Desactivar el feminismo apropiándose de él

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Opinión - Opinión: Derechos Humanos - Derechos de las Mujeres

    

Periodista y escritora

OPINIÓN

El feminismo es un movimiento social que ha descansado en una teoría política muy concreta: la consideración de que las mujeres han de ser sujetos de pleno derecho no subordinadas a los varones (por resumir).

 

Por tanto, va a la raíz del problema, pues toda sociedad – y no me vengan con el cuento de tribus idílicas igualitarias que se pasaban el día cantando en el paraíso terrenal – se ha estructurado según la división sexual del trabajo. Los varones se han encargado de las actividades productivas, militares y del ejercicio del poder, y las mujeres han desempeñado las labores reproductivas y del mantenimiento de la vida. Esta estructura social ha venido determinada por el sexo biológico de nacimiento, y pese a los cambios que han podido producirse en algunos lugares del planeta, todavía sigue estando vigente. En la mayoría de los países las mujeres se siguen encargando de los cuidados, y los hombres de las actividades productivas, militares y de poder.

Este reparto ha propiciado la desigualdad entre hombres y mujeres al haber sido valoradas como más importantes las actividades productivas que las reproductivas, aunque hoy sabemos que sin las tareas de cuidado la vida humana es inviable. Poner de relieve esta injusta asimetría e intentar superarla ha sido uno de los objetivos del feminismo desde su nacimiento.

El feminismo desafía la autoridad de los hombres y reclama para las mujeres los mismos derechos y consideración, y plantea que el sexo no debe ser determinante para el desarrollo pleno de las personas, pero sostiene que en él está la base de la desigualdad. El feminismo dinamita el orden patriarcal. Por eso era importante encontrar una manera de desactivarlo: se estaba extendiendo demasiado, estaba influyendo en la práctica totalidad de los países del mundo, las mujeres de todo el planeta protestaban, con más o menos posibilidades de éxito, y la toma de conciencia de casi todas era ya una realidad incontestable. El feminismo estaba empezando a desestabilizar el sistema. Combatirlo desde fuera era difícil, porque es imposible no entender que sus reivindicaciones y demandas son justas.

El desmantelamiento del feminismo tenía que venir desde dentro, y así ha sido. Empecemos por dividirlo en múltiples facciones: hay feminismos para todos los gustos, que cada cual entienda por feminismo lo que quiera; sigamos por convertirlo en folklore, hacerlo compatible con el capitalismo más salvaje (camisetas de lujo con la leyenda I Am Feminist); y acabemos por difuminar su sujeto político, que queda reducido a una parodia: ser mujer es performar lo femenino, cualquiera que lo desee puede ser mujer, cuyos cuerpos, no obstante, hay que seguir ocultando (Afganistán, por ejemplo) o exhibiendo como objeto sexual, según convenga.

Y la última vuelta de tuerca: expulsemos del feminismo a todas aquellas que no comulguen con la nueva definición. Busquemos un insulto para descalificarlas (pongamos que las llamamos Terf) e identifiquémoslas con los movimientos reaccionarios. Propaguemos que se oponen a los derechos humanos de los colectivos más vulnerables (trans, prostitutas, migrantes, racializadas), y que son unas privilegiadas que solo desean mantener sus cuotas de poder. Ya tenemos un nuevo movimiento feminista renovado perfectamente compatible no solo con el patriarcado, sino con el capitalismo global. (Véase un ejemplo en SModa num. 278, 2021).

Las feministas de toda la vida lo tenemos muy crudo, porque tenemos que luchar en dos frentes opuestos: la izquierda, cómplice e impulsora de esta metamorfosis, y la derecha, que intenta patrimonializar valores que nunca ha defendido. Feministas de todo el mundo uníos: tenemos que organizarnos contra estos dos enemigos. Otra vez.