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Cuando Navidad me vuelve a encontrar

Publicado en El Jardí de Sant Gervasi i Sarrià | 123 | Diciembre – 2025 | diarieljardi.cat @diarieljardi

Este año no he hecho el pesebre. No me veo con ánimo de dar forma a un nacimiento, cuando dentro de mí todo se desvanece. Ahora que él ha muerto, y yo estoy aquí: viva. Sola.

Es la primera Navidad sin él. Todavía no sé cómo pasaré el día. Pero el árbol está ahí. El de tamaño medio de siempre. Subirlo al altillo me ha costado lo que no está escrito. La escalera temblaba bajo mis pies, y me imaginaba la reprimenda de él, diciéndome qué me creía que estaba haciendo subida allí arriba. Al final, lo he hecho deslizar hacia mí y lo he bajado como he podido. Le he desplegado las ramas, le he colgado cuatro bolas doradas. Quería envolverlo con luces azules desde la base, pero he tenido que arrodillarme, y el dolor en las articulaciones se me hacía insoportable. Así que me he sentado en el suelo, con lentitud. Y allí, casi abrazada al tronco sintético, he ido pasando el hilo de luz, como si cada vuelta pudiera retener un poco del calor perdido.

Avanzo por la calle Amigó, vacilante. Hace un frío que pela y me subo el cuello del abrigo. Hay días en que salir es una proeza. Llego al mercado de Galvany, que luce espléndido: guirnaldas enroscadas en los arcos de hierro, cintas violetas que se entrelazan con turrones y  barquillos. Y el Fum, fum, fum sale de un altavoz en la fachada, cerca de la floristería. Hay acebo, agracejo, muérdago… y poinsetias. Me parecen llamas rojas surgidas de un decorado verde profundo. Me acuerdo de él. Cada año cruzaba el umbral de casa con una poinsetia en los brazos, grande, esplendorosa. Ahora la compro yo. Pequeña, pero con un significado inmenso.

Me detengo frente a la frutería de siempre, ante las mandarinas apiladas. Lo veo a él, pelándolas para mí, sacando cada hilo con una paciencia que me asombraba. Al lado, granadas abiertas como corazones, con semillas que parecen lágrimas de rubí. Uvas, dátiles, higos… tesoros de un banquete que ahora me parece incompleto. Busco más que fruta. Aún no sé qué. Un niño me sostiene la mirada. Como si adivinara, en silencio, algo que yo misma he olvidado. ¿El cabello plateado? ¿El rostro de abuela, naufragada en pensamientos? Lleva una bufanda con copos de nieve estampados y, por un instante, me recuerda a mi nieto mayor: cabello castaño, liso, espigado, con esa sonrisa medio burlona, tan viva. Como la de este niño, que ahora me la hace, y yo se la devuelvo sin pensarlo. Como si la sonrisa fuera un puente entre su candor de niño y mi vejez. Un instante breve, tierno, que me conmueve. Hacía demasiado tiempo que no sonreía a nadie. Y este niño me ha hecho sentir que aún estoy aquí.

Me parece que compraré bacalao. Pero, he aquí que mis pies van solos: se saltan la pescadería de bacalao y se dirigen hacia la pescadería. Era allí donde él siempre quería ir primero, cuando me acompañaba al mercado para distraerse. Sin darme cuenta, sigo su rastro. Me acerco al mostrador de mármol. A mi alrededor, voces de mujeres, guantes negros de goma que brillan bajo la luz blanca, el chirrido de los cuchillos, el golpe seco cuando el pescado cae en la balanza. El olor salino me invade y, de repente, me transporta al vaivén de las olas del mar mediterráneo. Con él. Siempre con él. Más de media vida con él.

Los recuerdos se entrelazan con la visión de los peces que descansan sobre el hielo, que cruje bajo las manos de las pescaderas. Ojos abiertos, opacos; bocas mudas; escamas como espejos rotos. Carne fresca que, hace poco, era viva. Y ahora, quieta, expuesta, como si esperara ser elegida. Tengo la sensación de que estos peces me miran a mí y no al revés. Como si supieran algo. Como si fueran testigos de un dolor que no se puede decir. Un escalofrío recorre mi espina dorsal. Una de las pescaderas me sonríe (soy clienta suya desde hace muchos años). Es grande, como yo. Mirada franca. Pestañas densas de rímel que parecen permanentes.

