La muerte del filósofo alemán reabre un debate clave: ¿quién ha podido participar realmente en la esfera pública? Las teóricas feministas han mostrado que la democracia moderna se ha construido también sobre exclusiones de género que hoy deberíamos revisar.
La muerte de Jürgen Habermas cierra una etapa central de la filosofía contemporánea y, al mismo tiempo, nos obliga a volver a ella. Durante décadas, su pensamiento ha sido una de las grandes arquitecturas conceptuales desde las que hemos aprendido a entender la democracia: no solo como un sistema institucional, sino como un espacio de deliberación, un lugar donde ciudadanos libres e iguales discuten racionalmente los asuntos comunes.
Pero hoy, desde una mirada feminista, esta imagen ya no puede sostenerse sin matices. No se trata tanto de rechazarla como de someterla a una pregunta incómoda y necesaria: ¿quién ha formado parte, realmente, de ese «nosotros»? ¿Quién ha tenido voz, y en qué condiciones?
En La transformación estructural de la esfera pública, Habermas reconstruye la emergencia de la esfera pública moderna en la Europa de los siglos XVIII y XIX. Cafés, salones y prensa aparecen como los escenarios de una nueva cultura política basada en la discusión crítica entre iguales. Esta idea ha sido extraordinariamente fecunda. Pero también arrastra un límite constitutivo: aquellos «iguales» no lo eran tanto. La esfera pública, lejos de ser un espacio neutro, estaba atravesada por exclusiones sistemáticas —de género, de clase, de raza— que definían quién podía aparecer, hablar y ser reconocido.
Recuerdo haber leído hace muchos años un texto de Nancy Fraser —Repensar la esfera pública— que cuestionaba precisamente este punto. Ahora, con la muerte de Habermas, lo he retomado, y su lectura sigue siendo sorprendentemente actual. Fraser criticaba la idea de una esfera pública única y universal, señalando que esa supuesta universalidad ocultaba desigualdades muy concretas. No todas las voces tienen las mismas condiciones para ser escuchadas; no todos los sujetos pueden intervenir en el debate en igualdad de términos.
Esto nos interpela directamente hoy. Es cierto: las mujeres votamos, participamos formalmente en la vida política, tenemos derechos reconocidos. Pero la igualdad formal no se traduce automáticamente en una igualdad efectiva de participación. ¿Quién tiene tiempo para intervenir en el debate público? ¿Quién puede dedicar energía a la política, a la palabra, a la presencia? La respuesta nos lleva, inevitablemente, al ámbito de los cuidados. Todavía hoy, gran parte del trabajo que sostiene la vida —cuidar de criaturas, de personas mayores, de la cotidianidad— recae de manera desigual sobre las mujeres. Y este trabajo, a menudo invisible y poco reconocido, limita el acceso al espacio público. No se trata solo de una exclusión explícita, como en el pasado, sino de una desigualdad más sutil: una distribución desigual del tiempo, de la disponibilidad, de la propia posibilidad de hacerse presente.
Quizás, entonces, la frontera entre lo público y lo privado —tan central en el relato habermasiano— no es tan clara como parecía. O quizás nunca lo ha sido. Porque lo que queda fuera del debate público no es irrelevante: a menudo es lo que sostiene, en silencio, la propia posibilidad de ese debate. Dicho de otro modo, muchas de las actividades que no aparecen en el espacio público —las tareas de cuidado, el trabajo doméstico, el sostenimiento cotidiano de la vida— son precisamente las que permiten que otras personas dispongan del tiempo, la energía y la disponibilidad necesarias para intervenir en él.
Así, el «fuera» no es simplemente un margen: es la condición de posibilidad del «dentro». Cuando alguien puede asistir a reuniones, escribir, deliberar o simplemente disponer de tiempo propio, a menudo es porque hay otra persona que, de manera invisible, está sosteniendo todo aquello que lo hace posible.
Habermas no fue un pensador del género, pero formuló una de las preguntas decisivas de la modernidad política: ¿cómo podemos convivir democráticamente a través del diálogo? El feminismo no lo ha refutado; lo ha profundizado. Ha desplazado la pregunta hacia sus condiciones de posibilidad: quién puede hablar, quién puede ser escuchado, y qué queda fuera de la conversación.
Su muerte no cierra este debate. Al contrario, lo hace más urgente. Porque si la democracia quiere ser algo más que un ideal abstracto, no basta con garantizar el derecho a la palabra. Es necesario también repensar las condiciones materiales, sociales y simbólicas que hacen posible que todas las voces puedan, realmente, formar parte del «nosotros».
Y eso, todavía hoy, sigue siendo una tarea pendiente.