domingo 12 julio 2026

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Las monjas del “Patronato de Protección a la mujer” pediran perdón a las jóvenes internadas

Por Consuelo García del Cid Guerra*. Introducción de Montse Fernández Garrido

El próximo 9 de junio las agrupaciones religiosas que gestionaban los centros del mal llamado Patronato de Protección de la Mujer pedirán perdón, aceptando que las muchachas allí ingresadas sufrieron abusos en sus reformatorios (algo peor que un infierno, según las jóvenes). El régimen franquista tuvo abiertas esas “cárceles” (donde entraban sin haber cometido delito alguno, por tanto, sin condena e ignorando cuando podrían salir de allí) desde 1941 hasta bien entrada la democracia, 1985.

ElDiario.es publicaba días atrás un magnífico artículo sobre el tema y recogió las palabras de Consuelo García del Cid Guerra (Barcelona,1958), que durante 15 años dedicó las 24 h del día a investigar y denunciar a esta institución, que le robó años de su juventud, ya que estuvo allí encerrada.

Con 15 años fue privada de libertad, (ordenada por sus padres que creían que era un buen lugar para educarla) en diversos reformatorios y cumplió la promesa que les hizo a sus compañeras: “El día que me despedí les dije: Os juro que, aunque pasen 40 años, yo seré escritora y España entera se va a enterar de lo que nos han hecho”. Y fue investigando, acumulando conversaciones, testimonios y documentos. Y cumplió su promesa, escribiendo cinco magníficos libros sobre el Patronato. El primero y quizás el más conocido “Las desterradas hijas de Eva”. Desde el 2000 viene exigiendo un “perdón público” y creía que, a pesar de su extenuante lucha, no iba a conseguirlo. Felizmente se equivocaba ya que a los 66 años va a recibir esas disculpas de las órdenes religiosas femeninas que regentaron esos centros en los que se internó a miles de niñas y adolescentes. Consuelo García ha intervenido en el Congreso y en el Senado españoles, dando su valiente y emotivo testimonio. Y por lo que dijo en el Senado y documenta en uno de sus libros (El desmadre de los Servicios Sociales) sobre lo que acontecía en esas instituciones públicas, sufrió persecución y debió afrontar unos largos procedimientos penales por contar la verdad. Hasta recibió amenazas de muerte por ello.

“Era un sistema penitenciario oculto para menores de edad, con niñas entre 16 y 25 años, que habían transgredido el modelo único de mujer impuesto por el franquismo, en el que se daban trabajos forzados, internamientos psiquiátricos, en los que se aplicaban electroshocks y test ginecológicos para conocer la virginidad o no de las internas”. Sufrieron los tratamientos del terrible psiquiatra franquista, que aplicaba técnicas nazis, Vallejo Nájera.  Y pasaron mucho miedo y hambre.

La primera persona que investigó y publicó sobre el Patronato durante la vida del dictador Franco, fue la periodista y escritora gerundense Carmen Alcalde, que fue sancionada por ello, con importantes multas y pasando a la lista negra donde constaban los periodistas enemigos del régimen, con imposibilidad de publicar en diarios y revistas.

Según anuncia el mencionado Diario.es, se celebrará un acto el 9 de junio, en la Fundación Pablo VI de Madrid, a las 18,30, en reconocimiento y petición de perdón a las supervivientes del Patronato. Una victoria tras tantos años de lucha de muchas mujeres valientes. Aunque las religiosas sólo pedirán perdón y no recibirán ningún castigo, por todos los delitos que cometieron contra niñas indefensas. Esta es otra lucha por la Memoria Histórica que no debemos obviar ni olvidar.

La abogada feminista, profesora de Máster y escritora memorialista, Montse Fernández Garrido, colaboradora de La Independent, ha escrito esta introducción y ha pedido a la escritora Consuelo García del Cid Guerra (con la que ha coincidido en diversas ocasiones en la lucha contra el Patronato, los reformatorios gestionados por sacerdotes y religiosas y el robo de bebés), que escriba un artículo resumiendo los padecimientos de las internadas, artículo que publicamos seguidamente.

