sábado 03 junio 2023

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El lenguaje de la expulsión

 Sasia Principe Asturias

 

Cuando discutimos sobre el aumento de la desigualdad, de la pobreza, de los encarcelamientos, de las ejecuciones inmobiliarias y otras injusticias, si simplemente participamos en discusiones concretas sobre el aumento de la disparidad, no captaremos una realidad más amplia que deberíamos enfrentar. Necesitamos un nuevo lenguaje.

Utilizo el término «expulsiones» para señalar la radicalidad de ese cambio necesario. (1)

Por ejemplo, necesitamos un nuevo lenguaje para expresar el hecho de que un número creciente de personas adultas de los barrios pobres de los Estados Unidos nunca ha tenido un empleo; la expresión «desempleado de larga duración» es demasiado difusa y no logra captar una condición estructural radical. Nuestro lenguaje debe reconocer que los 52 millones de personas identificadas por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) como «personas desplazadas» casi nunca regresan a sus hogares, debido a que sus «hogares» han sido sustituidos por nuevos edificios lujosos, por una plantación o por una zona de guerra. En realidad, tanto los desempleados de larga duración como los desplazados han sido expulsados de la sociedad.

Estas y otras muchas expulsiones adoptan formas específicas en cada lugar del mundo, y tienen contenidos específicos en diversos ámbitos: economía, sociedad, política. De hecho, son tan específicos en cada lugar y en cada ámbito —y son estudiados por lo general en estos contextos tan específicos— que es difícil ver que puede que sean las manifestaciones superficiales de tendencias más profundas que trascienden estas divisiones clásicas. Por volver a los dos ejemplos mencionados: los expertos en el desempleo de larga duración en el Norte Global no estudian a los desplazados en el Sur Global, y viceversa. Y, sin embargo, en la base, estos desplazamientos comparten un elemento simple y común: hay personas que son expulsadas (por lo general de forma permanente) fuera de lo que había sido su vida.

Debemos encontrar formas de discutir los bordes sistémicos ocultos en el interior del territorio de lo nacional. Estos bordes no deben confundirse con las fronteras nacionales u otras divisiones político-administrativas, a pesar de que en algunos casos pueden coincidir. Además, una vez que los parados o los desplazados, u otras de las tantas versiones de los expulsados, cruzan este borde sistémico, se invisibilizan; son menos propensos a ser parte del cálculo del PIB per cápita o de un censo. Se invisibilizan cuando se aplica a las personas, a los lugares, a las pequeñas empresas que fracasan, a los barrios destruidos por los huracanes, a los barrios desolados por las ejecuciones hipotecarias, etc.

Todas estas expulsiones, y otras que no se mencionan aquí, coexisten con el crecimiento de «la» economía, incluso a pesar de que el espacio de la economía se está contrayendo. Esta coexistencia del crecimiento (medido de la forma convencional) con las expulsiones incrementa la invisibilidad de aquellos que son sacados de su trabajo y de su hogar.

Las formas complejas de conocimiento que admiramos entran en juego en muchas de estas expulsiones —en particular, las matemáticas avanzadas utilizadas en los algoritmos de las finanzas, y las innovaciones legales complejas que permiten la apropiación masiva de las tierras que se disparó en 2006. Pienso que esta mala utilización del conocimiento es un tema importante en nuestra economía política global actual. Pone de relieve el hecho de que formas de conocimiento e inteligencia que respetamos y admiramos a menudo están en el origen de largas cadenas de transacciones que pueden terminar en simples brutalidades. Un ejemplo de una expulsión simple sería la de los trabajos insalubres y mal pagados que forman parte de las complejas lógicas de externalización. Las formas complejas de conocimiento producen grandes expulsiones, como cuando se construye una enorme presa que entierra aldeas enteras y tierras de cultivo, haciendo visible su lado destructivo.

