miércoles 29 julio 2026

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¿El velo: símbolo de sumisión o de libertad?

Hace pocos días, Junts per Catalunya propuso restringir el uso del burka, el nicab e incluso del velo islámico en espacios públicos y escuelas, a raíz de la presión electoral de Aliança Catalana, una formación de extrema derecha que ya había defendido medidas similares. Este giro hacia posiciones más severas ha desatado una polémica encarnizada, tanto entre los partidos como dentro del movimiento feminista.

En la Comunidad de Madrid, varios institutos han prohibido el uso del hiyab. Estas decisiones han provocado protestas de estudiantes y colectivos antirracistas, que las consideran medidas islamófobas y discriminatorias. Todo ello ha reabierto un profundo debate sobre derechos, libertades y el papel del Estado ante símbolos religiosos que pueden percibirse como imposiciones patriarcales.

Las posiciones dentro del feminismo son, en este terreno, contradictorias. Las profesoras Alicia Sierra y Marta Ramallo —que han asesorado al Partido Popular— defienden la prohibición del velo en las escuelas, porque lo consideran una forma de opresión normalizada. En cambio, otras voces —como la de Míriam Hatibi, activista y comunicadora musulmana— sostienen que el feminismo debe respetar las decisiones de las mujeres, y que el problema no es el velo, sino la mirada que lo juzga o lo instrumentaliza para criminalizar comunidades enteras.

Para muchas mujeres —entre las que me incluyo— el velo, sea cual sea su forma, no es solo una prenda, sino un símbolo evidente de sumisión y de control sobre el cuerpo femenino, ejercido por religiones o tradiciones culturales que, históricamente, han excluido a las mujeres de la esfera pública. Me cuesta entender cómo una parte del feminismo puede justificar su uso en nombre de la libertad de expresión o de la identidad cultural, sin tener en cuenta el contexto de origen. ¿Qué libertad puede haber en el hecho de tener que cubrirse la cabeza para evitar el juicio o la agresión?

Es cierto que hay mujeres que aseguran llevarlo libremente. También lo es que prohibirlo puede parecer, a primera vista, una medida autoritaria que limita un derecho individual. Pero este enfoque a menudo ignora una realidad incómoda: en muchos países, no llevar el velo puede conllevar castigos como la cárcel, la violencia o, incluso, la muerte. Mujeres como la rapera Raisa, que decidió quitárselo, han denunciado tanto la imposición en los países de origen como la discriminación que han sufrido aquí por llevarlo.

Conviene mirar también hacia nuestra propia sociedad. En Occidente, las mujeres vivimos inmersas en otro tipo de presión: la imposición de un modelo estético que exige cuerpos delgados, jóvenes, depilados, maquillados y sexualizados. Esta forma de control puede parecer más sutil, pero no es menos eficaz. El poder sobre el cuerpo femenino no siempre se manifiesta en forma de prohibiciones explícitas, sino en mandatos invisibles que las mujeres interiorizan y reproducen. Muy bien, pero la diferencia radica en lo que decía antes: en Occidente no se agrede a las mujeres, no se las mata, por desobedecer en su forma de vestir o en su manera de presentarse ante el mundo.

A mi entender, del mismo modo que hay mujeres musulmanas que reclaman el derecho a llevar el velo, también hay que reconocer que muchas mujeres occidentales viven como una imposición el hecho de tener que cubrirse la cabeza cuando viajan a países donde el velo es obligatorio. ¿Qué diferencia hay, entonces, entre prohibirlo e imponerlo? Si la libertad es un valor fundamental, debería serlo en todos los contextos. Por eso sorprende que determinadas voces feministas solo denuncien las restricciones que afectan a mujeres musulmanas en Occidente, pero no muestren el mismo compromiso con la falta de libertad de las mujeres no musulmanas en países donde el velo es impuesto. Un feminismo coherente debería defender la libertad de todas las mujeres, en todo el mundo.

Defender el velo como símbolo de resistencia o empoderamiento es, al mismo tiempo, no tener en cuenta las luchas de tantas mujeres que, en Irán, Afganistán o Arabia Saudita, arriesgan la vida simplemente por salir de casa con la cabeza descubierta. Ellas no ocupan titulares ni reciben la misma atención. Sin embargo, su voz es imprescindible para comprender qué representa realmente esta prenda.

El feminismo, si quiere ser fiel a su razón de ser, no puede blanquear símbolos de sumisión para no incomodar. Y la izquierda política tampoco debería sacrificar la defensa de los derechos de las mujeres en nombre del relativismo cultural o por cálculos electorales. No se trata de prohibir por prohibir, sino de poner sobre la mesa una pregunta esencial: en una sociedad democrática, ¿podemos hablar de libertad real cuando una decisión está profundamente condicionada por el género, la religión o la presión social?

Este artículo no pretende ofrecer respuestas simples a una realidad compleja. Pero sí poner sobre la mesa una cuestión fundamental: cuando una mujer se cubre la cabeza, ¿lo hace realmente por decisión propia o para evitar ser juzgada, agredida o excluida? Y aún otra más: ¿por qué determinadas voces feministas denuncian la prohibición del velo en Occidente, pero no la obligación del velo en determinados países del mundo?

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Maria Àngels Viladot

Doctora en psicologia i escriptora.
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