45.000 catalanas y catalanes en busca de nuestro gobierno en el exilio

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Opinión - Opinión: Empoderamiento y Liderazgo

Maria Rosa Nogué

OPINIÓN
Pequeña crónica de una ida en Bruselas. Jueves 7 de diciembre de 2017, era la meta: y allí estábamos. Familias catalanas, grupos de amigos, autocares enteros, charters, coches particulares de distintas procedencias, entre aguanieve, estrelladas, bufandas amarillas y emoción.


El Parque del Cincuentenario de Bruselas nos recibía, vacío y solemne, como un gran marco donde reunirnos y hacernos ver "en el corazón de Europa" de la manera que mejor sabemos hacer: en un ambiente entre festivo y reivindicativo, lleno de llamadas a la cultura.

Desde manifestaciones de la cultura popular y tradicional -gralles, gigantes, castellers-, hasta el canto del Himno de Europa, salvo en los corazones de la 9ª de Beethoven, bajo la lluvia pero a cuatro voces, con dirección y partituras.

 

 Bruselas 1

Cantando por Cataluña, en Bruselas

 

Mucha gente había llegado el día anterior, habíamos "llenado Bruselas", como era el lema de la manifestación, y nos habíamos tenido que alojar en establecimientos de Gante o de Antwerpen, el puerto flamenco donde una patrona joven aseguraba que toda la calle Sint-Paulus estaba llena de familias catalanas (18), nos deseaba suerte y nos decía que nos vería por la televisión.

Como el número de manifestantes sobrepasó las previsiones, la policía belga nos desvió de la ruta prevista y terminamos perdiendo la cabecera (de hecho, no la habíamos llegado a encontrar) hasta que, pasando por la sede del Parlamento, un par de horas más tarde, oímos discursos catalanes por megafonía y vimos grupos de juventud corriente calle abajo: "El President! El President!".

Debajo de un puente, divisando de lejos la pantalla gigante por donde se veían las imágenes del escenario - Carles Puigdemont acompañado por las consejeras Clara Ponsatí, Meritxell Serret, y los consejeros Luis Puig y Toni Comín- llegó el momento de cantar L'estaca de Lluís Llach y El canto de los segadores.

Terminaba así la parte organizada del encuentro. A continuación, queriendo encaminarnos en la Grand Place, a ver el Manneken Pis, sin querer formamos una larga hilera que era como una segunda parte de la manifestación. Fue cuando la policía belga organizó un pequeño servicio de orden para irla conduciendo.

Era emocionante, circular así por la capital belga, sintiendo tanto catalán por todas partes. Al llegar a la plaza, ya debían ser las 17h., Nos esperaba una sorpresa: el Ayuntamiento iluminado, como la plaza entera, y una música especial navideña que coloreaba el gris del día y nos reconfortaba de la incertidumbre y del frío.

Era necesario, entonces, reponerse un poco y volver al punto de encuentro, los autocares del Parque del Cincuentenario que nos dejarían a los diferentes puntos de salida. Y, al día siguiente -algunos grupos, el mismo día- trepar los 1300 km. que nos separaban de casa.

Nadie se quejaba, nadie dudaba del sentido de lo que habíamos ido a hacer, nadie reprochaba que no hubiera valido la pena. Como mucho, nos sabía mal no haber podido llegar a tiempo a cantar arriba del escenario (aunque sólo cabían unos 100 músicos, y al final nos habíamos inscrito un millar), no haber podido hacer llegar más adentro del "corazón de Europa" el sentido de nuestras reclamaciones, y, todo hay que decirlo, que retornar a la durísima España del 155, la que se ha apropiado de nuestras instituciones y, desde allí, tanto hace retornar las piezas de Sigena como amenaza la gente de la política, del teatro, de la cultura, del periodismo o de la calle.

 

 

Bruselas 2

Habrá llevar bien en el corazón las imágenes y las sensaciones del encuentro en Bruselas, tanto si hemos ido o no, para resistir el embate seco de la Meseta, las resonancias de cárceles, de lugares como Soto del Real o Estremera, las miradas de burla y de desprecio de quienes disfrutan viendo como la Europa oficial encoge de hombros, mientras la gente europea nos acerca a preguntar qué pasa, al que venimos, y quieren que les explicamos nuestra causa.

"Alors, je comprender que vous demandez votre independence", nos dijo en Patrick, el taxista de Dijon que nos tuvo que acompañar hasta Narbonne cuando nuestro pobre coche familiar se quebró al iniciar la vuelta y la grúa nos tuvo que sacar de la autopista.

De Narbonne a casa, la compañía de seguros nos puso otro taxi; y el conductor, de origen marroquí, residente en La Jonquera, se declaraba independentista. Aquellos días ya había tenido que acompañar cuatro familias más, nos dijo.

Y hala, a trabajar, a pagar taller mecánico ya esperar que las elecciones del 21 de diciembre nos ayuden a derribar el maldito 155, a sacar de la cárcel a los cuatro héroes que nos quedan, ya conseguir que vuelva la gente del exilio belga.

 

(*)Maria Rosa Nogué, escriptora i professora de l'Escola d'Escriptura de l'Ateneu Barcelonès