Hoy, 19 de febrero de 2026, cumplo 75 años. Lo escribo así, con número redondo y sin eufemismos. Setenta y cinco. Tres cuartos de siglo. 75 globos que se elevan y se disuelven en la atmósfera. Una cifra que, dicha en voz alta, provoca reacciones curiosas: desde miradas de admiración hasta ese silencio incómodo que habitualmente se reserva para funerales o revisiones de ITV. Permítanme que sea el humor —no el sarcasmo, que siempre desprende un ligero aroma a rencor— quien impregne estas líneas.
Cumplir 75 tiene mala prensa. No nos engañemos. Socialmente es una edad que demasiadas veces se clasifica dentro de la categoría de territorio peligroso. Mirad, os adjunto un manual de frases que aparecen misteriosamente cuando cumples 75 (¡y mucho antes!). Podéis añadir las que se os ocurran. Siempre en tono de humor. Porque no es solo un adorno del discurso; es una manera de negociar la realidad sin rendirse a ella. Porque, a cierta edad, deja de ser un lujo estilístico y se convierte casi en una disciplina de supervivencia. No elimina arrugas, no mejora la artrosis ni evita los olvidos repentinos que nos hacen entrar en una habitación con aire de investigadora despistada, pero ofrece algo mucho más valioso: distancia. Y la distancia —esa sabiduría discreta— resulta a menudo más reparadora que cualquier promesa de juventud eterna que, como sabemos, no es alcanzable. No es más que una ilusión. Un espejismo que no conduce a ninguna parte.
Pues bien. No sabes muy bien cómo, pero de pronto se hace evidente un fenómeno sociolingüístico fascinante: determinadas frases empiezan a materializarse a tu alrededor con una regularidad casi paranormal. No hace falta invocar nada. Basta con que el tiempo se haga visible: «Ahora toca cuidarse»; «No te excedas»; «Vigila las escaleras»; «Cuidado con el colesterol»; «Tienes que descansar más»; «A tu edad…» (Esta es el súmmum. Suele quedar suspendida en el aire, cargada de una vaga amenaza estadística); «¡Qué bien te conservas!»; «No aparentas 75»; «¿Todavía conduces?»; «Ya no estás para según qué».
Lo más curioso es que, cuando escucho estas frases, no puedo evitar que se me active un cine interior inmediato: ¿Que no me exceda? ( ¿En qué exactamente? ¿En entusiasmo? ¿En los postres? ¿En libertad de expresión?); ¿Que vigile las escaleras? (Por supuesto. Las observo con una mezcla de respeto, prudencia y negociación diplomática); ¿Y el colesterol? (Mi colesterol y yo mantenemos una relación madura. Con altibajos, como en todas las relaciones largas); ¿Qué tengo que descansar más? (¿Descansar de qué exactamente? ¿De vivir intensamente o de soportar recomendaciones no solicitadas?); «A mi edad…» (A mi edad, ¿qué? ¿Se activa algún protocolo especial de vulnerabilidad?).
Con los años aprendes que estas frases rara vez nacen de la malicia. Son piezas de un guion social automático. La gente no te habla como eres. Te habla como imagina que es «una persona de 75». Y aquí tienes dos opciones:
Ofenderte constantemente o divertirte desmontando el guion. He elegido la segunda. Consume menos energía y mejora notablemente la salud cardiovascular.
Durante años nos han vendido el envejecimiento como una sucesión inevitable de pérdidas: memoria, agilidad, visión, paciencia, cintura. Pero existe otra narrativa posible —menos dramática y mucho más interesante— que rara vez ocupa titulares: envejecer también es ganar cosas.
Por ejemplo, adquieres más perspectiva. A los 75 ya no sientes la necesidad urgente de opinar, sobre todo. Y no porque el mundo te importe menos, sino porque has aprendido que no todo exige la misma intensidad de respuesta. Descubres que muchas polémicas que parecían cruciales a los 30 eran, en realidad, tormentas en un vaso de agua con gas, y que quizá no todo era tan trascendental como parecía. Cultivas esa serenidad que permite mirar el mundo con una mezcla de interés y saludable escepticismo. No es distancia emocional; es economía del drama. Como quien observa una serie que dura desde hace años y ha aprendido a no confundir cada giro argumental con el apocalipsis. No es desinterés: es menos reactividad y más criterio.
