El feminismo no odia a los hombres, pero muchos siguen actuando como si lo hiciera. ¿Por qué persiste este mito, qué intereses lo alimentan y qué efectos tiene sobre las mujeres y el movimiento feminista?
Este artículo es un resumen divulgativo de un texto teórico que he escrito junto con un compañero catedrático de psicología, que se publicará próximamente en una revista académica y científica. Nos hemos basado en las aportaciones empíricas más recientes, algunas de las cuales han sido publicadas en 2024.
Hablamos de un tema nada menor si aspiramos a construir una sociedad realmente igualitaria y libre de discriminaciones por razón de género. Defender el movimiento feminista —con toda su diversidad interna— tiene implicaciones educativas fundamentales para combatir la violencia contra las mujeres. Desde la negación del acceso a la educación para niñas en determinados países, hasta los ataques, violaciones y feminicidios que llenan los informes diarios en todo el mundo: el feminismo les planta cara.
Pero ¿por qué el feminismo genera tanta resistencia? ¿Por qué aún hay quien lo teme, lo caricaturiza, lo tergiversa?
Uno de los mitos sociales más persistentes es que el feminismo odia a los hombres. Aunque no tiene ninguna base empírica, este tópico sigue vivo y tiene efectos reales. Funciona como un estereotipo moralizante: no solo presenta el feminismo como un movimiento equivocado, sino como moralmente reprobable. Así, cualquier crítica al patriarcado se traduce en un ataque a los hombres. Por ejemplo, cuando una demanda de igualdad salarial se presenta como si pretendiera quitar derechos o privilegios a los hombres, se desfigura el objetivo real del feminismo —garantizar justicia y equidad— y se debilita su capacidad transformadora.
Qué es (y qué no es) la misandria
La misandria es el odio hacia los hombres por el simple hecho de serlo. Aunque puede existir como actitud individual, no tiene el peso estructural ni la historia de la misoginia. No hay sistemas políticos, económicos o culturales que sostengan una discriminación sistemática contra los hombres. En cambio, la misoginia ha estado profundamente integrada en las estructuras sociales durante siglos, reproduciendo desigualdades con una persistencia alarmante.
El feminismo no promueve la misandria. Al contrario: muchas feministas denuncian que el patriarcado también perjudica a los hombres, imponiéndoles roles rígidos, reprimiendo su vulnerabilidad y castigando la disidencia emocional. El movimiento feminista busca la liberación de todas las personas, sea cual sea su género.
Estereotipos y efectos reales
Decir que «las feministas odian a los hombres» no es solo un malentendido: es un estereotipo pernicioso con consecuencias sociales graves. Estudios recientes, con muestras de hasta 10.000 personas, muestran que las feministas no son más hostiles que otras mujeres; de hecho, tienden a ser más empáticas y comprometidas con la igualdad. Pero los prejuicios persisten, alimentados por representaciones distorsionadas o simplificadas del movimiento.
Este estereotipo genera miedo y autocensura. Muchas mujeres evitan identificarse como feministas para no ser etiquetadas como agresivas o exageradas. Esto puede traducirse en silencio, moderación forzada, renuncia a expresar ciertas ideas o incluso rechazo a la etiqueta feminista a pesar de compartir sus valores. El resultado: una desmovilización que debilita la fuerza colectiva.
Menos benevolencia no es hostilidad
Un hecho importante: aunque las feministas no son más hostiles, sí tienden a ser menos benevolentes con los hombres. Esto no significa odio ni rechazo personal. Significa que tienen menos tendencia a justificar actitudes nocivas, minimizar conductas problemáticas o mostrar indulgencia simplemente porque las protagoniza un hombre.
Por ejemplo, si un hombre interrumpe repetidamente a sus compañeras en una reunión, una mujer feminista tiene más probabilidades de señalarlo y de interpretarlo como una dinámica de poder. Otra actitud podría ser relativizarlo: «seguro que no se ha dado cuenta». Esta indulgencia, aunque parezca inofensiva, perpetúa el sexismo cotidiano. En contextos donde aún se espera complacencia o sumisión femenina, la falta de condescendencia puede parecer hostilidad. Pero no lo es. Es una exigencia de responsabilidad e igualdad. No es odio; es dejar de justificar.
¿Por qué persiste el mito?
Porque es útil para ciertos sectores. Grupos antifeministas y movimientos por los «derechos de los hombres» lo explotan para presentarse como víctimas, oponerse a políticas de igualdad y atacar al feminismo. En casos extremos, este mito sirve para justificar violencia —simbólica o física— contra mujeres activistas.
Qué hacer
Romper este mito exige dos cosas: divulgar los datos que lo desmienten y defender un feminismo inclusivo, capaz de comunicar con claridad que no es el odio lo que impulsa el movimiento, sino la búsqueda de justicia.
Este mito no solo es falso, es útil para el poder que quiere mantener las cosas como están. Combatirlo es una lucha por la libertad y contra la manipulación que perpetúa las desigualdades. Es hacer política de verdad. Porque mientras este mito siga vivo, la igualdad será siempre una promesa a medias. Y una promesa a medias, es una forma de dominación.