Por Carmen Huertas Vega*
Un maestro gerundense, José Ma García-Consuegra Flores, antes arqueólogo en Catalunya, y ahora profesor de historia en un instituto granadino de alumnado humilde, educa a los chicos y chicas en la investigacion de la memoria reciente del país para que aprendan a pensar, tener espíritu crítico y ser buenos ciudadanos y ciudadanas. Su metodo, instarlos e instarlas a que: realicen entrevistas con sus abuelas, acudan a exposiciones y charlas, vean películas y lean libros (ha conseguido disponer de una buena biblioteca en el centro, en muchas ocasiones regalando él sus libros), consulten archivos, visiten fosas, entrevisten expertos, intercambien textos con otros institutos, pinten murales, expongan en clase sus investigaciones y por último redacten artículos sobre lo aprendido. Y esos articulos se publican en un chat del Instituto, para el alumnado y sus familias.
La mayoría de todas esas experiencia las realizan generalmente las chicas, que se definen feministas, muchachas que se muestran como personas rebeldes, dispuestas a cambiar sus propias realidades y las de sus pueblos. He aquí el artículo de una de ellas, de 17 años.


Guardianas de la memoria
Esta reflexión está dedicada a ellas, a las olvidadas, las humilladas, las represaliadas, las que durante la Guerra Civil Española se quedaron y fueron testigos, y sobre todo víctimas en primera persona del terror. A ellas, las guardianas de la memoria, porque en su palabra pervive el miedo y en sus recuerdos no hay sitio para el olvido.
El documental de Francisco Artacho titulado Guardianas de la memoria que pudimos ver como una de las actividades iniciales de clase en la materia de Historia de España, cuenta la historia de un pequeño pueblo de Córdoba, Benamejí, pero también es la historia de todos aquellos lugares en los que durante la guerra no hubo guerra porque rápidamente triunfó el golpe contra la República y su sistema democrático, pero sí hubo una dura represión y muerte. Es curioso que cuando se les ha preguntado, la mayoría de los hombres de Benamejí aseguran que allí no hubo guerra, sin profundizar más en el tema ni proporcionar más datos. ¿Por qué? Quizá por el miedo, porque están acostumbrados a dar esa respuesta, o simplemente porque muchos de ellos no estaban allí sino en el frente o huidos. Lo cierto es que esta respuesta es totalmente acertada: en Benamejí no hubo guerra, al igual que en gran parte de Andalucía. No hubo frente, ni dos bandos armados luchando entre ellos. En estos lugares sólo hubo dolor causado por personas impulsadas por el odio y el orgullo, muchos de ellos, además, ciudadanos del propio municipio. De hecho, se calcula que de más de los 140.000 desaparecidos forzados en España durante la represión franquista, 50.000 fueron de Andalucía, lo que quiere decir que, efectivamente, no hubo guerra, hubo genocidio por causas ideológicas.

