Palabras de Sara Lovera : Agradecimiento a la entrega de la Medalla Emilio Krieger

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Convocatorias-Comunicados - Premios

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19 de septiembre de 2011

En recuerdo de quienes cayeron hace 26 años.

Esta tarde, quiero agradecer la distinción de que me hace objeto la Asociación Nacional de Abogados Democráticos.

¡ MUCHAS GRACIAS¡

Al consejo de la ANAD, a quienes procuran juticia que me abrieron el camino para ser mejor periodista, a quienes me ayudaron a entender que los derechos y las leyes son torcidos por los intereses autoritarios e injustos. Y a Manuel Fuentes, quien me brindó su confianza y amistad, ya hace más de dos décadas.

Acepto esta distinción, pero quiero aquí, rendir un homenaje y compartir este momento con mis compañeras y compañeros de camino que hoy ejercen dignamente su derecho a la libre expresión, su derecho a informar y a cumplir con su responsabilidad social, que se cobra con una época de persecución y de muerte. Más de 72 periodistas han sido asesinados, 8 mujeres entre ellos. En ningún caso se ha logrado justicia.

También quiero ofrecer este reconocimiento a la denodada e incomprendida lucha de las mujeres feministas de mi país y del mundo, por la tarea que emprendieron nuestras ancestras desde la Revolución Francesa; la de las feministas que identificaron los derechos de las mujeres en las revoluciones y las guerras del siglo XX, incluida la Revolución Mexicana, y a mis contemporáneas por el empeño en hacerle comprender a todos los hombres de la tierra y a muchas mujeres, que en efecto somos la mayoría humana que en pleno siglo XXI vive escenarios de opresión y discriminación en todas las actividades sociales, económicas, culturales y políticas, que se sintetizan en un hecho concreto: la violencia feminicida que hoy nos acosa, que cobra vidas en pueblos y comunidades, en el espacio privado de la casa, en la vida de pareja, en el campo minado de violencia social e institucional de todo el territorio, agudizada por la barbarie implantada en México por el régimen de Felipe Calderón.

Y se nos, agrede, cosifica, excluye, maltrata y   mata solo por ser mujeres, a pesar de que ello quiera cubrirse con cortinas de humo, ignorancia y desprecio, resultado de la antidemocracia y el autoritarismo patriarcales y como respuesta devastadora a un hecho incontrovertible: nuestra presencia, cada vez más evidente, en todas las actividades de la vida pública y económica de nuestro mundo.

Es increíble que en estos tiempos, todavía existan personas que suponen que la lucha feminista es una aislada e individualista, ajena al entramado social que explota a la mano de obra, que genera exclusión, opresión y pobreza generalizadas, donde somos, ni más ni menos, más de la mitad de sus víctimas.

Ser persona, dice la filósofa María Zambrano, es un requisito elemental en las democracias modernas. Ser persona y reconocer nuestros derechos y nuestras capacidades, es una condición elemental para acceder a la democracia, a una buena vida y a una vida sin violencia e igualitaria. Y ser persona es lo que un sistema basado en la discriminación y la opresión de las mujeres, escamotea sistemáticamente.

Las evidencias son palmarias. De esas evidencias, en mi tarea profesional y de vida, me he ocupado, sin altisonancia y sin rasgos pueriles de militancia. Simplemente contando la realidad, esa de la doble jornada que se basa en el injusto reparto de las tareas domésticas y laborales; esa de la doble moral que aniquila las libertades fundamentales de cualquier ser humano: tener el derecho a decidir cuántos hijos tener y cuando; a interrumpir un embarazo; tener derecho a no ser encarceladas por practicarnos un aborto, a no arriesgar la vida por este hecho: más de dos mil mujeres mueren en México, cada año, por aborto clandestino.