La Gestapo franquista para mujeres jóvenes

Escrito por Consuelo García del Cid Guerra

Consuelo García Cid. Fotografia de Isabel Permuy

Estaba sola y no sabía cómo ni por dónde empezar. No podía entender cómo no había ni rastro del Patronato, una Gestapo a la española, que condenó a adolescentes y menores de edad por el hecho de ser hembra.  Mujeres, todavía niñas, que no habían cometido delito alguno, fueron encerradas en reformatorios franquistas hasta 1985. Yo fui una de ellas.

“Velar por la mujer caída o en riesgo de caer que desea recuperar su dignidad” era el lema de una institución dependiente del Ministerio de Justicia que se llamó Patronato de Protección a la Mujer. Sus orígenes datan de 1902, desapareció en la Segunda República, para regresar en 1941, presidido por la esposa del Dictador, Carmen Polo. Tutelaban niñas de 16 a 25 años, a pesar de ser mayores de edad a los 21. Cualquier chica que se saliera de la norma franquista podía acabar en el reformatorio: ser pobre, huérfana, estar desamparada, saltarse las clases, bailar agarrado, pensar por una misma, rebelarse en la familia, o manifestarse contra el régimen era, para el Patronato, motivo sobrado para ser” tutelada”.

La institución contaba con una figura llamada visitadoras sociales o guardianas de la moral. Eran mujeres civiles que se paseaban a pie por la calle por las llamadas zonas calientes o de conflicto: piscinas, cines, bailes, bares… cualquier muchacha que anduviera por la calle fumando, fuera del horario colegial, podía ser detenida. Llamaban a la policía, se las esposaba, sin leerles sus derechos, y eran conducidas a una especie de comisaría encubierta llamada Centro de Observación y Clasificación. Cada comunidad contaba con su COC, gestionado por monjas. Allí permanecían una semana en observación y se les hacía un examen ginecológico, constando como ” completa” si era virgen e “incompleta” la que no lo era. Se decidía su destino a un reformatorio o a otro, más o menos severo. Existían los centros de preservación y los de reeducación.

Reformatori de les Oblatas de Alaquàs, 1966. Archivo personal de María Palau.

Las congregaciones religiosas auspiciadas por el Patronato eran, entre otras, las Oblatas del Santísimo Redentor, Adoratrices, Trinitarias, Buen Pastor, la orden secular de las Cruzadas Evangélicas, Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, Lanua Coeli, Filipenses y otras con menor presencia. Fundamentalmente Adoratrices y Oblatas eran las órdenes más fuertes y con mayor número de reformatorios en toda la geografía española.

El día a día era peor que una cárcel. Correspondencia censurada, trabajos forzados, adoctrinamiento religioso extremo, control constante sobre las internas, humillaciones, habitaciones en aislamiento, traslados, trato vejatorio y castigos varios.

Las internas se autolesionaban, otras intentaron incluso quitarse la vida y algunas lo consiguieron arrojándose por la ventana. Esas muertes se justificaban como “intentos de fuga”. Nadie se tira de un quinto piso en ropa interior para fugarse. Nosotras no tenemos muertas en las cunetas, sino suicidas no contempladas como tales que prefirieron quitarse de en medio antes de permanecer en los reformatorios.

Absolutamente todo se tapaba, sosteniendo, sobre el papel, situaciones extremas no tratadas de forma individual. Cada interna ingresaba por un motivo, con su consecuente trauma: Conflictos familiares graves, hijas de presos, de madre soltera, de familias desfavorecidas o violadas por su propio padre, abuelo, hermano, primos. Se encerraba a la víctima y el agresor campaba por sus fueros, incluso acudía, displicente, a las visitas semanales, con el consentimiento de las religiosas, que conocían el delito y no lo denunciaban.

