y cultural que se transmite a los niños. Reproducirse es reproducir la clase y esto tiene una parte material también. La familia es esencial para la reproducción de clases en el capitalismo, donde la herencia, la transmisión de la propiedad y la deuda son pilares sin los que es más difícil imaginarse la acumulación de capital. Por tanto, tenemos que profundizar en el análisis de la familia como espacio económico y también en pensar cuál es el papel Estado en su configuración y funciones. ¿Qué sería de la familia sin la intervención del Estado? ¿Sin herencias, sin pensiones, sin prestaciones sociales que se asignan preferentemente a familias, sin exenciones fiscales, sin intervención judicial a la hora de separarse, por ejemplo, en decidir qué pasa con los hijos? Estas políticas moldean económicamente lo que es y no es una familia y su función en el sostenimiento del sistema. ¿Tendría tanta fuerza la familia como institución sin su función económica?

Por último, hay otras formas de intervención del Estado en la familia, por ejemplo, en cómo la legislación laboral y de extranjería mantiene un trabajo femenino migrante barato sin todos los derechos para permitir el sostenimiento de la familia de clase media. Esta depende absolutamente del trabajo de estas mujeres migrantes.

J. M.: ¿Qué consecuencias tiene esta centralidad de la familia? ¿Qué cambios frena o bloquea?

N. A.: Hay una cuestión que tiene que ver con esta fase neoliberal y es que la defensa de la familia ha sido históricamente un argumento central en el desmantelamiento del Estado de bienestar –un tema que analiza muy bien Melinda Cooper en Valores de familia–. La idea es que hay que quitar impuestos a las familias, para no tener que sostener servicios sociales, y en cambio sean ellas –léase, las mujeres– las que se encarguen de la reproducción social. Evidentemente, esto deja fuera a quienes no pueden o no quieren formar una familia o a quienes han sido expulsados de ella –por no encajar en las normas de género, por ejemplo–. A medida que ha avanzado el neoliberalismo en lo que tiene de retirada del Estado del bienestar, pero también en cómo se mercantiliza la vivienda o descienden los salarios, se refuerza el papel de la familia como institución económica que acumula y transmite patrimonio y se hace a los hijos depender más de los padres. Y si aumenta la dependencia familiar, es más difícil que haya política emancipadora.

Por otro lado, cualquier otro sistema de reciprocidad alternativo a la familia va a tener que sortear muchas dificultades, ya que no está avalado o reforzado por el Estado. Por ejemplo, si te compras una casa para vivir con tus amigas no solo no tendréis ninguna ayuda, sino que el hecho de vivir juntas puede dificultar el acceder a ayudas sociales. Quizás también tendréis que montar una SL (Sociedad Limitada) y poner la casa comprada a nombre de esta sociedad, para evitar que si alguna tiene hijos y fallece, estos puedan decidir sobre vuestra casa en propiedad, ya que no se les puede desheredar.

J. M.: Para terminar, tú has defendido la necesidad de abolir la familia. ¿Cómo sería una sociedad que no necesitase a la familia?

N. A.: El método abolicionista es una idea de las feministas de los 70 y se basa, precisamente, en responder a esa pregunta, es decir, poder generar un horizonte emancipatorio. ¿Cómo sería una sociedad de familias libremente elegidas, u otras formas de hacer parentesco no genético, como dice Sophie Lewis? Es imprescindible reflexionar, dice ella, cómo podríamos extender el cuidado y el apoyo mutuo que se da en la familia a todo el mundo independientemente de qué familia le haya tocado en suerte.

Por un lado, implicaría debilitar la dependencia económica que se tiene de ella: que el Estado no la refuerce, ni la premie de ninguna manera. Es decir, quitar funciones económicas a la familia. Esto se consigue ampliando la redistribución y los derechos sociales, mejorando las condiciones laborales o los derechos económicos no dependientes del trabajo como la Renta Básica Universal o, más directamente, aboliendo la herencia.

Por supuesto, implica tratar de imaginar una mejor organización de la reproducción social que no haga recaer la mayor parte del trabajo de cuidado en las mujeres –y en las mujeres migrantes mal pagadas–. En los 70 se pedían comedores populares, guarderías 24 horas… El objetivo: que el sostenimiento, el cuidado o las tareas de reproducción social, el amor y los recursos económicos que van en el pack familiar se expandiesen a otras formas múltiples que ahora mismo no están premiadas por el Estado.

Quiero decir que hay muchas experiencias de socialización autónoma de la reproducción, aunque sea por fuera o incluso contra el Estado: centros sociales, experimentos de envejecimiento o de crianza colectivas, casas comunitarias, PAHs (Plataforma de Afectadas por la Hipoteca) y otros espacios de apoyo mutuo. Ya estamos inventando, experimentando otras formas de familia no genéticas para superar el aislamiento en el que nos obligan a reproducirnos. Hay más familia cuando hay menos política emancipadora.

*Júlia Martí es Doctora en Estudios sobre Desarrollo, investigadora del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL), milita en el movimiento feminista de Euskal Herria y forma parte de Anticapitalistas y de la redacción web de viento sur.

Fuente: Viento Sur

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