También se amplía la libertad. La libertad de ignorar consejos no solicitados. La libertad de vestirte por comodidad sin justificaciones estilísticas. La libertad de decir «no me apetece» sin sentirte culpable. La libertad —importantísima— de no entender ciertas modas digitales sin sufrir una crisis identitaria. Sin sentir que te has convertido, de pronto, en una reliquia antropológica. Si te hace ilusión aprender TikTok, fantástico. Si no, también. Volveré a ello después.
Y se afina el humor (lo necesitas más que nunca). Porque si algo exige la edad es sentido del humor. El cuerpo envía notificaciones inesperadas, la tecnología cambia cada quince días y los médicos utilizan un vocabulario que parece diseñado para mantener viva la industria farmacéutica. Pero donde este fenómeno adquiere una dimensión casi teatral es en la consulta médica. Por ejemplo, el médico —joven, impecable, con piel de publicidad dermatológica, que aún no ha tenido que negociar con el tiempo— me habla lentamente: «¿Y cómo nos encontramos hoy?» (¿Nos encontramos? No recordaba que hubiéramos quedado antes); «¿Dormimos bien?» (Pues sí. A veces regular. Yo, la rodilla y las preocupaciones geopolíticas).
Sonríe con esa paciencia pedagógica reservada para criaturas o para personas que, aparentemente, ya no tienen criterio propio. Y yo pienso: No es mala educación. Es estereotipo con bata blanca.
“Doctor, si me habla tan despacio, acabaré preocupándome. A mi edad, cada minuto cuenta”.
En la tienda, la condescendencia adopta formas exquisitamente solidarias: «Deme, que le cojo la bolsa. Eso pesa demasiado para usted». (Gracias).
No es exactamente una oferta de ayuda. Es una decisión preventiva. Un gesto que presupone debilidad antes de verificarla. Con frecuencia no es edadismo cruel. Es edadismo bienintencionado. De ayuda. De guante blanco. De ese que se presenta envuelto en amabilidad, como si la vulnerabilidad fuera una condición automática asociada al año de nacimiento. De desconocimiento. Porque, he aquí, la verdadera fragilidad no siempre es biológica, sino atribuida.
El habla sobreprotectora y las actitudes condescendientes son un fenómeno curioso: no necesitan mala intención. Muy al contrario. Les basta una combinación sutil de suposiciones, buenos modales y una cierta idea previa sobre qué significa «tener una edad». Se manifiestan en el tono ligeramente ralentizado, en los diminutivos afectuosos no solicitados, en ese exceso de paciencia que transforma cualquier interacción cotidiana en una escena pedagógica.
Y aquí aparece la paradoja: una comunicación que pretende ser respetuosa puede acabar transmitiendo, sin quererlo, un mensaje de limitación, vulnerabilidad o dependencia. Porque el habla condescendiente no solo describe la edad. Puede contribuir a construirla. Puede «envejecer». Puede insinuar fragilidades antes de que existan.
Ahora bien, sus efectos no son siempre los mismos. Porque la condescendencia no es solo lo que se emite; es también lo que se percibe. Depende del filtro del receptor. Del día que tengas. De tu sentido del humor. De tu seguridad interna. De si interpretas el gesto como cortesía, como protección… o como diagnóstico implícito.
Hay días en que lo agradeces. Hay días en que lo ignoras. Y hay días en que te apetece recordarle al mundo que la edad no anula ni la fuerza, ni la autonomía, ni el criterio. Ni el intelecto.
Quizá la cuestión no sea dejar de ofrecer ayuda, sino cómo ofrecerla: «Si necesita ayuda, dígamelo»; «¿Lo lleva bien?»; «¿Le echo una mano?».
Pequeñas variaciones, aparentemente insignificantes, que desplazan la fragilidad presupuesta hacia el reconocimiento como persona; hacia la autonomía reconocida. Porque no es el gesto lo que incomoda. Es la suposición.
