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Opinión - Opinión: Violencias

Marisa Fernández Gálvez 2

OPINIÓ

La sentencia de "la manada" ha confirmado las peores sospechas que percibimos con las noticias que trascendían del devenir del juicio.

Lo que significa que la indignación social y feminista que siguió la brutal agresión sexual a una chica de 18 años durante los Sanfermines de 2016, nunca traspasó los muros opacos de la justicia.  

Algunas decisiones de los magistrados en la vista oral fueron desalentadoras, como que el Tribunal aceptara como prueba un informe de detectives sobre la vida de la joven agredida, un seguimiento humillante para la chica, que no hubiera sido admitido en ningún otro tipo de delito, un juicio paralelo que juzga el comportamiento de la mujer, antes, durante y después de la agresión, como si ella fuera la acusada y tuviera que certificar que su vida post violación fue de recogimiento y de pena. Al mismo tiempo, la Audiencia Provincial de Navarra no admitió los mensajes de los acusados ??anteriores a los hechos, mensajes que hablaban de drogar y violar otras mujeres, contenidos detestables que no han salido a la luz pública, pura broma frente a lo que hacía una chica de 18 años semanas después de ser agredida sexualmente y penetrada repetida y colectivamente por vía bucal, vaginal y anal.

La camiseta que la chica llevó con el lema "hagas lo que hagas, quítate las bragas", ha sido utilizada de forma infame por el magistrado del voto particular, voto complaciente con los violadores: campo abierto con una mujer que no sigue los estereotipos establecidos para su género y que utiliza un lenguaje verbal y no verbal vivo, joven, transgresor; desconocido y peligroso para los magistrados. Con este lema en la camiseta, el ínclito magistrado dedujo que aunque las imágenes de los vídeos no mostraban ningún placer de la chica, lo que sugerían sus gestos, expresiones y sonidos era excitación sexual. Humillante

La sentencia relata evidencias y certezas suficientes para establecer que cinco hombres utilizaron su fuerza para anular la libertad de una mujer y vulnerar su cuerpo que, como sabemos, es propiedad masculina; que la violaron en grupo varias veces y que divulgaron los hechos a otros hombres, porque también, como sabemos, la violación de las mujeres es un lenguaje masculino que demuestra a otros hombres como se es de capaz de dominar, violentar y apropiarse del cuerpo de las mujeres.

Quizás es necesario cambiar las leyes, hacer algunos ajustes, adecuarlas al Convenio de Estambul, pero las huidas hacia adelante de los cambios legislativos no pueden encubrir que con las leyes vigentes (Código Penal, Estatuto de la Víctima, etc.) se podía haber dictado una sentencia diferente, porque las leyes no son un conjunto de medidas inamovibles que sólo permitan una única interpretación, y las decisiones judiciales tampoco son nunca una interpretación mecánica de las leyes. Las normas por sí solas no tienen un efecto transformador de la realidad si no hay cambios estructurales, voluntad política, prácticas diferentes y se invierten recursos. Se hace imprescindible la formación en perspectiva de género para toda la judicatura, formación en la igualdad y la diferencia, formación continuada y obligatoria, y de eso no se habla porque se atribuye a las leyes un efecto demiúrgico.

Cambiar el sesgo androcéntrico del Derecho no es fácil, porque el problema no es sólo que una ley sea sexista, sino que el lenguaje, el método jurídico o las prácticas de aplicación de la ley tengan elementos que favorezcan o escondan una jerarquía sexual patriarcal.

Sin embargo, hay alternativas: la justicia al servicio de las mujeres, la justicia al servicio de las personas. Las violencias sexuales refuerzan la subordinación de las mujeres y nos afectan colectivamente porque marcan a sus víctimas de una manera superior a otras formas de violencia, y el Derecho Penal no debería servir únicamente para perseguir a los agresores y castigarlos, sino para facilitar el acceso de las mujeres a la justicia, para reconocer socialmente los daños que han sufrido, para imponer la fuerza de la verdad, para reparar todas y cada una de las áreas dañadas de la mujer y para restablecer todas sus capacidades y las potencialidades que la violencia sexual les haya podido mermar.