lunes 18 mayo 2026

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Mujeres: Las historias nunca contadas

Por Montse Fernández Garrido *

Nadie ignora ya que la historia siempre la escriben los vencedores, como tampoco que a lo largo de los siglos nunca vencieron las mujeres, por eso hay millones de relatos que jamás se han escrito, recordado ni tomado en consideración.

Hoy voy a escribir aquí dos historias, una de la primera mitad del siglo XX y otra bastante reciente, esa última de los cientos que traté en mi despacho y que jamás olvidaré. (Quizás acabe aceptando las reiteradas y múltiples propuestas de que escriba un segundo libro y explique unas cuantas, de esas que parecen inverosímiles, pero que ocurren dentro del seno de las familias, ese lugar que, según la ONU, “es un nido de violencia para las mujeres”). Las dos que hoy cuento, dan una idea de cómo han sido y son las vidas de las mujeres y cuya crudeza no se menciona, ni se valora.

La primera: Un buen amigo granadino, José Antonio Ramos Romero, comunista hasta la médula, que hace ya muchos años que vive y lucha en Catalunya, y que se denomina a sí mismo “obrero algo leído y que sabe algo de la vida” (hombre inteligente, trabajador, luchador, progresista y por tanto feminista), me cuenta emocionado la historia de su bisabuela, una mujer de Loja (Granada). Esa mujer tuvo 21 hijos (sí, sí, no es un error mecanográfico). A los maridos de esa época no les importaban las consecuencias de su actividad sexual, de su deseo animal. Los hijos fueron muriendo uno tras otro y sólo quedaron 4. Con el tiempo, el marido se enamoró locamente de una de sus nueras y se escapó con ella, marchando ambos a convivir en Francia. La sorpresa, el inmenso dolor y la desastrosa situación económica en que quedó la mujer fue terrible, absolutamente desprotegida. Cuando entraron las tropas franquistas en Granada, asesinaron a los cuatro hijos por ser republicanos y defender la legalidad del gobierno elegido por el pueblo. Esa mujer, la bisabuela de mi amigo, ante tal monstruosidad, se metió en cama, se negó a levantarse y también a comer y se dejó morir de tristeza. Quedaron algunos familiares y una de ellas, una joven mujer, recibió la propuesta (debíamos decir una orden) de ser contratada para amamantar a la hija recién nacida del alcalde franquista, que podía morir, por estar enferma. A cambio consiguió ella que le ofrecieran trabajo a uno de sus hermanos, (hermano también de un maquis), con lo que pudieron ganarse la vida ambos, y así ayudar a mantener a toda la familia, cuando a “los rojos“ y sus familias se les negaba el pan y la sal. Esa fue la salvación de la miseria de todos ellos.

El abuelo de mi amigo, Rafael Romero Comino, albañil, fue fusilado por los franquistas. Su único delito fue saber leer, sí, porque cada día leía el periódico en el bar del pueblo. Y los vencedores de la guerra civil temían que él leyera a sus conciudadanos las noticias del diario y también que los enseñara a leer. Lo torturaron hasta su muerte. 

Los pasados días 3 y 4 de octubre tuvieron lugar unas Jornadas de gran éxito organizadas entre otros por el también luchador Juan Pérez Unquiles, llamadas “Memoria frente al olvido en Loja” donde se han reunido importantes memorialistas, así como familiares de personas del pueblo que fueron represaliados. Se rindió homenaje en un monolito en su memoria en el cementerio. También asistieron y hablaron la Fiscal de Derechos Humanos y Memoria Democrática de Granada, Montserrat Luque. Se recordó allí que “En Andalucía no hubo guerra de frentes, sino ejecuciones en tapias y cunetas, en las que mataron a 46.000 andaluces y andaluzas, es decir, casi la mitad de las primeras víctimas del franquismo”. Yo les envié un solidario mensaje, “en honor a todas las mujeres que han desafiado las injusticias”.