En el autobús: «¡Siéntese, siéntese!». A los 75 aprendes una refinadísima habilidad social: aceptar el asiento sin aceptar el papel de persona frágil.
Y luego está la tecnología: «Ya se lo configuro yo». (Perfecto. Pero luego me explica por qué cada actualización me hace sentir como si hubiera suspendido un examen que no sabía que tenía que hacer).
No es que no entendamos la tecnología. Claro que la entendemos. Lo que ocurre es que cambia más deprisa que nosotros. Existe, además, una diferencia sutil y reveladora: no dominar la última aplicación no pone en crisis nuestra identidad personal ni social. En cambio, para mucha gente joven, estar al día no es solo una competencia técnica; es casi una condición de existencia simbólica. Hay que estar. Hay que entenderlo. Hay que dominarlo. Porque es ahí donde en buena medida se juegan el reconocimiento, la pertenencia, la contemporaneidad.
A cierta edad, esa presión se diluye. Puedes no entender TikTok sin que tu sentido del yo se derrumbe. Es una de las libertades menos reconocidas de la edad.
En el ascensor experimento una forma sutil de invisibilidad paradójica. Tres adultos, dos móviles, ninguna mirada. Una coreografía silenciosa de ausencias perfectamente sincronizadas. Cuando salgo, digo: “Buenos días”.
Pequeño experimento sociopsicológico: todos se sobresaltan ligeramente. Como si una voz hubiera emergido de un espacio que daban por vacío. ¡Qué bien! Tengo superpoderes.
Envejecer no es desaparecer. Aquí es donde la cuestión se vuelve política. Porque el problema no es hacerse mayor; el problema es cómo la sociedad trata a las personas mayores, especialmente a las mujeres. A cierta edad, muchas mujeres pasan a ser invisibles mediáticamente. Dejan de ser objeto de deseo publicitario, de protagonismo cultural, de interés narrativo. Como si la experiencia acumulada no fuera un valor sino un inconveniente. Vivimos en una cultura fascinada por el «talento sénior» cuando se trata de hombres con cabellos blancos y voz grave, pero mucho menos entusiasmada cuando se trata de mujeres con la misma trayectoria. Envejecer en femenino aún incomoda. Y quizá por eso conviene escribir sobre ello, hablar de ello y —si hace falta— bromear.
75: edad vintage, no caducada. A los 75 puedes mirar atrás sin nostalgia paralizante y mirar adelante sin esa angustia acelerada que nos hace vivir como si siempre llegáramos tarde. Es una edad extrañamente lúcida: ya sabes que el tiempo es finito, pero también sabes que eso no es una tragedia sino una condición humana compartida. Porqué el verdadero envejecimiento positivo no consista en parecer más joven, sino en vivir con menos miedo. Menos miedo al ridículo. Menos miedo al qué dirán. Menos miedo a no encajar. Menos miedo a no seguir el ritmo.
Mi conclusión provisional (a los 75 todo es provisional) es que cumplir 75 «globos» no es una derrota biológica ni una gesta heroica. Es simplemente vida que ha transcurrido. Vida que continúa. Con más anécdotas que planes quinquenales. Con más criterio que urgencia. Con más distancia que drama. Y, sobre todo, con la deliciosa conciencia de que la mejor edad no es la que tienes… sino la que todavía estás viviendo.
Arrugas, sí. Cursilería, nunca. Y con la libertad de ser buena persona sin ser ingenua, ejerciendo una bondad con criterio que sabe perfectamente dónde poner el límite. Así que, si nos cruzamos por la calle, ahorraros los diminutivos. No soy una niña que vuelve a empezar, sino una mujer que disfruta del paisaje sin prisa. Soplaré dos velas —un 7 y un 5— y haré un brindis con champán siendo yo misma, con la cabeza bien clara y con deseos de vivir y reír, y no pienso dejar que nadie me diga cómo debo atravesar esta etapa y disfrutarla.
La pereza de pensar —esa economía cognitiva tan humana— alimenta estereotipos en todas las etapas de la vida. Hoy he hablado de mi generación. Y de las mujeres.
También eso forma parte de la celebración.

