El animal que llevo dentro. Una formación a la virilidad

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Nuevas Masculinidades - Nuesvas masculinidades


Gisella Evangelisti ok

 

Un escritor y guionista de éxito, Francesco Piccolo, conocido como persona empática y sensible, se pregunta en su último libro como puede controlar “el animal que lleva dentro”.

Un animal que lo ha empujado en varios momentos de su vida a patear puertas, hacer volar platos y libros, y una vez a arrastrar a su hija por los pelos, cual troglodita de viñetas. ¿De dónde viene y cómo es posible aplacar esa bestia?.

Para entenderlo, Francesco Piccolo, ahora cincuentón, recurre las etapas de su formación como hombre, que transcurrió en una ciudad de la provincia sureña italiana, Caserta, cerca de Nápoles, tratando de individulizar a las personas, los libros o películas que incidieron de manera especial en su personalidad. Y allí van las sorpresas. A pesar de tener un padre que lo quería, pero que a menudo sacaba la cinta de los pantalones para pegarlo, insatisfecho por sus malos resultados escolares, Piccolo no sufría por esta violencia, y seguía en su soberano desinterés hacia la escuela, o en sus bravuconadas, como escupir a un arbitro. Pues, por sus gestos rebeldes, recibía la admiración de sus compañeros varones, que en grupo trataban de ser arrogantes y violentos, como cuando decidieron cortar las llantas del coche a un profesor.

Por cierto Piccolo sabía que existía un modelo de virilidad positiva, basado en los valores de altruismo, heroísmo, lealtad, generosidad (los que exaltaba el libro “Corazón”, que formó generaciones de jóvenes entre los años 80 y 90, pero el otro modelo que flotaba entre los grupos de varones, vivos y desfachados, era más fácil y apreciado. Pues hasta “los chicos que fastidiábamos con el bulling eran los mismos que nos temían y admiraban”, afirma el autor.

Así comenzó su lucha interior entre la “ley de la manada”, el murmullo constante y subterráneo de los varones que lo empujaban a ser agresivos, dando voz al “animal que llevamos dentro”, y el “individuo” que comenzaba a probar sentimientos diversos, como un dolor apocalíptico cuando la noviecita adolescente lo dejó. Sin embargo este relámpago de sentimiento desapareció cuando su cuerpo le mandó un mensaje de hambre que le hizo parar su llanto desesperado, para juntarse de nuevo con los amigos que no admitían sentimentalismos. La fisiología lo salvó del drama.

En Caserta, el grandioso tema capaz de crear una complicidad entre varones adultos y niños, padres e hijos, profesores y alumnos, más allá de las diferencias de edad y de roles, era el erotismo. Piccolo recuerda el caso de las chicas suecas hospedadas por años en el verano en un hotel de la costa. Cuando el hotel entre las seis y siete levantaba la barra, salían leves como un sueño estas hadas norteñas, rubias, altas, con fama de libertinas, (o al menos más libres sexualmente que las italianas). Las esperaba con entusiasmo un grupo de hombres que competían para poseerlas, por una noche o un noviazgo. Cuando Piccolo era un niño, no entendía bien el motivo de tanto frenesí, pero debía igualmente participar en el ritual colectivo de los machos conquistadores.

Otra fuente de inspiración de los chavales eran los tebeos atrevidos, que los formaban en un imaginario hiper erótico, narcisista, viril, en que identificarse, justo cuando la adolescencia los llenaba de granos e incertidumbre, y en la realidad no pasaba nada de nada. Pero, si en los tebeos y películas eróticas había una multitud de vecinas y parientas hambrientas de sexo, los chicos aprendían que todo era posible, aun bajo esta aparente “nada”: solo había que forzarla un poco. (Por eso hasta ahora, admite el autor, aun cuando estoy hablando de trabajo con una mujer, sea amiga o desconocida, no puedo evitar imaginar que pasaría si...y debo distraerme).

Después, con la juventud llegaron los enamoramientos, las rupturas y frustraciones, y “los momentos de huidiza felicidad”. La lucha interior entre el estereotipo del macho rudo y conquistador y el deseo de volverse humano y comprensivo, capaz de buenas historias que lo llevaron en 2014 al prestigioso Premio Strega, entre aplausos, festivales y flirts. Sin embargo no supo evitar que “el animal que lleva dentro” como varón, reapareciera de vez en cuando en improvisos ataques de rabia, que aterraban familiares o extraños, confiesa. Al menor error de los y de las demás, el “animal” puede gritar, amenazar, lanzar teléfonos, sillas, espejos o platos. Probando en el momento, una secreta euforia al sentir que lo temen. Después se arrepiente y averguenza, hasta la próxima, quizás. ¿Por qué tanta agresividad descontrolada?

Casi siempre los varones justifican su brutalidad, su cinismo, sus mentiras, con el hecho que han sufrido, pero el dolor no es que un medio, afirma Piccolo, para que la brutalidad se manifieste. “Es la virilidad derivada del grupo de varones, la causa y fruto a la vez de abusos, privilegios, poder. El macho se ha sentido autorizado a manifestar la violencia, a lo largo de infinitas generaciones, mientras la mujer ha tenido que aprender a dar limites a su rabia”.

Otro rasgo de cierta virilidad es ignorar. Cuando no se entiende, cuando hay dudas, luto, accidentes, responsabilidades fastidiosas, se puede ignorarlas, postergar sentimientos, y seguir adelante. Alguien otro cargará la lavavajillas, o buscará una terapia. Evadir.

Sí, se puede alcanzar al éxito, confiesa Piccolo, y te sientes el rey del mambo cuando llegas a ser, por fin, un macho deseado, pero si tu esposa te da de espaldas alejándose mientras te habla (pues ha llegado a la conclusión que es inútil hablar contigo), si tu querida amante de fabulosa tetas no tiene demasiada paciencia por tu despiste y te abandona, si tu hija sufre por amor y no sabes ayudarla, significa que nunca estarás firme. Y te das cuentas que las mujeres son más fuertes.

Hay otras cosas que duelen, desarman y desconciertan. Por ejemplo observar como tu hijo, un varoncito sensible y que a la vez siente pasión por la velocidad y el peligro, pase demasiado tiempo con una mano inquieta dentro los calzones. Desarma y desconcierta ver a tu padre, el hombre fuerte que te pegaba de niño, ahora reducido a un fantasma, haciendo lo mismo. Ha perdido la memoria y todo lo que había construido como persona, sentimientos, racionalidad, límites, se ha esfumado. Ahora trata de tocar y besar todas las mujeres que ve, hasta a su hija. Entre niños que crecen y ancianos que se vuelven niños, el adulto desconcertado se pregunta: al fondo somos solo esto, ¿animales obsesionados por el sexo?”  

“La lucha entre el “macho” y el “individuo” nunca se acaba”, concluye Piccolo. “Piensas haber dominado el animal para siempre, sin embargo este regresa. Lo único es seguir conviviendo con él. Sin hacer dramas. Pues en realidad, que te sientas triste o el rey del mambo, todo está solo en la superficie. En el fondo, los varones no sentimos nada profundo”.

Un vago sabor amargo queda en el aire, entonces, al terminar la lectura de este libro, que a partir de una movida vivencia, pone el dedo sobre la llaga de una educación machista, todavía tan difundida. Sin dar pautas para alternativas. Y a las mujeres más “fuertes” y “más capaces de sentimientos complejos”, no nos queda que constatar como la orilla de la comprensión entre los géneros siga todavía lejana, y aliarse con los hombres que, en cambio, luchan para alcanzarla.