La segunda: Esta otra trágica historia es bastante reciente, de nuestra querida Catalunya, tan avanzada y democrática, con legislación europea. Y tan machista todavía para las mujeres. Una joven, acudió a mi despacho para encargar su divorcio. Se había casado con un legionario, que dejó su empleo y se dedicó a vaguear toda la vida: nunca más trabajó, aunque consiguió una buena pensión, sin entender nadie como lo logró. Era borracho, jugador, drogadicto y maltratador. Imposible llegar a un acuerdo con él  por lo que  tuvimos que acudir al Juzgado a luchar por los derechos de la madre y de las dos hijas comunes, derechos que se concretaban en que las dejara tranquilas y que no las maltratara cuando las tuviera en régimen de visitas, que para la inmensa mayoría de los juzgados, (no sólo para los jueces, sino también para los fiscales que debían proteger a las menores, los asistentes sociales y los psicólogos de los departamentos psicosociales adscritos a los Juzgados de Familia, que realizaban informes sobre la familia) todos los menores debían contar siempre con la figura paterna, “tan importante como la de la madre”, sin importar cual era el comportamiento de ese progenitor.

Durante todo el proceso, que duró años y fue terriblemente duro e injusto, se atacó y denigró a la madre protectora, con informes que defendían al padre y criticaban todas y cada una de las decisiones, siempre sensatas y valientes, de la madre. La hija más pequeña, adolescente, tiene una enfermedad mental y el padre impedía que se la tratara por los psiquiatras. La rescataba de los ingresos hospitalarios, se la llevaba con él a los bares, incluso hasta altas horas de la noche y la despedía, encomendándosela a cualquier tipo de la taberna, para que la acompañara a casa de la madre, poniéndola en riesgo de sufrir cualquier agresión por parte de hombres a los que no conocía y de los que no sabía su dirección ni su nombre. El padre suministraba drogas a la menor, drogas que para él eran “drogas blandas” y que, según su criterio, “no la perjudicaban”.  Mientras iban cayendo una y otra vez informes de psicólogos y de trabajadores sociales de instituciones diversas criticando duramente a la madre, de tal manera que imposibilitaban resolver los gravísimos problemas de ella y de las dos hijas. La más jovencita se quedó embarazada con 14 años y el padre la acusaba de ser una promiscua. Ella se negó en rotundo a decir quien la había embarazado. 

La psiquiatra que podía tratarla en ocasiones indicó la necesidad imperiosa de un aborto, por el precario estado de salud mental de la chiquilla, por la fuerte medicación que tomaba, que hubiera ocasionado el nacimiento de un bebé en pésimas condiciones de salud,  y también por la corta edad de la menor. 

El padre se oponía a que abortara y él seguía compartiendo con la madre la patria potestad, que no la custodia, pero por ello seguía siendo fundamental consensuar las decisiones importantes. Se provocó el aborto, aún a riesgo de las sanciones a la madre, por tomar sola esa decisión tan trascendental. Y siguieron una multitud de problemas de toda índole a lo largo de los años. La madre y las dos hijas tuvieron gravísimos problemas de salud físicos y psicológicos, problemas que hoy en día continúan: las tres siguen en tratamiento psiquiátrico. que al parecer será para siempre, mientras vivan. Y la madre y la hija mayor también han padecido sendos cánceres muy agresivos, que bien pueden haber sido causados por todo lo que sufrieron. 

Un día, unos años después del aborto, la hija confesó a su madre, que ella nunca había sido promiscua, que nunca se había acostado con ningún muchacho y que el embarazo fue provocado por la violación de su padre. Nunca han querido denunciarlo porque significa volver a los juzgados y revivir un infierno.

Felizmente ahora, este año de 2025, se comienza a cuestionar el trabajo de algunas instituciones que desde hace muchos años estaban siendo duramente criticadas por muchas madres y abogadas. También están publicándose algunas sentencias que afirman, sin lugar a duda, que ser padre biológico no es garantía suficiente de ser un buen padre y por tanto, es mejor no tener esa figura de referencia (que bien podría garantizarla un abuelo, un tío, un hermano mayor y hasta un buen amigo de la familia). También que es imprescindible contar con la exploración de las y los menores por parte de los jueces antes de tomar una decisión sobre ellas/ellos, acompañados siempre de profesionales de la psicología y llevados a cabo en condiciones adecuadas, que no los amedrante y donde se sientan escuchados y protegidos. 

Años y años de atravesar por un terrible túnel negro, desde donde ahora comienza a verse una lucecita en la lejanía. Esperemos no tardar en llegar al final de ese túnel para poder disfrutar de la luz y del sol que merecemos también las mujeres.   

Montse Fernández Garrido es abogada feminista, profesora de Master en la UB y autora del libro “Tres generaciones rebeldes”, la historia de su familia, represaliada por defender la legalidad republicana, libro dedicado a su madre y a su abuela, heroínas silenciadas.

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