Tener derecho a caminar por las calles sin ser agredidas; a migrar sin ser ofendidas, violadas o traficadas: tener derecho a elegir libremente con quién hacer la vida; tener derecho a una vida sexual placentera y feliz; tener derecho a que nuestros cuerpos y nuestras vidas no sean objeto de consumo, o de explotación laboral o sexual; tener derecho a un trabajo digno y a ser elegidas para los puestos de representación política; tener derecho a una vida familiar equilibrada y paritaria; tener derecho a ejercer una ciudadanía plena; tener derecho a la salud y derecho a pensar sin ser atacadas; tener derecho al uso de la palabra; tener derechos, simplemente en la misma medida que los hombres.

Dice la doctora Marcela Lagarde que las feministas hemos creado una nueva cultura, porque hemos horadado durante milenios el pensamiento conservador y retrógrado. Es lo que se llama ejercer la transgresión cotidiana frente al poder y todas sus desgracias.

Un día, la abogada Mireya Toto me explicó que el derecho es el lenguaje del poder, porque establece las reglas de convivencia en las que, en general, no hemos participado las mujeres y somos al mismo tiempo receptoras de modos de organizar a la sociedad, donde históricamente se nos ha ignorado. Es ahí donde se funda la injusticia y la antidemocracia.

Quiero contarles ,que el semillero de feministas en el siglo XX, tuvo como principales promotoras: a abogadas, periodistas y antropólogas.

A las abogadas les debemos el inmenso cúmulo de construcción de derechos que se han introducido en el campo legislativo de todo el mundo; a las antropólogas sociales, les debemos la explicación sobre la desigualdad y a las periodistas,la difusión de las condiciones sociales en que nos desarrollamos las mujeres. A las científicas, por otra parte, les debemos el descubrimiento y uso de los anticonceptivos desde el condón nacido en la India hasta la píldora del día siguiente: Margaret Sanger fundó lo que hoy conocemos como Demografía y por su atrevimiento fue expulsada de Estados Unidos por la liga de la decencia que operaba en Nueva York en 1910; a las sociólogas les debemos el conocimiento preciso de la condición de la mujeres; a las economistas el valor de nuestro trabajo doméstico que produce acumulación de capital; y por supuesto debemos mucho a las activistas que a contra corriente trabajan día a día en expander el conocimiento y la cultura feminista.

Por supuesto que si una investiga a fondo y con cuidado, también encontramos a algunos hombres en esta historia, ellos, la mayoría enajenados al poder y la guerra, también como consecuencia de la dominación patriarcal.

Pero, ustedes dirán, basta de catilinaria. Quiero convocar aquí a las y los integrantes de la ANAD a que miren los derechos de la mujeres, desde una perspectiva incluyente, comprensiva de su condición social.

Como me dijo un día mi maestra, conductora, guía y amiga, doña Adelina Zendejas, ella una feminista y comunista contumaz, quien me marcó para siempre. Me dijo: no se puede trabajar mirando sólo a una parte de la humanidad e ignorar a la mayoría.

Hoy, en 2011 se han hecho todos los diagnósticos sobre la condición femenina. Nadie duda que las mujeres existimos, que estamos, que hacemos, que contribuimos casi en el 50 por ciento a la fuerza productiva de acumulación de la riqueza, claro que en condiciones deplorables, pero así es. Nadie, así sea por ventaja social, duda de nuestra capacidad en todos los campos de la actividad pública, social, científica o política, aunque sea de dientes para afuera. Nadie puede afirmar que no estamos en el periodismo y la comunicación, donde empezamos a ser mayoría.

No es posible seguir pensando que hemos nacido sólo para ser madres y esposas. Ni es posible ignorar que el artículo cuarto constitucional decretó, desde 1974, la igualdad de mujeres y hombres ante la ley; ni puede ignorarse que existe una Convención de Naciones Unidas que prohíbe la discriminación femenina y es exigible, ni otra que prohíbe la violencia contra las mujeres, llamada Convención Belén do Pará, ni ignorar las herramientas jurídicas que nos dan derecho a tener derechos.

Menos, todavía, pueden negarse nuestros derechos humanos, hoy inscritos en el artículo primero de la Constitución de la República.

