El discurso institucional se llena con frecuencia de proclamas a favor de la igualdad, el apoyo al tejido asociativo y la libertad de prensa. Sin embargo, detrás de las grandes campañas de publicidad institucional —muchas veces reducidas a una fachada estética— se esconde una realidad asfixiante para quienes ejercen la crítica desde los márgenes. Hoy en día, la fiscalización del poder y la denuncia de las injusticias sociales recaen, en gran medida, sobre los hombros de mujeres que trabajan de forma gratuita, gestionando blogs, medios digitales y espacios de denuncia sin más estructura que su propio compromiso.
Este activismo digital y periodismo de base cubre un vacío fundamental. Allí donde los grandes medios no llegan o prefieren no mirar, las comunicadoras independientes señalan las carencias del sistema, exponen la corrupción y ponen rostro a las desigualdades. Es un trabajo que genera un valor público incalculable pero que, paradójicamente, se sostiene sobre la precariedad y el esfuerzo invisible de sus creadoras.
La respuesta de las administraciones ante esta masa crítica, rara vez es el apoyo real; a menudo, es la indiferencia o, en el peor de los casos, la asfixia administrativa.
Cuando estos colectivos intentan acceder a recursos públicos para profesionalizar o mantener sus proyectos, se topan con una maquinaria burocrática hipercompleja. Los procesos de justificación económica se han convertido en un laberinto diseñado para grandes corporaciones, no para la ciudadanía organizada. La falta de medios para contratar profesionales contables aboca a estas creadoras a cometer errores formales en la gestión. Y es ahí donde el sistema actúa con una dureza desproporcionada: bajo la amenaza constante de auditorías severas y la obligación de devolver fondos de manera íntegra, se inocula el miedo y se paraliza la actividad.
Esta estrategia de ahogo económico funciona como una forma indirecta de censura. No se prohíbe hablar, pero se dinamitan las condiciones materiales para poder hacerlo. Mientras el dinero público fluye hacia agencias de comunicación y campañas que edulcoran la gestión política, las voces que incomodan se ven obligadas a elegir entre asumir riesgos financieros inasumibles o silenciar sus teclados.
La historia demuestra que los avances de las mujeres nunca nacieron en los despachos oficiales, sino en los márgenes de la disidencia. Las administraciones pueden seguir gastando millones en campañas de fachada, pero la verdadera fiscalización del poder se sigue escribiendo de noche, de forma gratuita y en blogs independientes. Las voces molestas no van a desaparecer porque suban el tono de las amenazas burocráticas. Al contrario: cuando intentan silenciar a una, la red se activa para amplificar el mensaje de todas. Nuestra mayor fortaleza sigue siendo la solidaridad innegociable fuera de sus instituciones.
No es una exageración ni temores infundados; es una realidad que ya se está cobrando proyectos a nivel global. El ejemplo más doloroso lo tenemos en SemMéxico, la agencia de noticias que durante 11 años fue la voz más firme y valiente contra la impunidad, los feminicidios y la violencia mas absoluta contra las mujeres en Mexico; periodistas, comunicadoras, boceras defensoras de la tierra, el agua, el planeta… No pudieron callarlas las amenazas, pero han acabado con ellas por la vía de la asfixia económica, obligándolas a cerrar sus puertas hace muy poco. Si dejamos que las estructuras ahoguen financieramente a los medios independientes, perderemos los pocos espacios que se atreven a contar la verdad. Defenderlos deberia ser una obligación colectiva.