
Madre Coraje y sus hijos, de Beltolt Brecht (1898-1956), es uno de los textos más emblemáticos del teatro del siglo XX.
Famosa por retratar las contradicciones de una sociedad enferma, por su carácter épico y por tener una protagonista compleja y poco comprendida, esta obra puede considerarse uno de los grandes retos artísticos y conceptuales del teatro, incluso ahora, más de setenta años después de su estreno.

En este caso la sorpresa vino por la calidad profesional de un trabajo que en principio se nos anunció como amateur. La producción es un gran acierto, cuya calidad y cuidado puede competir y ganar contra cualquier teatro del ámbito profesional. La escenografía, el vestuario, la utilería y la iluminación fueron un conjunto estéticamente orgánico y siempre significativo dramáticamente. La creación de imagen de todos los personajes, incluidos el coro y la comparsería, fue de excelente manufactura.
Aunque las actuaciones fueron desiguales, las relaciones que logra la dirección de escena entre los personajes, el trabajo de las dos protagonistas y en general la concepción escénica nos sorprendió por su rigor y acierto en la construcción de la naturalidad y coherencia de los personajes.
La convivencia entre actores profesionales y amateurs es siempre una moneda al aire. Es muy fácil que las diferencias sean evidentes y sin embargo puede ser una gran escuela para nuevos talentos. En este caso, se debe decir que la congruencia de la puesta en escena ganó la batalla.

Entre las cosas que debemos hacer notar como deficiencias tendría que mencionar primero el tratamiento vocal de las canciones interpretadas por los solistas, segundo que la percepción del final, con una escena cayendo casi en el tono melodramático, incluso musicalmente, o el final de idealización de la Madre Coraje, todo ello nos sacó de una trayectoria, que si bien había tenido los desajustes rítmicos lógicos del estreno, había sido un acierto de tono y concepción.
El esfuerzo de tener más de cincuenta personas en el escenario con una calidad como ésta es verdaderamente loable. Conseguir que un espectáculo de casi cuatro horas mantenga la atención del espectador es toda una hazaña. Se agradece que la labor de difusión de textos tan emblemáticos como éste tenga lugar fuera de las grandes capitales.
