La muerte nos devuelve a la única verdad: No somos más que piezas efímeras de imposible eternidad.
Montserrat Roig i Fransitorra (1946–1991)
El rostro de Montserrat Roig sigue siendo el de una mujer de cuarenta y cinco años. Las fotografías no saben nada de los ochenta que habría cumplido este 13 de junio. Me cuesta imaginarla anciana. No porque la vejez le hubiera sentado mal, sino porque la muerte fijó para siempre una imagen que la memoria se empeña en preservar: los ojos vivos, la cabellera castaña y aquella expresión entre irónica e inquisitiva de quien parece dispuesta a cuestionar todas las certezas.
Solo nos separaban cinco años. Ella nació en 1946; yo, en 1951. Pertenecíamos casi a la misma generación. Crecimos bajo la larga sombra del franquismo, en una Barcelona marcada por las heridas de la posguerra y por las esperanzas que más tarde despertaría la democracia. Pero hay un punto en el que nuestros caminos se bifurcan: yo he vivido el tiempo que a ella le faltó. He seguido caminando. He asistido a transformaciones que ni siquiera podía imaginar. Por eso, cuando releo sus libros, no encuentro únicamente a una gran escritora, sino también a una contemporánea a quien la muerte impidió contemplar el mundo que yo sí he llegado a conocer.
Montserrat Roig estudió, escribió y se comprometió para combatir una dictadura que, por definición, perseguía las libertades y la disidencia. En nuestro caso, el absolutismo añadió a la represión política la prohibición de la lengua catalana. Ella, como yo, como tantas de nosotras, vivió en un país donde el catalán sobrevivía en los hogares, en las conversaciones familiares y en los libros que pasaban a escondidas de mano en mano. Formaba parte de una generación de mujeres que entendió que escribir también era resistir. Como Maria Aurèlia Capmany, Teresa Pàmies, Maria Mercè Marçal, Maria Antònia Oliver o Isabel-Clara Simó, convirtió la literatura en un espacio de memoria, compromiso y libertad.
Pero las etiquetas —antifranquista, feminista, catalanista— no explican del todo quién era. Lo que la distinguía era una curiosidad insobornable: la capacidad de desconfiar de los relatos oficiales y de escuchar a quienes quedaban en los márgenes. Esa mirada recorre toda su obra. En Ramona, adéu y El temps de les cireres resuenan la memoria familiar, la historia de Barcelona y las contradicciones de un país que intenta reinventarse. En L’hora violeta, una de las novelas fundamentales del feminismo catalán, las mujeres dejan de ser personajes secundarios para ocupar el centro de la narración. Y en Els catalans als camps nazis rescata las voces de los deportados olvidados y convierte la memoria en una exigencia moral. Para Roig, recordar no era mirar atrás con nostalgia: era una manera de hacer justicia.
Cuando murió, en 1991, el mundo parecía entrar en una nueva etapa. La Guerra Fría terminaba, la Unión Soviética se desmoronaba y Europa se preparaba para una arquitectura política inédita. Barcelona ultimaba los preparativos de los Juegos Olímpicos. Muchos creían que comenzaba una era de progreso y estabilidad. Pero la historia es más tozuda de lo que imaginamos.
Desde entonces han pasado treinta y cinco años. He visto terminar un siglo y comenzar otro. He visto cómo internet transformaba la manera de leer, escribir, informarnos y relacionarnos. He vivido el horror de una pandemia global. He visto regresar la guerra al corazón de Europa y, al mismo tiempo, extenderse de nuevo por Gaza y por un Oriente Próximo atrapado, una vez más, en la espiral de la violencia, condenado a una devastación que parece perpetua. Y he visto cómo el miedo se convertía en argumento político.
¿Qué habría pensado, qué habría dicho Montserrat Roig de este tiempo acelerado, de este tiempo que nos arroja a la intemperie de la incertidumbre? ¿De un mundo donde la información circula sin descanso, pero el pasado se desvanece como si nunca hubiera existido? No es que no queramos apartarlo de nuestra vista. Es que recordando podemos evitar caer dos veces en el mismo agujero.
