jueves 13 junio 2024

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Gisella Evangelisti ok

Campo de Moria, Lesbos, a la puerta de Europa. Donde se difumina el sueño de una vida digna.

Gisella Evangelisti ok

 

OPINIÓN 

En parajes asolados por guerras y miseria, aún puede ilusionar la idea de llegar algún día a Europa, el continente que promulgó los derechos humanos y sociales, el derecho de asilo para quien sufre persecución por las dictaduras, y donde las mujeres tienen mejores oportunidades de vida.

Tras este sueño, entre mil peripecias han llegado a Moria, Lesbos, en estos últimos años, millares de mujeres afganas, sirias y kurdas. Hace unas semanas, del 3 al 8 de enero, un grupo de chicos y chicas veinteañeras italianas, activistas en movimientos como “No una menos”, “Friday for Future”, o “Refugees Welcome” han visitado el campo para documentar su vida, e idear iniciativas de apoyo. El impacto con la realidad del campo ha superado toda imaginación.

En este momento, en un campo organizado para 3000 personas, hay abarrotadas 21.000 personas, el 75 por ciento provenientes de Afganistan, las demás de Siria o Kurdistan, y en menor cantidad, de Somalia o Congo. Muchas no caben en el campo y han ocupado los terrenos aledaños, formando una “jungla” de carpas precarias.

Las condiciones de vida están al limite de lo humano, como reporta a La Independent Esther Edith Callegaro, estudiante italiana de 18 años, activista en “Ni una menos”. “Sea la parte oficial del campo que la “jungla” no tienen acceso a agua caliente y electricidad, las colas para el bizcocho del desayuno y el escaso almuerzo del mediodía son larguísimas, y a veces inútiles pues los alimentos ya se acabaron. Basura por todos lados. Sarna difundida. La gente se prepara como puede los alimentos, y los vende en bancos informales. Por una ley del 2019 no tienen derecho a la atención sanitaria, y Médicos Sin Fronteras no logra dar abasto. “Es como estar en zonas de guerra”, afirman. Hay unas 90 Ong que tratan de aliviar las dificultades, por ejemplo los Becky’s Bathouse, que tienen duchas y maquinas para lavar.”

¿Como han podido dialogar con las mujeres del campo? Preguntamos a Callegaro y sus compañeras. “Con la ayuda de una amiga traductora marroquí, por el árabe, y utilizando el Google traductor por el farsi”, responden. Como gesto de solidaridad con las refugiadas, el grupo italiano les ha traído unos 500 kit higiénicos para el periodo menstrual. Las mujeres tienen ganas de hablar, de normalidad. Algunas las invitan en su “casa” a almorzar con ellas.

Las personas refugiadas llegan con historias traumáticas, y se quedan bloqueadas en un limbo desesperante. En teoría esperarán seis o siete meses, para poder ir a la comisión en Atenas que evaluará si conceder o no el asilo, pero pueden pasar dos años. Pocas veces es concedido. En esta situación que les atrapa, se pierden los sueños de futuro, es la vida cotidiana la que ocupa la mente, hay que buscar una carpa, alimentos, que no te violen o violen tu niño o niña, que al menos el o ella tengan un futuro. La violencia llega desde los mismos refugiados, que se atiborran de psicofármacos o alcohol, o de la policía, que puede entrar a violar, a robar sin control en una tienda, o de afuera, con los pedófilos europeos que acechan los niños y niñas que van a la escuela. Hay alta tasa de suicidios, y se respira rabia. El cuerpo de las mujeres está más que nunca en peligro.

Desde el primero de enero está vigente en Grecia la ley que incluye la deportación de las y los no aceptados   y por ello pueden sufrir reclusión y deportación a a otros campos en Turquía, que es considerado “país seguro”. También quien es rescatado o rescatada en aguas territoriales griegas sufre deportación a Turquía. En las aguas de Mitilene, en Lesbos, hay una barrera flotante para impedir el desembarco de migrantes.

Mientras tanto la ruta balcánica Europa está militarizando las fronteras, se atacan con perros a las personas migrantes en Croacia, en Libia se permite a los traficantes torturar hombres y violar mujeres con tal de contener la migración, y en Ceuta y Melilla se electrifican y ponen cuchillas a las vallas. ¿Es esta Europa, la cuna de los derechos humanos? Obvio, ninguna vara mágica resolverá los problemas de Moria (donde recientemente se ha levantado una protesta, duramente reprimida) y otras estructuras de detención y deportación de migrantes, si la opinión pública se deja dominar por la narración del odio al “bárbaro extranjero que viene a robarnos el trabajo y imponer burkas”. Sin embargo la migración no es un fenómeno contingente, sino estructural en el mundo, opina entre otros el grupo italiano de activistas de “Friday for Future”, y “Ni una menos”.

Con la globalización, se ha precarizado el trabajo en el mundo industrializado, y la avidez de las compañías multinacionales que explotan materias primas ha contaminado enteros territorios en África, como el delta del Níger, obligando las poblaciones a migrar. Las guerras y la venta de armas se han normalizado, en función de sus intereses. Pero migrantes y trabajadores precarios no son enemigos, sino el resultado de un sistema económico perverso, que incluye también la opresión de la mujer. Entender esto es básico para superar el asistencialismo hacia los grupos desfavorecidos, apostando no solo a un mundo más justo, sino a la supervivencia misma del planeta.

Ver también #lesvoscalling

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Tona Gusi

Fundadora i Co-coordinadora de La Independent. També és psicòloga menció en Psicologia d'Intervenció Clínica i menció en Psicologia del Treball i les Organitzacions.
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