Ciertos casos extremos hacen marcadamente visible la mala utilización del conocimiento. Por ejemplo, las llamadas hipotecas subprime que se desarrollaron en la década del 2000 eran parte de un proyecto financiero destinado a desarrollar nuevos tipos de valores respaldados por activos y una deuda con garantías. No se deben confundir con las hipotecas subprime del periodo anterior, patrocinadas por el Estado, y destinadas a ayudar a tener una casa a las familias con ingresos realmente modestos.

Las nuevas versiones de las hipotecas subprime utilizaron a los hogares modestos que participaron en el juego para satisfacer la creciente demanda de valores respaldados por activos de los inversores, en un mercado donde el valor extraordinario de los derivados era de 630 billones de dólares, es decir, 14 veces el valor del PIB mundial.

Los inversores estaban pidiendo a gritos algunos valores respaldados por activos reales, no sólo derivados sobre tasas de interés o elementos que funcionaran mediante largas cadenas de hipotéticos. La complejidad de la ingeniería financiera se desplegó para desvincular el (modesto) valor real de las viviendas y de las hipotecas de los valores respaldados por activos dirigidos a los circuitos de las altas finanzas. Se utilizaron varias maniobras financieras para camuflar la pequeñez de los bienes materiales reales. Se desarrollaron mecanismos por parte de las altas finanzas a espaldas de «la gente común». El objetivo consistía en desvincularse, incluso si los compradores de la casa no podían pagarla, eso realmente no importaba —el grupo de altos inversores ya habría ganado su dinero, y sólo aquellos que mantuvieran las hipotecas sufrirían con la eventual crisis.

Cuando esta corta y brutal historia terminó en 2010, se habían firmado más de 13 millones de esos contratos, y 9 millones de hogares —lo que podría equivaler a unos 30 millones de personas o más— habían perdido sus hogares, según la Reserva Federal. Ahora este mecanismo está desarrollándose en Europa, donde cada año cientos de miles de familias están perdiendo sus hogares. Una de las cifras más altas de ejecuciones hipotecarias en Europa procede de Alemania, el país que pensábamos que había evitado todas las formas de crisis.

Cuando consideramos a todos en conjunto, las diversas expulsiones entre países pueden tener un mayor impacto en la formación de nuestro mundo que el rápido crecimiento económico de la India, China y algunos otros países. De hecho, estas expulsiones pueden coexistir con el crecimiento económico si lo calculamos con las medidas estándar.

Pero estas expulsiones no ocurren por casualidad; se elaboran. Los mecanismos de esta «elaboración» van desde políticas elementales a técnicas complejas que requieren conocimientos especializados y formas de organización intrincadas. Y los canales de expulsión varían mucho. Incluyen desde las políticas de austeridad que han ayudado a reducir el tamaño de la economía de Grecia y de España hasta las políticas ambientales que permiten las emisiones tóxicas de las enormes operaciones mineras.

Históricamente, a menudo los oprimidos se han levantado contra sus «amos». Hoy en día, a pesar de los movimientos de resistencia en todo el mundo, tal oposición a menudo es frenada por la forma en que los oprimidos han sido expulsados, ya que sobreviven a una gran distancia de sus opresores. Abordar esta realidad de forma completa requerirá reconocer el carácter radical de estas expulsiones —un ligero crecimiento del empleo, un poco más de ayuda para la vivienda: nada de eso será suficiente para restaurar las dimensiones de la justicia social en este mundo.

 

 

*Saskia Sassen es catedrática de Sociología en la Universidad de Columbia en Nueva York y profesora visitante en la London Schoool of Economics. Especialista en temas como la globalización, el urbanismo y las migraciones humanas, en 2013 fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Su último libro es Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global (Katz, 2015)

 

 

[1] Este ensayo y la charla en Disposable Life se basan en mi último libro, Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global (Katz, 2015).

Traducción: David Torres Pascual 

Publicado: www.sinpermiso

 

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Amada Santos

Amada Santos

Fotoperiodista i Socióloga. Activista Feminista, Defensora DDHH i Cooperant. Presidenta de la XIDPIC.Cat. Co-coordinadora i Editora de La Independent. Coordinadora Internacional a la RIPVG

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