Este artículo está escrito en memoria de la compañera y amiga Maria Xose G. Fontela.
Hay días en que la vida se para en seco. Cuando la partida inesperada de un ser querido irrumpe en tu cotidianidad, el mundo exterior parece innecesariamente cruel al continuar girando, indiferente a tu corazón roto. En estos momentos de un luto íntimo y profundo, todo aquello que hemos construido y nos construye —nuestras militancias, nuestras certezas teóricas, la lucha cotidiana contra las violencias machistas, contra el fascismo y contra un sistema que chafa la vida— tambalea. Desde el “yo”, desde mis propias heridas, me he encontrado preguntándome: ¿qué sentido tiene continuar luchando cuando la muerte nos desnuda de golpe de la manera más dolorosa? ¿Qué fuerza y consecuencias tienen tus luchas sobre el “bien común” cuando la ausencia de un ser querido te deja un vacío nihilista casi absoluto?
Es precisamente desde esta radical vulnerabilidad donde la muerte se nos revela no como un hecho aislado ni como una tragedia estrictamente privada, sino como el espejo más claro de nuestra interdependencia. Enfrentar la finitud nos obliga a desmontar la ficción del sujeto neoliberal: este individuo aislado y divinizado, falsamente autosuficiente y eternamente insatisfecho.
En la filosofía clásica, la entelequia definía el estado de aquello que ha logrado su plena realización, la potencia transformada en acto y el trayecto hacia la plenitud. ¡Qué gran palabra para definir nuestros horizontes!
Revisitada desde una “yo” encarnada y atravesada por el luto, la entelequia de una vida en particular y vista con perspectiva, no se puede medir por la acumulación de deseos individuales satisfechos ni por hitos individuales. En un modelo patriarcal y capitalista, se nos hace creer que lograr la plenitud es fruto de un consumo privado, como un conjunto inagotable de láminas puestas en fila, como un scroll en la búsqueda obsesiva de satisfacciones inmediatas. Pero esta lógica de aislamiento y de insatisfacción perpetua en tiempo de crisis civilizatoria, es la rendija egoísta por donde se cuela con demasiada facilidad el odio fascista y misógino, un odio vulgar, ignorante y simplista que encuentra en los algoritmos de las redes sociales y en el sensacionalismo de los medios generalistas su altavoz ideal.
Este odio prospera precisamente cuando nos sentimos solas y solos, cuando nadie nos ha enseñado a profundizar e, incomprendidas, nos convierten en islas desconectadas, descolocadas y débiles.
Ante esta violencia estructural que atenta contra la vida interdependiente, la tarea urgente es la reconfiguración de nuestros escenarios personales y sociales. Hay que transformar nuestra concepción de aquello colectivo y sustraer el sentido del “bien común” de las meras abstracciones.
Después de la pérdida, vienen los cuestionamientos. Como por ejemplo, que mi militancia no puede ser solo una trinchera de ideas, ha de ser un espacio donde la muerte sea parte de la vida, donde la felicidad sea un hito colectivo y los deseos dejen de ser el motor temperamental del egoísmo. Comprender nuestra finitud es entender que el bien común es la red de curas, memoria y comunidad que sostiene la vida cuando nuestras fuerzas individuales quedan exhaustas o cuando desaparecemos. Cuando transcendemos la tiranía del deseo individual, el dolor de la pérdida se transforma en una carga compartida y deja de ser solo dolor, para convertirse en energía por el aprendizaje y en un baño energizante de humildad. Cuando sufrimos la muerte, nos hace falta una reorganización mental profunda para replantearnos de arriba abajo la vida.
Nuestra entelequia se puede medir como individuas y como parte de la humanidad y no puede ser una carrera en solitario ni una evasión de la realidad. Las que estamos atravesando un luto podemos encontrar una nueva plenitud al sabernos parte de un continuo, de reconocer que nuestra existencia tiene sentido porque otras continuarán el camino cuando nosotros ya no estemos. Cómo decía San Agustín, se trata de «dejar que nuestras almas crezcan por encima de nosotros», abriendo el espíritu a aquello que nos supera, sin perder de vista la tierra que pisamos y los cuerpos que abrazamos.
Vivir y aceptar el luto y la pérdida no quiere decir huir del presente ni olvidar a quienes ya no están. Al contrario: exige recuperar la capacidad de maravillarnos con aquello real y cotidiano. Trascender en la memoria de aquellas que hemos tenido cerca, en una conversación con llantos y vinos, en la belleza de los cuerpos que se resisten a la violencia y a la tristeza de los deseos que nunca se satisfarán. Aprendemos otra vez a habitar la plenitud de aquello que ya somos cuando lo compartimos.
La esperanza se encarna ahora en el “yo”, pero con una rebeldía que surge desde aquello personal y que irradia en aquello colectivo, porque transcendemos si no renunciamos ni a la memoria ni en la lucha ni en la vida de todas las que ya no estan y nos avanzamos tranquilamente a nuestra propia desaparición.
Me viene a la cabeza una frase que se atribuye a Emma Goldman que dice: «Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa». Después de pérdidas personales tan enormes, reconfigurar el mundo y reencontrar la energía mediante la aceptación de la pérdida y de nuestra finitud, se transforma en un acto revolucionario, de dignidad personal, pero también de gozo compartido para respirar plegadas y construir recuerdos por las que vendrán. Un acto donde nos damos a nosotros mismas, a las que fuimos, un abrazo de agradecimiento. Nos decimos “adiós” y bailamos al ritmo del latido de nuestro propio corazón.