jueves 16 abril 2026

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No ocupar, sino transformar

Vivian Gornick y la literatura como espacio de resistencia

A partir de la lectura del nuevo libro de Vivian Gornick, ¿Por qué algunos hombres odian a las mujeres?, reflexiono sobre cómo la literatura ha contribuido —y a menudo todavía contribuye— a perpetuar la mirada patriarcal y la subordinación de las mujeres. Repaso algunos nombres del canon masculino del siglo XX, exploro el malestar que estas lecturas me han generado a lo largo del tiempo y reivindico a las escritoras que no escriben para ocupar un lugar dentro del sistema, sino para transformarlo desde la experiencia propia, la lucidez y la disidencia.

En este artículo hablaré de la literatura como vehículo de transmisión del patriarcado y la misoginia hacia las mujeres, uno de los temas que Vivian Gornick analiza en ¿Por qué algunos hombres odian a las mujeres?. El libro nos ofrece una nueva oportunidad de leer a una de las voces más incisivas del feminismo literario contemporáneo. Se trata de una recopilación de textos publicados anteriormente y revisados por la autora para el volumen de 2025. La estructura se organiza en bloques temáticos que abordan cuestiones como la emancipación femenina, el patriarcado y el feminismo. Gornick cuestiona figuras destacadas del canon literario del siglo XX —Norman Mailer, Saul Bellow, Philip Roth— y el resultado es un ejercicio de lucidez crítica que todavía hoy nos interpela. Estos escritores no solo perpetúan una imagen degradante de las mujeres, sino que la justifican y la presentan como una expresión artística legítima. El motor narrativo de muchas de sus obras se fundamenta en la cosificación femenina, en la conquista reiterada y en la ridiculización y humillación de la mujer. Cuesta creer —y al mismo tiempo no tanto— que ese desprecio disfrazado de estilo y calidad literaria haya sido ensalzado durante décadas y que aún hoy se celebre como una muestra indiscutible de genialidad. Resulta estremecedor pensar que este menosprecio, esta condena a las mujeres, encumbrada a la categoría de gran literatura, siga siendo defendida por muchos sin pestañear. Y cuesta aún más creer que, por ejemplo, Bellow recibiera el Premio Nobel de Literatura. Veamos qué dice Gornick en relación con su novela Humboldt, que lo impulsó hacia el Nobel:

En ningún otro aspecto de esta novela se evidencia con más claridad la naturaleza nauseabunda de la vida proyectada —frente a la vida sentida— que en la creación de los personajes femeninos. Para empezar, las mujeres son nombradas de manera uniforme como zorras, fulanas, pibones y muñecas. Y todas son o guapas o “guapísimas”. […] delgadas, frías, inteligentes y castradoras (estas son siempre las esposas) o enigmáticas, sensuales y tontas (estas son las amantes).

Para la mayoría con criterio y discernimiento, es evidente que no solo cuenta la forma, sino también el fondo. Y este, en mi opinión, puede llegar a descalificar la forma y a deslegitimar al autor. Bellow, como tantos otros, es un gran escritor que vierte en la literatura su narcisismo misógino. No se trata de una misoginia anecdótica, ni el ataque a la mujer puede considerarse propio de un tiempo ya superado. Lo que hay que entender es que dentro de ese canon literario —autores y obras que han sido elevados a modelo cultural— actúa un mecanismo de poder simbólico que configura y legitima la noción de lo universal, lo valioso y lo intelectualmente relevante. El canon puede convertirse en una herramienta perversa de perpetuación de la inferioridad y el desprecio hacia la mujer, porque valida como modélica una producción literaria profundamente machista.

Autores como Louis-Ferdinand Céline o Henry Miller, a menudo considerados voces transgresoras, tampoco escapan a la crítica de Gornick. En su libro Viaje al fin de la noche, Céline expresa un profundo rechazo hacia las mujeres, retratadas como seres grotescos o castradores. Cuando pienso en Miller, me viene a la mente mi primera lectura de Trópico de Cáncer, en los años setenta, en aquel contexto universitario tan cargado de efervescencia intelectual. La sexualidad masculina desenfrenada del narrador, que reduce a las mujeres a objetos de posesión y humillación, me generaba una incomodidad profunda. Sin embargo, no me atrevía a cuestionar a un autor tan admirado como él. Tenía miedo de que me tacharan de mojigata, de ingenua. Aún no había encontrado palabras ni referentes que explicaran ese malestar íntimo, y me tragaba sin rechistar lo que me decían que era literatura subversiva.