—¿Quieres algo, reina? —me dice, con aire confiado—. Esta lubina de Navidad te está esperando. Es de mar bravo, pescada en el silencio… de la noche.

Por un momento pienso que no habla solo de la lubina. Tal vez me habla a mí. Me reconoce como una de esas mujeres que no se han rendido del todo: astuta, con el corazón vivo, y brava, como un mar que no se detiene. Me siento leída de una manera que me llena de alegría. Lo compro.

Camino de vuelta a casa, acurrucada dentro del abrigo, como quien no regresa exactamente, sino a un lugar que aún no sabe poner en palabras. En una mano, la poinsetia. En la otra, la bolsa con la lubina. No es solo pescado: es una ofrenda. Una reconciliación, tal vez. Con la Navidad. Con la vida.

Las calles están iluminadas con una obstinación que me parece casi excesiva. Las luces parpadean como si quisieran convencerme de que todo va bien. Pero yo camino entre este resplandor como quien atraviesa un sueño que no le pertenece. Dentro de mí, la claridad es otra: más suave, más frágil. No ilumina, sino que abraza.

En la cocina, abro la bolsa y lo miro nuevamente antes de ponerlo en la nevera. Los ojos siguen mirándome. Siento una sensación extraña: una tristeza tan limpia que roza la alegría. Porque esta lubina, muerta y con escamas de nácar, me hace sentir que puedo volver a cocinar, poner la mesa, extender una copa de cava a alguien. Aunque ese alguien ya no esté. Aunque sea para mí.

Miro el árbol de Navidad con ternura, como un viejo amigo que ha resistido demasiados inviernos. Le pongo una estrella hecha de papel de plata. Por dignidad. Porque cuando la ilusión se va, la belleza permanece. Y tal vez la belleza sea esto también: continuar, a pesar de todo, con el corazón abierto. No hacer como si no pasara nada, sino hacer espacio para lo que sí pasa. Cocino la lubina al horno, con limón y laurel. No pongo platos extra, ni velas. Como en silencio. Está deliciosa. El roce de los cubiertos en el plato, la copa de cava espumando, las burbujas escapando como espíritus al universo. Justo antes de recoger la mesa, un ¡plin! corta el aire como un hilo invisible. Es el sonido que me trae la voz de mi hija antes incluso de oírla:

—Buenas noches, mamá. Te estoy llamando pero no contestas. Todo bien, ¿verdad? Los niños tienen ganas de verte y abrazarte. Y yo también. Mañana te iré a buscar hacia las 12:30… ¡Ponte guapa! ¡Te queremos!

Suspiró. Claro. Tengo el móvil en silencio. Este año, por primera vez, la comida de Navidad la haremos en casa de mi hija. Cuando él vivía, siempre se hacía aquí, en nuestra casa. Con ella, con mi hijo, con las parejas. Con todos los nietos. Ahora todo ha cambiado. Pienso en llamarla, pero me lo pienso mejor. No quiero molestar.

—¡Yo también os quiero! ¡Hasta mañana! —le escribo, con muchos emoticonos: corazones,muchos corazones, un trineo, un abeto de Navidad…

Tiemblan un poco, pero tiemblan de ganas —de vivir este mañana. Y, de repente, me doy cuenta de que no estoy completamente sola. Hay una chispa nueva que me acompaña. No es solo mi hija, ni mi hijo, ni mis nietos. Tampoco es él. Ni Dios. Es una presencia íntima, sutil, como si dentro de mí alguien me hubiera estado esperando todo este tiempo. Alguien que soy yo.

Tal vez Navidad sea esto. No solo el recuerdo nostálgico, ni la fiesta, ni los villancicos, ni la reunión familiar —que también. Claro que también. Pero, sobre todo, es este instante en que una mujer sola, solitaria, en soledad, vuelve a creer. No solo en los demás, sino en su propio anhelo de vivir. Y entonces me vuelvo a subir a la escalera. «¡Qué temeridad!», me regañaría él. Abro la puertecita del altillo y, entre las cajas —una con fotos antiguas en blanco y negro—, saco la caja de cartón donde guardo las figuras: el buey y el asno, el corcho, el río de papel de plata, el niño pequeño… Las acaricio con los ojos.

Pienso que sí. Que ya puedo.

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Maria Àngels Viladot

Doctora en psicologia i escriptora.
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