El 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, pensé en las mujeres que han sufrido violencia machista. En cómo debe de ser tener que levantarse después de otra noche de pesadillas y empezar el día. No saber cómo ocultar los moratones ni qué responder si alguien pregunta. Preparar el desayuno, ir a trabajar, cuidar de los hijos, hablar con alguien que quizá no sabe nada de lo que está pasando. O de lo que pasó y todavía duele. O del miedo a lo que aún puede suceder.
Hace unos años llevé a cabo, para INTRESS, una investigación sobre el estrés, la resiliencia y el crecimiento postraumático en mujeres maltratadas. La investigación se publicó y también escribí un libro sobre esta temática. Al volver a pensar en ello, me conmueve todo lo que cuesta expresar con estos términos: el miedo, el agotamiento, la confianza dañada, la dificultad de volver a sentirse segura. El sentimiento de desvalorización personal, el desprecio pegado a la piel, el resentimiento mezclado con el pánico. ¿Y los hijos? ¿Han presenciado la agresión? Quizá escondidos debajo de una mesa, en un rincón o detrás de una puerta. Con las lágrimas resbalándoles por las mejillas, temblando.
Ya lo sabemos, nos lo han contado, lo hemos leído o lo hemos vivido en carne propia: la violencia sigue haciendo daño mucho después de haber terminado. Haberse alejado del agresor no significa haber dejado atrás todo lo vivido. Para algunas mujeres, el miedo regresa con un ruido, un olor, un gesto. La percepción de amenaza sigue presente; irrumpen recuerdos que quieren olvidar, pesadillas que interrumpen el descanso, una vigilancia constante que no las deja reposar. Puede costar conciliar el sueño, concentrarse, confiar en alguien. Puede costar reconocerse. ¿Quiénes son ahora?
La Organización Mundial de la Salud señala que la violencia de pareja puede dejar consecuencias duraderas sobre la salud mental, como la depresión, la ansiedad persistente o el estrés postraumático. No todas las mujeres que han sufrido violencia desarrollan un trastorno de estrés postraumático. Pero, más allá del diagnóstico, pienso en lo que significa dejar de sentirse segura incluso en casa.
A menudo, cuando hablamos de la recuperación, utilizamos la palabra resiliencia. Nos referimos a la capacidad de afrontar lo vivido e ir reconstruyendo la propia vida. Hay mujeres que recuperan la confianza en sí mismas, retoman proyectos, establecen nuevos vínculos. Poder hablar de esta posibilidad es necesario: hay ayuda y hay tratamientos eficaces. Pero me preocupa que, de tanto celebrar la fortaleza de las mujeres, acabemos dejando poco espacio para el sufrimiento. «Eres muy fuerte», decimos con afecto. «Tú puedes». Estas palabras pueden dar ánimos. También pueden hacer que una mujer sienta que nos decepcionará si nos cuenta que todavía tiene miedo, que hoy no puede, que necesita ayuda otra vez. Es ahí donde la resiliencia puede convertirse en una exigencia.
A veces esperamos que, una vez fuera de la relación violenta, se recupere, recobre la alegría y siga adelante. Y podemos llegar a impacientarnos: «Pero si eso ya ha pasado», «tienes que intentar olvidarlo». Como si el tiempo transcurrido fuera una medida del dolor que todavía tiene derecho a sentir. Como si recuperarse dependiera únicamente de poner suficiente voluntad. Una mujer puede haber tomado decisiones muy difíciles para protegerse y seguir profundamente herida. Puede sentirse mejor durante un tiempo y volver a pasar días malos. Debería poder decirlo sin tener que demostrar, además, que es valiente.
Acompañarla exige escucharla, aunque no sepamos qué responder. Respetar sus silencios y no decidir por ella cuándo debería estar bien. Exige también ayuda concreta: un lugar seguro donde vivir, recursos para mantenerse, atención psicológica, alguien a quien llamar cuando la noche se hace larga. ¿Cómo recuperar la calma si todavía tiene que preocuparse por dónde dormir o por cómo llegar a fin de mes?
Pasado el 10 de octubre, pienso que deberíamos recordar a estas mujeres también en los días sin conmemoraciones. Cuando siguen haciendo esfuerzos que nadie ve. Cuando parece que todo va bien y, sin embargo, todavía les duele. Ojalá las palabras con las que las animamos les permitan también descansar. Que puedan decir «hoy no puedo» y encontrar a alguien que se quede a su lado. Que no tengan que ser admirables para merecer ayuda.