Todos del pueblo… y los que mataban… ¡También eran del pueblo!
[Testimonio de Carmen Moreno]
Sin embargo la reacción de las mujeres entrevistadas ha sido muy distinta a la de los hombres a los que Francisco Artacho, el director del documental, había preguntado. Porque durante la guerra las mujeres se quedaron y vieron y sufrieron cosas indescriptibles. Me han impactado mucho sus testimonios, su decisión al hablar, el dolor en su mirada, el resto de miedo que todavía permanece y las cicatrices producidas por años de sufrimiento inefable. Gracias a estas mujeres podemos conocer una pequeña parte de lo que tantas personas pasaron. Y digo una pequeña parte porque sólo ellos pueden saber de verdad lo que vivieron, nosotros sólo podemos acercarnos. Una de estas mujeres, al contar su historia, ha dicho algo que me ha hecho reflexionar y lo ha dicho como si estuviera pensando en voz alta, como si lo dijera para ella misma: es bonito eso de poderse expresar. ¿Cómo hemos podido llegar a este nivel de inhumanidad?, ¿cómo puede estar una persona tan agradecida por algo que debería ser y haber sido siempre un derecho innegable? Esto es fruto de años de silencio y miedo, de la represión que pasaron, pero también de todos los años posteriores a la dictadura en los que han permanecido calladas, por el terror a que las oigan, a que se repita lo que vivieron o por no querer implicar a su familia.
Durante la guerra fueron las mujeres quienes sostuvieron la vida, viviendo únicamente para la supervivencia de su familia. Niñas que desde tempranísima edad ya realizaban labores propias de un adulto, que cuidaban a sus hermanos pequeños cuando eran ellas las que necesitaban ser cuidadas. Estos niños y niñas perdieron su infancia y de un día para otro tuvieron que hacerse responsables de asuntos que ningún niño debería asumir nunca.
¡Que pasamos mucho !, ¡Que pasamos demasiado!
[Testimonio de Josefa]
Además, las mujeres tuvieron que enfrentarse a la humillación constante de los miembros de la Falange, de la Iglesia y la Guardia Civil durante décadas, obligándolas a quedarse en casa, aunque sí las sacaban para raparlas y pasearlas por la calle para que todo el mundo las viera y así ridiculizarlas y deshumanizarlas, y ya sabemos que todo lo que no es considerado humano en el sentido moral y cívico, es algo repulsivo y despreciable. Si decían que habían matado a su padre, a su hermano o a su marido eran marginadas y acusadas por ser hijas, hermanas o esposas de un rojo. O simplemente lo eran por haber parido a un rojo. Por estas razones se veían obligadas a ocultar la verdad e incluso a dar falsos testimonios de defunción, simplemente para que sus hijos e hijas pudieran comer una vez al día.
Eso lo vi yo, eso no me pueden decir a mí que es mentira.
[Testimonio de Ana María]
Son horribles las cosas que estas mujeres cuentan, lo que vieron, soportaron y tuvieron que callar, representaciones de la maldad a la que puede llegar el género humano: madres viendo morir a sus bebés en su regazo, hijos viendo morir a sus madres, amistades que tienen que dejar de serlo porque uno de ellos es descendiente de un rojo, personas del pueblo, de toda la vida, matando a sus vecinos de siempre, etc.
Por otro lado, algo que caracteriza a toda dictadura es su esfuerzo por borrar toda huella de represión. En el caso del franquismo se encargaron de convertir a las personas asesinadas y ejecutadas en desaparecidas. Se cuenta en Benamejí que existió un libro, una lista de las víctimas de esa brutal represión que escribió el abuelo del autor del documental. Sin embargo, sospechosamente, nadie ha logrado encontrarlo nunca. Y es que de eso se trata, de borrar la memoria, de obligar a olvidar. Lo que no se recuerda, está muerto, y la muerte no sólo es individual, la muerte también es un hecho comunitario. Desaparecieron todos los documentos de este tipo porque si no está, no ha ocurrido. Por desgracia la memoria es selectiva y la historia la cuenta quien ha vencido.
Lo que ocurre es que por mucho que se oculte o se destruya cualquier documento, las víctimas no se pueden borrar de la memoria familiar porque no se puede borrar su recuerdo. No es posible destruir ni quemar la memoria de mujeres como Josefa, Dolores o Ana María; no es posible cerrar a la fuerza sus cicatrices; no es posible reinventar su historia, ni lo que vieron, ni lo que sufrieron. Sus recuerdos perviven en ellas y nunca nadie podrá arrebatárselos. Y en eso consiste la fuerza de la memoria, en al menos intentar y ayudar a que reabran poco a poco esas heridas mal curadas y mal cosidas para que puedan curarse y cicatrizar decente y dignamente. Unas heridas que durante tanto tiempo han permanecido falsamente tapadas por el miedo y el silencio. Nos pueden intentar condenar al olvido, pero la memoria es algo propio de cada persona y conjuntamente podemos reconformar una memoria colectiva difícil de vencer.
Por las víctimas, por las personas represaliadas, por los desaparecidos y las desaparecidas, por las personas silenciadas i por las olvidadas. Por ellos, seamos todos y todas “Guardianes de la memòria”.

*Carmen Huertas Vega es estudiante de 2º Bachillerato-B (IES Montes Orientales de Iznalloz, Granada)