Apenas había leído a Simone de Beauvoir o a Betty Friedan, y recién empezaba a enfrentarme a los valores que relegaban a las mujeres al lugar que «les correspondía». Me debatía entre contradicciones, nebulosas, inquietudes… hasta que comprendí que todo aquel desconcierto personal —o las reacciones de rechazo o condescendencia que recibía en contextos masculinos y que no sabía cómo interpretar— no solo me pasaban a mí. Nada era «culpa mía». No era yo «el problema». Solo que, como tantas mujeres, formaba parte de una experiencia colectiva. Entre dilemas y procesos de toma de conciencia —que muchas mujeres de aquella generación hemos vivido—, entendí que la misoginia de algunos autores, que yo leía con devoción, no es una mancha accesoria dentro de su obra, sino un componente vital de la propuesta estética, ideológica y narrativa que nos ofrecen. Un elemento central que refleja la institucionalización e impregnación cultural de la subordinación de la mujer.

Quizá deberíamos repensar más a menudo qué entendemos por talento literario, qué entendemos por genialidad y cuál debería ser, en realidad, la función de la literatura en el mundo. Porque escribir puede ser un acto de aportación liberadora, de crecimiento personal y colectivo, cuando se hace desde la verdad y la lucidez. No se trata solo de una cuestión de temática o de estilo, sino de una toma de posición ética y política. De cómo nos situamos ante el mundo, qué mirada adoptamos, qué relación establecemos con los otros.

Frente a este panorama, a menudo dominado por la voz, el deseo y el poder masculinos, Gornick reivindica otra genealogía: la de las mujeres que han escrito desde la fragilidad, la periferia o la disidencia. Pienso en Una habitación propia, de Virginia Woolf, cuando nos recuerda que la libertad de la mujer —y, por extensión, la libertad de escribir— está ligada a la libertad material y simbólica; en Seducción y traición, de Elizabeth Hardwick, un ensayo lúcido y contundente sobre figuras femeninas y su representación en una cultura patriarcal; en los cuentos de Grace Paley, que retratan con humor y ternura la complejidad de la cotidianidad femenina; o en Tillie Olsen, que en Silencios denuncia cómo la escritura de muchas mujeres con talento ha sido secuestrada por el trabajo, los cuidados o el silencio impuesto.

Este gesto indignado y reivindicativo, este gesto crítico, es una constante en la obra de las escritoras. Pienso en muchas autoras actuales, pero como no querría incurrir involuntariamente en el olvido, no las citaré. Solo mencionaré a Najat El Hachmi, por la manera tan particular en que aborda la relación entre identidad y estructura patriarcal, sin victimismo ni tópicos. Habla de la doble opresión que sufren muchas mujeres racializadas y migrantes, atrapadas entre el patriarcado de la cultura de origen y el racismo o paternalismo del país que las acoge.

Todas estas autoras comparten, a mi entender, una apuesta común: no escriben para ocupar el espacio regulado por los hombres, sino para transformarlo. No pretenden asimilarse. El espacio del que hablamos no es solo un lugar en el sistema editorial o en la historia literaria, sino un territorio simbólico y discursivo construido desde estructuras y parámetros masculinos. Querer ocuparlo significaría aceptar sus reglas, adaptarse, buscar el reconocimiento a través de códigos establecidos. Transformarlo, en cambio, implica actuar desde estrategias creativas: cuestionar las formas heredadas de narrar, desafiar los imaginarios dominantes, poner en palabras experiencias que han sido secularmente menospreciadas o silenciadas. Estas escritoras no pretenden hacer «lo mismo que ellos» con voz femenina, sino que introducen otros ritmos, otras cosmovisiones, otras prioridades. No reclaman espacios vacíos en un sistema obsoleto, sino que proponen otro sistema, otra manera de entender el papel de la literatura y, en última instancia, la vida.

En nuestro país, Maria-Mercè Marçal trazó una genealogía rebelde y clara con su famoso verso: «A la suerte agradezco tres dones: haber nacido mujer, de clase baja y nación oprimida», e hizo de la poesía un acto de afirmación. Montserrat Roig, con su compromiso cívico, defendía que «escribir es un acto de justicia». Maria Aurèlia Capmany, pionera en la reivindicación feminista, denunciaba que «el problema de la mujer es que nadie le ha preguntado nunca qué quiere ser». Y en el ámbito hispanoamericano, Rosario Castellanos escribía: «La cultura es una voz que me niega. Debo inventar otra», una frase que resume el anhelo de tantas escritoras que fundan su propio espacio.

Tal vez, entonces, no se trate de sustituir el canon ni de hacer callar a las voces que han dominado la tradición con un combate misógino sin freno. El mundo no debería regirse por peleas, guerras ni competencia descarnada. No se trata de reemplazar un canon por otro en una lucha de poder, sino de abrir espacios de escritura genuinos y libres. Caminos donde cada una pueda escribir desde lo que le es verdaderamente propio. Desde lo que nos es esencial. Desde un lugar íntimo donde la experiencia vivida —la historia personal y colectiva que arrastramos— y la fuerza de lo que anhelamos —nuestros impulsos, aspiraciones y sueños— puedan expresarse sin tener que pedir permiso, justificarse ni adaptarse a ningún discurso impuesto. Escribir desde ahí es empezar a existir plenamente.

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Maria Àngels Viladot

Doctora en psicologia i escriptora.
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