Hoy en México, revuelto, desgobernado, preñado de violencia e impunidad, nos obliga a todas y todos, a reconocernos mutuamente. A imaginarnos una vida equitativa y próspera, pero eso no sucederá, si en los espacios autodenominados democráticos y progresistas, todavía se piensa que las mujeres somos adicionales y complementarias, seres para otros y otras, objetos sexuales e individuas con capacidades restringidas.

No podremos aspirar a una vida plena y democrática, si seguimos conspirando contra la igualdad, de jure y de facto, para más de la mitad de la población. Si nuestra miopía se convierte en cómplice de las innumerables injusticias contra la humanidad.

 Mi mentor en este acto, el abogado Oscar Alzaga, me instruyó. Tenía que hablar de las urgencias que exige nuestro momento para hacer justicia a las mujeres.

Me pregunté si había algo fundamental, por encima del urgente reconocimiento a nosotras como personas. En realidad me parece que urge una transformación social de fondo, en la que mujeres y hombres podamos algún día acceder a todos los beneficios del desarrollo, la política y la riqueza, en equilibrio y justicia.

Nos urge que se nos mire como personas y no como víctimas y débiles. De eso trataron mis relatos de la vida de las trabajadoras en las empresas maquiladoras de exportación; de eso llené las noticias sobre la explotación de la costureras de la ciudad de México; hechos que me llevaron a ver cómo se reestructuraban los sistemas productivos; de eso se trató mi reportaje sobre la violación a 19 jóvenes mujeres a manos de la escolta personal y familiar, del entonces subprocurador de la Lucha contra el Narcotráfico, Javier Coello Trejo, hace más de 20 años y de eso está llena mi investigación periodística sobre varias generaciones de viudas sin derechos, en los campos mineros del carbón y de los mismos elementos están colmados mis reportajes sobre la acción de las feministas, de las diputadas, las funcionarias, las luchadoras sociales y las políticas, raros especímenes que buscan, lo que eufemísticamente se llama el adelanto de las mujeres.

Alguna vez incluso incursioné en el mundo de la economía y las finanzas, vi. lo que sucedía al pié de la fábrica y las huelgas, estuve reportando desde el campo herido en la geografía de Chiapas, donde fueron violadas 3 indias tzeltales y cuando estuve reportando discursos y promesas de quienes están en el poder, también pregunté si pensaban en los problemas y el conflicto entre los géneros.

Hoy nos urge reconocer la condición social de las mujeres para entender cómo y por qué existe el feminicidio, del que nos condolemos, pero no entendemos la raíz de su origen y desarrollo; nos urge justicia para eliminar los estragos que vivimos desde hace 30 años en que se entronizó el neoliberalismo en México. Nos urge la paridad política y la democracia, como dirían las feministas peruanas, en el país y en la casa.

Nos urge parar la guerra fraticida que impulsa y promueve el señor que está en Los Pinos y sus socios, conocidos como poderes facticos; nos urge encontrar a las desaparecidas, mitigar la angustia de perder maridos, hermanos e hijos, mujeres, hermanas e hijas. Nos urge parar el desplazamiento de 250 mil mexicanos y mexicanas.

Parar la guerra contra los y las migrantes de Centroámerica, y nos urge, que pare el asesinato y la persecución de periodistas, ellas valientes y emprendedoras.

Nos urge cooperar, hombres y mujeres, sin prejuicios y con amplitud de miras.

Como periodista, a lo largo de mis casi 43 años de trabajo, simplemente he tratado de hacer mi tarea contando los hechos, pero debo agregar que puse en juego, como todas las mujeres del mundo, un doble esfuerzo, una doble faena, una doble necesidad de ejercer mi libertad de expresión para hablar, difundir y examinar la vida, los haceres, los deseos de la mitad de la población.

Por fortuna hoy somos muchas y también muchos, ejerciendo un periodismo integral, que mira a los hombres y también a las mujeres, para hacer el relato de nuestro tiempo.

Gracias otra vez por esta oportunidad de diálogo.