¿Qué habría pensado de unas redes sociales que han convertido el libre ejercicio de la opinión en una disputa permanente? ¿De unas tecnologías capaces de multiplicar el conocimiento y, al mismo tiempo, ampliar los riesgos de manipulación, tergiversación, dependencia y concentración del poder? Seguramente no habría aceptado nada de manera acrítica. Habría hecho aquello que tan bien sabía hacer: formular preguntas incómodas. Incomodar. Señalar con el dedo, con nombres y apellidos, la perversión y el engaño. Y ese combate intelectual no contradice en absoluto el espíritu constructivo y optimista que ponía al servicio de los demás. Porque soy de la opinión de que el idealismo nos permite pensar y apelar a un mundo mejor: con constancia, con perseverancia, en el trabajo cotidiano.
¿Qué habría escrito sobre Ucrania, Gaza o los nuevos conflictos que sacuden el mundo? ¿Sobre las migraciones y las fronteras? ¿Sobre las personas que siguen jugándose la vida en el mar en busca de un futuro mejor? ¿Qué habría dicho ante el auge de la extrema derecha y la creciente fragilidad de las democracias? ¿Cómo habría analizado las nuevas formas de desigualdad y precariedad?
Y aquí, en nuestra casa, ¿qué habría escrito sobre la lengua catalana? ¿Sobre la dificultad de preservarla en una sociedad globalizada? ¿Sobre una cultura que, a veces, corre el riesgo de convertirse en entretenimiento y olvidar la función punzante del pensamiento crítico?
No lo sabemos. Pero tengo la impresión de que muchos de los interrogantes que la preocupaban siguen siendo los nuestros. Cambian las tecnologías, los lenguajes y las formas del poder, pero seguimos discutiendo sobre la identidad (personal i colectiva o social), la libertad, la desigualdad, los derechos de las mujeres, la memoria histórica y la verdad. Las cuestiones esenciales persisten; solo cambian de forma.
Quizá por eso su ausencia sigue golpeándonos. Porque no solo echamos de menos a la escritora que fue. También echamos de menos los libros que no escribió. Los artículos que no publicó. Las entrevistas que no hizo. Las interpelaciones incisivas que no llegó a formular. La echamos de menos por su inteligencia aguda y afilada, que nos habría ayudado a interpretar estos tiempos convulsos. Cuando pienso en el mundo que no llegó a ver, tengo la sensación de que ya había intuido de antemano algunas de sus derivas. No porque fuera una profeta, sino porque entendía los mecanismos profundos de la sociedad. Sabía que la memoria es frágil. Que la democracia no es irreversible. Que la cultura no es un lujo ni un adorno, sino el lugar donde una sociedad se piensa a sí misma y examina sus convicciones. Que los derechos nunca están garantizados para siempre. Que el olvido siempre espera una oportunidad.
Cuando pienso en el mundo que no llegó a ver, tengo la sensación de que ya había intuido muchas cosas. No porque fuera una profeta, sino porque entendía los mecanismos profundos de la sociedad. Sabía que la memoria es frágil. Que la democracia no es irreversible. Que la cultura no es un lujo ni un ornamento, sino una forma de resistencia. Que los derechos nunca están garantizados para siempre. Que el olvido siempre espera una oportunidad.
A pesar de aquella imagen que la muerte fijó para siempre en mi cabeza, como un árbol de hoja perenne, con la cabellera castaña y el rostro hermoso, me gusta imaginarla con ochenta años. Envejecida. Arrugada. No como una estatua en un cementerio ni como una figura venerable, sino como una mujer incómoda; incomodada e inconformista. Tecleando, a veces indignada, artículos que provocarían discusiones. Haciendo preguntas impertinentes. Desmontando simplificaciones y estereotipos. Sacudiéndonos. Recordándonos que detrás de cada titular hay vidas concretas. Que detrás de cada consigna hay historias complejas. Que el primer deber de un ciudadano es resistir la tentación de dejar de pensar.
Y por eso hoy somos nosotros quienes nos quedamos con un interrogante gigantesco que llena nuestras manos sin respuesta.
¿Qué habría escrito Montserrat Roig sobre el mundo de hoy?
No tenemos su voz. Pero todavía tenemos sus preguntas. Y quizá sea ahí, en esa herencia de lucidez y rebeldía, donde su presencia sigue más viva que nunca.