Hem arribar a un desficaci tal que durant la dana del 29 d’octubre del 2024 (230 persones mortes), el PP del País València no va voler enviar una alarma per no alarmar la població.
Un altre indici del desastre és que es van negar a confinar la població (fins a provocar 230 morts). Suposo que si anteriorment has portat al Constitucional l’estat d’alarma decretat pel Govern de l’Estat durant la covid perquè confinava la gent, deus tenir una gran reluctància a decretar tu una confinació. Peti qui peti, mori qui mori.
Mentre Mazón feia temps o el que estigués fent al reservat del Ventorro, «de confinar, res; és una barbaritat», li ordena José Manuel Cuenca, el cap de gabinet de Carlos Mazón, a la consellera Salomé Pradas, mentre patriarcalment la commina a tranquil.litzar-se: «Calma». Ja se sap, les dones sempre al caire de la histèria. La mateixa calma que Juan Manuel Moreno, president d’Andalusia, volia procurar a les dones i perquè no es posessin nervioses, ni tinguessin ansietat, els ocultava diagnòstics malèvols. Abans morta que alarmada. Almenys ja no fan servir la paraula histèriques per referir-se a les dones; trist consol.
Una altra pista de com va el món, la tenim en la irresponsable obsessió per salvaguardar una llengua que mai no parlen. Fins i tot en un moment de màxima alerta, amb maníaca insània, pensen que és primordial canviar la redacció per convertir el valencià en una llengua diferent al català.
Així, Salomé Pradas i el president de la Diputació de València, Vicente Mompó, van endarrerir encara més l’enviament de l’Es-Alert perquè van demanar que l’accent de València passés d’obert a tancat (o s’eliminés), i que es canviés «aquest» per «este» i «tipus» per «tipo».
I aquí és on entra en joc Susan Sontag. L’estiu del 1993 Sontag tornava a Sarajevo convidada perquè posés en escena Tot esperant Godot de Beckett en la llengua del país en una de les sales de la destrossada ciutat.
Sontag s’havia assegurat que quan arribés a Sarajevo podria comptar amb prou còpies de l’obra de Beckett traduïdes al serbocroat. Cap problema. Quan va arribar, però, li van dir que l’obra s’estava retraduint. A l’autora li constava que estava traduïda feia temps…
—¿La traducción no está… terminada?
—Bueno, puede que ya lo esté.
Mmmm. […]
—¿La traducción existente no es muy buena? —le pregunté al productor, que, director él mismo, había escenificado la representación de la obra en Belgrado hacía unos años.
—No, no es mala en absoluto —dijo—. Es sólo que ahora esto es Bosnia. Queremos traducir la obra al bosnio.
—Pero ¿lo que habláis no es serbocroata?
—En realidad no.
—Entonces —le dije—, ¿por qué me prestaste tu diccionario serbocroata-inglés el día que llegué?
—Bueno, bastaba que tú aprendieras serbocroata.
—Pero entonces —insistí—, ¿eso implica que si aprendo serbocroata habría palabras o frases que se usan aquí y que yo no entendería?
—No, entenderías todo. El modo en que habla la gente culta en Sarajevo es igual que el habla culta de Belgrado o Zagreb.
—Entonces, ¿cuál es la diferencia?
—No sabría explicártelo —me dijo—. Sería difícil que lo entendieras. Pero son diferentes. […]
—¿Y la nueva traducción sería diferente de un modo distinto a esta nueva traducción?
—Tal vez no.
Mantén la calma, me repetí a mí misma:
—Entonces, ¿qué será lo específicamente bosnio de esta nueva traducción?
—Que está hecha en Sarajevo, con la ciudad asediada.
—Pero ¿las palabras serán diferentes?
—Eso depende del traductor.
—¿No has leído nada todavía?
—No, porque no puedo leer su letra manuscrita. […]
—Entonces, ¿cómo estudiarán los actores la obra y memorizarán sus parlamentos?
—Quizá tengamos que encontrar a alguien con buena letra para que escriba los textos. […]
¿Qué sucedió entonces? Después de haber subido al escenario y trabajado una semana, y de determinar los movimientos de buena parte del primer acto, mi asistente y dos de los actores —los dos que hablaban mejor inglés— me llevaron aparte.
¿Problemas? Sí. Lo que creían que debían decirme era que la nueva traducción en realidad no era muy buena, y que si podíamos, por favor, encarecidamente, usar la traducción publicada en Belgrado en los años cincuenta.
—¿Cuál es la diferencia? —pregunté.
—La vieja traducción es mejor.
—¿Mejor en qué sentido?
—Suena mejor. Es más natural. Decirla es más fácil.
—¿No hay diferencias lingüísticas? ¿Algo serbio en esa traducción? ¿Algo que no sea bosnio?
—Nada que alguien pudiera advertir.
—Así pues, ¿no hay palabras que haya que cambiar para que la traducción sea más bosnia?
—En realidad, no. Pero podríamos, si así lo quiere.
—No se trata de lo que yo quiero —dije, apretando los dientes—. Sólo estoy aquí para servir. A Beckett. A vosotros. A Sarajevo. A lo que sea.
—Bien —dijo mi Vladimir amablemente—, podríamos hacer esto: usemos la traducción antigua y, mientras ensayamos, si vemos una palabra que en nuestra opinión deberíamos cambiar por una más bosnia, la cambiaremos.
—No dejéis de avisarme —les dije.
—Nema problema —dijo mi Estragon.
Lo que por supuesto significa… pero ya se sabe muy bien qué significa. Es una frase que al parecer puede traducirse a cualquier idioma del mundo.
El final de la historia es que —y acaso no sorprenderá saberlo— los actores nunca cambiaron nada. No sólo eso, cuando se estrenó a mediados de agosto, nadie entre el público asistente al teatro se quejó de que la traducción no pareciera bosnia, o lo bastante bosnia.
Susan Sontag. «Traducida» (1995) a Cuestión de énfasis. Trad. Aurelio Major. Madrid: Santillana, 2007.