Se trataba de imponer por la fuerza el patrón femenino basado en la sumisión, el sueño franquista hecho carne en manos de esa institución, que se prolongó hasta 1985. En plena democracia. Mientras España tenía tanta prisa en legalizar el porno, el cine de destape, los casinos y los bingos, miles de adolescentes permanecían encerradas en reformatorios por motivos que no se sostenían ni con cemento armado. Tratadas como delincuentes, perdidas, golfas e irrecuperables.

La letra con sangre entra. Quien bien te quiere te hará llorar… En los reformatorios lloramos por una vida entera. Las monjas no tenían ni la más mínima compasión. Ni empatía alguna. Prohibían terminantemente hablar entre compañeras, las fugas eran diarios, pero se ocultaban. Quien osara rebelarse era trasladada a un lugar peor, siendo la escala final San Fernando de Henares, Villalba o Baeza. De aquellos lugares, ninguna volvía para contarlo. En cada reformatorio se levantó una industria disfrazada de talleres de trabajo (confección, punto, bordado, imprenta, manipulado, muñequería…) argumentando que nos estaban enseñado un oficio, cuando no era cierto. Se trataba de trabajos en cadena que cualquiera podía realizar. Nadie nos enseñaba absolutamente nada. Y así, con mano de obra gratuita, llenaron sus arcas y construyeron grandes conventos en las mejores zonas de las grandes ciudades, ocupando manzanas enteras y su patrimonio inmobiliario creció como la espuma. Trabajamos para grandes marcas, confeccionando ropa, bordamos trajes de torero, casullas de sacerdote, palios, tapices, paños litúrgicos y ajuares de novia, que las congregaciones vendían a honorables clientes. Mientras nosotras pasábamos hambre. Se supone que teníamos que pagar nuestra comida y el techo que nos cobijaba. ¿En qué colegio te pasas el día fregando, trabajando y rezando? Solo teníamos tres horas de clase al día y la formación académica no era su prioridad.

Reformatorio de Baeza, conocido per las internas como “El Penal”, por ser uno dels més duros. Única imagen conocida de las instalaciones. Archivo personal de María Palau.

Por los reformatorios franquistas pasaron grandes librepensadoras, opositoras al régimen, artistas, extranjeras, gitanas, comunistas y homosexuales. Contra nosotras caía la peor de las famas: descarriadas, rebeldes e irrecuperables. A las homosexuales las ingresaban en el psiquiátrico, que dependía del Patronato. Y en sus expedientes ponían trastorno de conducta homosexual que perjudica al resto de sus compañeras. Claras tendencias homosexuales. Se la ingresa por homosexualidad de la que no se arrepiente ni tiene intención de cambio alguno. Electroshock como terapia. La institución nunca se escondió, simplemente se olvidaron de nosotras, porque hasta 2012 no se comenzó a publicar sobre ello. Las congregaciones religiosas del Patronato se convirtieron en ONG en 1985 y dirigen gran parte de los actuales centros de menores. No han resuelto su terrorífico pasado reciente, pero siguen recibiendo y manejando grandes cantidades de dinero público. Y además están siendo reiteradamente premiadas: Las Adoratrices (2014, 2017, 2021, 2023) y las Oblatas (2018 y dos premios en 2021) como “Defensoras de Derechos Humanos” (sic)… Sabemos que todo pueblo que oculta, ignora o miente sobre su propia historia, está irremediablemente condenado a repetirla. ¡Nunca nos callarán! Y seguiremos con nuestra lucha…

Consuelo García del Cid Guerra es escritora, investigadora y activista española. Sus libros, entre otros: Las desterradas hijas de Eva/ Patronato de Protección de la Mujer/ Ruega por Nosotras/ Las Insurrectas del Patronato/ La niña del rincón.

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