Ver ‘Frozen II’ y quedarse helada

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Opinión - Opinión: Cultura

 

 

Eulalia Lledo 2

 

OPINIÓN

Sólo excepcionalmente voy a ver películas de dibujos. Tampoco acostumbro a ver películas infantiles, sean de fantasía o no.

Por tanto, no puedo opinar si los reinos, el bosque encantado, el río, los gigantes de piedra, la presa, la niebla, la salamandra saltarina, el muñeco de nieve, los remolinos de viento, las yeguas aladas, el hielo, los mares que se abren..., trama y argumento están dentro de las buenas convenciones del género.

Cuando vas mucho al cine, sabes que ocasionalmente verás una obra maestra —por ejemplo y por citar una de las últimas, Retrato de una mujer en llamas de la francesa Céline Sciamma— y tantos por cientos variables de películas buenas, correctas, interesantes, mediocres e incluso malas. Es así y hay que aceptarlo deportivamente. Las únicas que no son tolerable son las putrefactas.

Pues bien, Frozen II lo es. Putrefacta y tramposa

De entrada, como que las dos principales protagonistas son dos hermanas, la venden como un película que fortalece (me niego a utilizar la horrible palabreja) a las niñas y a las chicas. Todo está pensado y calculado para debilitarlas.

Para empezar, tanto la reina Elsa como su hermana Anna sufren una extraña enfermedad ocular que provoca que sus pupilas se dilaten monstruosamente y los ojos se les agranden y agranden y es más que probable que acaben por colonizarles la cara entera. Quizás para que los ojos puedan ir expandiéndose tienen una nariz diminuta e insignificante que no parece muy apta para respirar.

Otra de las enfermedades que sufren tiene nombre y apellido, se llama anorexia nerviosa. Se podría pensar que el resto de personajes, especialmente, los femeninos estarían cortados (más bien, recortados) por el mismo patrón, pero no, son sobre todo ellas dos las que están depauperadas y al borde de la inanición. Estado que los saludables, y en ocasiones robustos y rechonchos, hombres —sean guerreros o no— que las acompañan pone más de manifiesto todavía.

Realicen lo que realicen, vayan por donde vayan, de día o de noche, haga la temperatura que haga (y a ratos el frío es intensísimo) van con unos vestidos como de batista, a veces escotados y siempre poco prácticos y nada apropiados para correr aventuras; el resto de personajes, no: el resto se abriga cuando hace frío. En esto no se sabe si la película refleja a las habituales tertulianas, presentadoras, mujeres del tiempo..., sometidas permanentemente a sofocantes sofocos o en las celebridades (con el termostato manifiestamente averiado) que retransmiten las campanadas de fin de año semidesnudas o bien es al revés y son todas estas mujeres las que toman como modelo ese tipo de film.

Para redondear el panorama y en justa consonancia, caminen por donde caminen, y eso incluye bosques salvajes y extremamente hostiles, van siempre con zapatos de tacón.

Ahora bien, tal vez lo más indignante es la aparición —absolutamente ajena a las exigencias del guión— del amor romántico más rancio. Un bobo Kristoff se pasa todo el film intentando arrodillarse, ofrecer un anillo a Anna y comprometerla en matrimonio. Tan convencional y adocenado es el amor que propone la película que priva en todo momento a la chica de iniciativa e incluso de capacidad de reacción.

Puesto que a Anna parece que sólo le importa su hermana, salvar el reino y todo lo que pueden conseguir juntas, el amor que tan torpemente presenta la película va incluso contra el guión, argumento y propósito del film. ¿Esto es lo que se vende, lo que se propone a las adolescentes para que se sientan fuertes, independientes, autónomas y seguras?

Como casi siempre, putrefacción y trampa atufan a patriarcado.